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¿Un mundo sin editores?, por José Francisco Hernández

Este artículo fue publicado en El libro y las nuevas tecnologías. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.

Lo que todos sabemos

Aunque la inquietud sobre el futuro del libro es relativamente reciente, cuando se habla de este tema se corre el riesgo de repetir lo que ya han dicho tantas y tantas personas antes que uno. Probablemente porque se trata de un asunto sobre el que es necesario prepararse con urgencia pero también porque, al afectar los intereses de una industria de este tipo, los ríos de tinta gastados en reflexionar sobre tan importante tema son precisamente caudalosos. Y aunque nadie sabe lo que nos depara el futuro en general, sí se puede hablar con alguna seguridad de ciertos futuros que ya pertenecen a nuestro presente. Tal es el caso del e-book o libro electrónico, que desde hace varios años es una realidad para casi todas las editoriales.


Antaño la escritura, la captura, la corrección del texto, el diseño y la composición tipográfica eran procesos distintos que requerían diversos medios para su realización. Ahora, los escritores ya no usan la máquina de escribir sino la computadora, con lo cual realizan al mismo tiempo la escritura y la captura, que antes eran dos procesos distintos. De igual forma, la corrección de estilo se hace cada vez con más frecuencia en la pantalla; los actuales programas de formación han marginado la fotocomposición y han acelerado el proceso de diseño y diagramación. Al final de todo eso, lo que tenemos es un libro electrónico. Y casi todos los libros que se producen en la actualidad son preparados con esta tecnología, aunque la mayor parte de ellos terminan finalmente convirtiéndose en libros tradicionales, en soporte de papel.


Aquí es donde comienza la inquietud. ¿Terminará siendo sustituido el libro de papel por el libro electrónico? También en el presente podemos dar ya algunas respuestas. Casi todos los que se han interesado en el tema están de acuerdo en que las enciclopedias y los libros de referencia están destinados en un plazo muy corto a convertirse casi exclusivamente en libros electrónicos. Y se comprende por qué: además de las ventajas que representa consultarlos en pantalla, las compilaciones de estadísticas, datos y hechos requieren su actualización permanente, cosa que no ocurre con una novela. Y aunque hay ventajas muy claras para convertir incluso una obra literaria en libro electrónico, con toda certeza en el futuro inmediato el libro tradicional no corre el riesgo de desaparecer. Algunos ejemplos aislados no sirven para establecer una tendencia.

Lo que pocos sabemos

Aunque es difícil imaginar un mundo sin libros, es probable que en un futuro más o menos lejano todos los libros terminen abandonando el soporte de papel. Cuando eso ocurra, lo primero que me viene a la mente es la pregunta de cómo se hará para almacenar la información. En el formato de papel, un libro puede durar hasta setenta años, mientras que los archivos digitales tienen, según me han dicho, un promedio de vida de entre cinco y veinte años. Una vida muy corta. En la actualidad, uno de los problemas que enfrentamos es la preservación de los archivos digitales. Y no sólo por el corto periodo de duración, sino también porque muchos sistemas de computadora se vuelven obsoletos en un periodo de tiempo muy corto, así que periódicamente tienen que ser migrados a nuevas plataformas tecnológicas. La migración, que es la transferencia periódica de archivos digitales de una configuración a otra, o de una generación de computadoras a otra, se dificulta también porque los programas no siempre son compatibles. Entonces, pocos saben qué se hará en este aspecto para preservar archivos de texto e imagen.


Otra cosa que algunos no sabemos es cómo afectarán las nuevas tecnologías al proceso creativo de un escritor. En la actualidad, los escritores literarios nos transmiten por medio de las palabras su visión del mundo. En el futuro, con las posibilidades del hipertexto, ¿qué tipo de literatura se creará? Lo más probable es que no sólo cambie el soporte del libro, sino que también nos esperen nuevas formas de hacer literatura, escrita por una nueva generación de creadores familiarizados con la tecnología disponible. Tampoco sabemos mucho sobre la forma en que esta tecnología afectará la distribución y venta de los libros, aunque hay ya algunos indicios que nos permiten suponer la desaparición de la librería y la biblioteca tradicionales. Por el momento, Internet no es un competidor serio. Más bien, se ha convertido en un apoyo en la promoción y venta del libro tradicional.

Lo que nadie sabe

O, en fin, lo que puedo asegurar es que yo no lo sé. Una de las dificultades que se plantean al pensar en la desaparición del libro es la forma definitiva que va a adquirir. Parecería casi imposible que un formato electrónico pudiera competir con la eficacia del libro tradicional. Por el momento, éste no tiene competencia. Los libros electrónicos no pueden tocarse, ni son tan portátiles. Los condicionamientos culturales cuentan a la hora de decidirse sobre la compra de un libro electrónico o en soporte de papel. Ya lo dijo Saramago: es imposible pensar que una lágrima caiga sobre una pantalla. Pero la invención de la tinta electrónica puede amenazar en serio al libro de papel. Y ¿cuál va a ser el soporte definitivo del libro; es decir, un soporte que dure al menos la mitad del tiempo que lleva reinando el de papel?


Cuando el libro desaparezca, ¿qué va a pasar con los editores? Si el libro va a dejar de ser libro, ¿cuál será la suerte que corra el editor? Hasta ahora, a pesar de las nuevas tecnologías, el papel del editor no se ha modificado. Seguimos trabajando como en la Edad Media. Un editor se hace en la práctica. Generalmente comienza trabajando en la revisión de textos, en la redacción de cuartas de forros, etc., y va aprendiendo el oficio guiado por un editor de más experiencia. Si tiene suerte, recorrerá todo el escalafón hasta convertirse en director editorial. Pero en el proceso habrá aprendido una serie de conocimientos que en un futuro no le serán de ninguna utilidad. Cuando ya no haya libro de papel, ¿para qué va a servir saber de gramajes, tipografías, tendencias de diseño? ¿Para qué le va a servir incluso conocer a los libreros, los gustos del público y los mecanismos de comercialización y promoción del libro? ¿Tendrá que crearse una carrera universitaria de editor en la que los conocimientos fundamentales sean los medios técnicos? Y si las innovaciones tecnológicas siguen su loca carrera en la que el nuevo producto no es el creado la semana pasada sino el que será lanzado mañana, ¿qué nueva especie de editor tendrá que surgir para absorber estos conocimientos y beneficiarse de ellos?


Éstas son, creo, las preguntas fundamentales. La creación de obras literarias no va a detenerse, no son los escritores la especie en peligro de extinción. Tal vez sea por deformación profesional, pero con cierta dificultad puedo imaginarme un mundo sin libros. Lo que no puedo, ni quiero, es imaginarme un mundo sin editores.


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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)

José Francisco Hernández nació en la ciudad de Guanajuato. Estudió Letras Hispánicas y Filosofía en la UNAM. Con dieciséis años de experiencia en la industria editorial, ha desempeñado los cargos de gerente editorial en Editorial Selector, editor de grupo en Editorial Planeta y gerente divisional de Literatura e Interés General en el Grupo Editorial Patria, donde actualmente dirige los sellos Nueva Imagen y Promexa.


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