Este artículo fue publicado en El libro y las nuevas tecnologías. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.
Estamos gobernados por los instrumentos
que nosotros hemos construido.
UMBERTO ECO
En términos generales, podríamos definir la tecnología como el conjunto de conocimientos relativos a las habilidades que posee una comunidad humana para la producción y fabricación de bienes; es decir, las artes industriales de que dispone una sociedad. En este sentido, la tecnología es la más importante fuente de cambio que se conoce; inventada por el hombre, su fuerza transformadora puede llegar a arrollarnos, algo que quizá podamos evitar si en vez de adoptar una posición de resistencia decidimos utilizarla en nuestro provecho. Es verdad que la tecnología introduce cierto determinismo en la vida del hombre, sobre todo a corto plazo, pero también llega acompañada de una buena parte de indeterminismo —a largo plazo— y de aleatoriedad; y es en esa zona de indeterminación donde nosotros podemos actuar e influir, y quizá orientar y dirigir.
Querámoslo o no, estamos inmersos en los imparables procesos de innovación tecnológica, y ya que no podemos escapar a su influjo, quizá la postura inteligente sea tratar de adivinar en qué dirección avanza la tecnología, intentar anticiparnos, en la medida de lo posible, a lo que ocurrirá, reflexionar sobre el futuro e imaginarlo, teniendo en cuenta lo que dice el sociólogo Amando de Miguel: “imaginar el futuro es ante todo un estilo de pensar: cauteloso, atento a la posible confusión entre los deseos y las expectativas (entre el ser y el deber ser)”.
Para predecir el futuro, pues, no sólo se necesita lógica sino también imaginación. Y la única posibilidad de descubrir los límites de lo posible es, según establece la segunda ley de Arthur Clarke, aventurarse un tanto en el terreno de lo imposible. Tal vez gran parte de lo que vaya a ocurrir se encuentre ya escrito en el presente y sea de carácter tendencial; pero para poder afrontar el futuro y planificarlo se necesita, además, la capacidad de preverlo. Los procesos tecnológicos son procesos acumulativos de conocimientos que permiten pautas comunes, y en ellos también está presente la inercia. Todo esto es lo que se conoce como Prospectiva. En los últimos cien años hemos aprendido a prever y nos hemos atrevido a pronosticar los posibles cambios tecnológicos. La Prospectiva ha surgido precisamente de la necesidad de asomarse al futuro y diseñarlo, y su práctica resulta cada vez más eficaz puesta al servicio de la planificación, la formulación de políticas, el establecimiento de estrategias y la toma de decisiones. ¿Cuál es, pues, el objetivo de esta disciplina? Nada menos que anticipar el cambio tecnológico para que no nos tome desprevenidos y poder evitar así su impacto negativo.
En el mundo se producen periódicamente oleadas de invenciones tecnológicas que inauguran etapas de expansión económica y cambio social; estas apariciones periódicas son las nuevas tecnologías. Y si bien la tarea específica de adivinar el futuro corresponde a los especialistas en esta joven ciencia de la Prospectiva, de alguna forma también nosotros podemos adoptar una actitud abierta ante la novedad, sin olvidar que pensar el futuro es introducirlo ya en el presente, que la aplicación de esta visión prospectiva a la empresa editorial será beneficiosa.
Muchas y diversas son las reacciones que suscita el porvenir de la actividad editorial, el futuro de una profesión como la de editor y de un producto cultural como el libro ante los cambios introducidos por las nuevas tecnologías. Al igual que en otros ámbitos de la vida, la tecnología está cambiando nuestro quehacer. El concepto de libro tal como existía hasta hace poco tiempo ha iniciado un proceso de transformaciones algunas de las cuales ya conocemos, otras podemos anticiparlas y otras muchas con total seguridad nos tomarán por sorpresa a medida que vayan ocurriendo. Si a ello añadimos la rápida deforestación de las cada vez más reducidas zonas verdes del planeta, tal vez nos convenzamos de que la situación tiene que cambiar todavía más.
Muchas son también las preguntas que se nos plantean respecto de las repercusiones que las nuevas tecnologías están teniendo —y seguirán teniendo— en el campo de la edición, algunas no muy prometedoras, dada la incertidumbre con que invaden una labor que hasta no hace mucho creíamos inalterable. ¿Cómo afectan las nuevas tecnologías al editor? ¿Cuáles son las innovaciones que introducen en el mundo editorial? ¿Cuál puede ser el impacto futuro que, de alguna manera, ya se puede avanzar? Asistimos hoy al lanzamiento de algunos libros, por parte de alguna editorial, en Internet antes que en papel. ¿Significa esto que va a desaparecer el libro tal como hasta ahora lo conocemos? ¿Qué va a ocurrir con su soporte tradicional, el papel? ¿Qué modificaciones nos imponen todos los posibles cambios y cómo van a afectarnos? ¿Llegará el libro electrónico a desplazar al libro impreso? ¿Cuál será el futuro de las librerías y de la comercialización del libro? ¿Cómo puede el editor beneficiarse de las nuevas tecnologías? ¿Cómo puede usarlas en su propio provecho? Al igual que en cualquier empresa, el editor debe conciliar en su negocio las dos vertientes fundamentales de la industria editorial: el producto y su comercialización, el arte de la edición y la economía del libro. Si no quiere verse abocado a la desaparición, si desea permanecer en medio de tanta competencia, es claro que, tarde o temprano, el editor tendrá que vérselas con las nuevas tecnologías.
Y muchas son, en fin, las posibles respuestas a tantos y tantos interrogantes. Hemos querido acercarnos a los más directamente afectados por la situación —el medio editorial— para saber cómo piensan, qué opinan de todo esto; y les hemos pedido que escribieran sobre estos temas y otros relacionados; que dejaran de lado por un momento los libros y agarraran la pluma. Y el resultado es este libro. Efectivamente, en esta ocasión son los editores quienes han tomado la palabra. Son ellos mismos quienes, de uno u otro modo, manifiestan aquí el acuse de recibo de los avances tecnológicos y expresan, desde variadas ópticas, sus deseos y sus dudas, sus temores, su optimismo o pesimismo, sus preocupaciones sobre el presente y el futuro del libro, del editor, de la lectura... Queremos agradecerles a todos la buena acogida que le han dado a nuestra invitación; con sus colaboraciones hemos confeccionado este libro. Aquí están recogidas sus reflexiones, sus ecos, algunas de sus reacciones. Las respuestas, según se puede observar, son diversas; hemos querido incluirlas todas precisamente porque tratamos de dar cabida a la vertiente de indeterminismo y de aleatoriedad que encierran, como cualquier otra actividad humana, como la propia tecnología.
¿Y qué decir del destinatario del libro? ¿Cómo será el lector del futuro? ¿Qué sorpresas le aguardan? ¿Saldrá beneficiado con los cambios? ¿Favorecerán éstos el hábito de la lectura? ¿Cómo repercutirán en los índices de alfabetización? ¿Afectarán las nuevas tecnologías al contenido de los libros? Es curioso que, ante la crisis actual y ante los cambios más o menos inminentes que se anuncian, la producción de libros sea mayor que nunca. ¿Cómo se debe entender esto? ¿Significa sencillamente que ha crecido la capacidad de producción? ¿Puede interpretarse acaso como un apresuramiento antes de que llegue el fin? ¿Es una señal de la negativa a que desaparezca una forma de producir tal como se ha entendido tradicionalmente? ¿Cómo explicar tal paradoja si a ello añadimos que al mismo tiempo disminuye el número de lectores, el número de compradores de libros, y crecen las capas sociales analfabetas? ¿Estaremos alcanzando el punto de saturación para dar un salto cualitativo? ¿Por dónde van a salir las cosas?
Evidentemente, no es éste un libro común. En él no hay tesis, ni investigaciones; y tampoco es ése su objetivo. ¿Cuál es entonces su justificación? Se podría decir que funciona algo así como un muestreo —azar incluido— que se realiza a partir de una breve encuesta. No extraemos aquí datos estadísticos, no hacemos generalizaciones para nuestro país. El tema de este libro es el editor. Aquí hay unas veintitantas respuestas. Muchos son los editores mexicanos, muchas son las respuestas a dicho tema. En este caso concreto, a veces tratan de convencer a otros; a veces, van dirigidas al mismo que escribe, y a veces dicen “no” como una suerte de exorcismo, o de cábala. En realidad, este libro es un inicio, un punto de partida. Su importancia radica en la pluralidad, en la apertura. Invita a la reflexión, al diálogo.
Una situación de crisis como la que estamos viviendo es un momento propicio para reflexionar sobre nuevas posibilidades. Es cierto que las nuevas tecnologías son todavía caras, y esto agudiza la crisis; pero también es cierto que la confluencia de ambos elementos (momento crítico y tecnología) nos permite encontrar otras opciones, abrirnos a nuevas posibilidades, diversificar las acciones y los productos. En la era de la globalización, surgen las grandes aglomeraciones editoriales que compiten por los mismos temas y autores; y, por otro lado, las pequeñas editoriales, que tradicionalmente tienen serias dificultades para sobrevivir, pueden encontrar en las nuevas tecnologías los mecanismos que les permitan mantenerse y crecer.
(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)