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La historia del libro en el ámbito social ha sido motivo de debate a causa de la dificultad para definir con precisión qué es un libro, en vista de que su concepción, como un conjunto de hojas impresas aprisionadas entre dos tapas, ya no es satisfactoria.
Para algunos, el libro comienza con las pinturas rupestres que encontramos en las cavernas, como las de Altamira. Afirman que nuestros antepasados “escribieron” su concepción de aquel mundo con figuras y signos, para ser “leídos” por sus contemporáneos y las generaciones venideras. Siguiendo esta línea de pensamiento, afirman también que las tablillas mesopotámicas y las paredes egipcias son una forma de libro, dado que se leía en ellas, especialmente en las egipcias, que servían para relatar las hazañas del faraón y de su corte. La función social de tales escritos es evidente, como la de los frescos en las iglesias y conventos medievales y renacentistas: proporcionar al pueblo una forma gráfica de conocer aquello que los jerarcas mandaron pintar o grabar a los autores.
Se considerará que el libro aparece, tal como lo concebimos actualmente, en los conventos medievales, libros laboriosamente copiados e ilustrados por los monjes dedicados a preservar la cultura grecorromana; con ellos nace el concepto de tipografía y de diseño de páginas que más tarde Gutenberg tomaría como guía para la formación de sus libros. La imprenta facilitó la producción de libros y con ella comienza el proceso de distribución masiva, primero entre la élite, más tarde entre las clases medias y finalmente entre toda la sociedad, con lo cual la lectura se extendió como un medio de conocimiento y esparcimiento.
Por esa época, los libros bellamente ilustrados eran comunes —reminiscencia de la época medieval—, y debieran seguir así de no ser por las ideas de algunos editores que iniciaron la era del libro “descarnado”, sin gracia ni en la tipografía ni en el diseño. Ya en el siglo XIX, Lewis Carroll puso en boca de su Alicia aquello de “y de qué sirve un libro si no tiene dibujos o diálogos”.
En nuestros días, el lector (pensémoslo asiduo) se enfrenta a una gran cantidad de libros elaborados deficientemente, no sólo en aquellos aspectos que pudieran llamarse estéticos sino en los sustantivos, es decir, los que facilitan la lectura y por ende la comprensión y disfrute del texto. Dicho en términos de las teorías de servicio al cliente, esta clase de libros no da ningún servicio al lector; sólo entrega un texto apiñado que fatiga la vista de inmediato puesto que transitar por una de esas páginas requiere un arduo esfuerzo. La explicación común a esta situación es la económica. Sin embargo, la falacia de los costos esconde la verdadera situación del libro: la disociación entre editor y lector. Lo que se puede llamar el libro “descarnado”, ese objeto feo, de difícil lectura, sufre su situación por la ignorancia real o ficticia de la realidad del lector.
Ahora, la gente ha regresado al mundo de la imagen y se aleja, cada vez más aceleradamente, de la palabra escrita. El hombre actual está acunado en una cultura visual que se manifiesta en formas de comportamiento colectivo sumamente eficaces, tales como el obedecer casi inconscientemente las señales de tránsito y orientarse fácilmente en los laberintos urbanos o bien responder rápidamente al reclamo publicitario. Esta cultura también abarca espacios íntimos de la vida individual, al condicionar decisiones importantes u ofrecer satisfacciones estéticas. Las señalizaciones urbanas son ejemplos patentes de este aculturamiento, y también lo es el reclamo espontáneo del hombre moderno por ver traducidos en imágenes los conceptos abstractos de la ciencia, la filosofía y otros saberes, acorde al acondicionamiento de costumbres, lenguaje y comportamiento que ejercen la televisión y la cada vez más omnipresente Internet.
“La imagen es ahora objeto de conocimiento y enseñanza”, dice Umberto Eco; “es un producto de una cultura visual cada vez más fortalecida por las nuevas tecnologías.” Herbert Read, por su parte, señala que la imagen fue anterior a la palabra, y que los primeros esfuerzos del hombre registrados son esfuerzos pictóricos en la superficie de las rocas o en las paredes de las cavernas. Así pues, es un hecho patente de nuestros días que el hombre reacciona a la imagen de manera más favorable que a cualquier otro estímulo.
Esta forma visual de aculturamiento debería encontrar en el libro un auxiliar para potenciar su efecto colectivo, donde lo visual surge como un recurso de información y persuasión, como un instrumento que pone el conocimiento al alcance de públicos cada vez más vastos y, de esta manera, modela comportamientos colectivos. Todo esto conduce a considerar que el libro ya no está cumpliendo la función social que debiera y que, en vez de generar lectores, es precisamente el libro, en su lamentable forma actual, el que ahuyenta al público potencial. Esto desde luego no significa que llenemos los libros de ilustraciones, aunque no estaría nada mal contar en algunos textos de difícil lectura con descansos visuales. Considérense las obras de Hegel adecuadamente ilustradas, o El capital con imágenes de un moderno Doré.
Las nuevas tecnologías eliminan todas las falacias económicas que muchos editores tan activamente enarbolan. Cualquier mercadólogo moderno afirmaría que es más fácil vender algo atractivo, con un buen servicio, que algo feo y de difícil uso. Las nuevas tecnologías de producción de libros permiten ahora elaborarlos en una fracción de tiempo y esfuerzo de lo que requerían los métodos tradicionales de producción.
Así regresamos al asunto inicial, que plantea la forma en que debemos considerar al libro cuando Internet nos enfrenta a otra concepción y cuando ediciones como la de la Enciclopedia Británica se nos presentan, en la versión completa de 30 tomos, en tres disquetes compactos, y National Geografic lanza al mercado la colección completa de sus publicaciones, desde el primer número hasta el último publicado en 1999, en unos cuantos discos DVD, por no mencionar las abundantes enciclopedias electrónicas que circulan en el mercado.
Las preguntas que surgen son evidentes: ¿hasta qué punto podemos considerar como un libro la edición en disquete de la Enciclopedia Británica? ¿En qué grado las nuevas tecnologías están atrayendo lectores y alejándolos del libro “descarnado”? ¿La función social del libro está siendo sustituida por otros medios? ¿Cómo eliminar el deficiente estado del libro común? Para contestar esta última pregunta deberíamos recordar el concepto de “libro objeto” que tan a menudo se ve en los libros infantiles y que el niño aprecia; lo vemos con su libro bajo el brazo como si fuera un juguete, se va a la cama con él, lo revisa constantemente, no se lo presta a cualquiera y lo mantiene permanentemente a la mano. En el mundo de los adultos, el concepto del libro de bolsillo —que acompaña cotidianamente al lector y que haya sido concebido como objeto valioso— debió ser el equivalente del libro objeto infantil, pero se desaprovecharon sus posibilidades.
Se puede adelantar una respuesta tentativa a la pregunta de si otros medios están sustituyendo al libro. Como se dijo anteriormente, la comprensión del lector debe prevalecer sobre consideraciones económicas, porque al final de cuentas, ¿de qué sirve escatimar costos si este “ahorro” va a generar libros depauperados que por sus características técnicas ahuyenten a los lectores, especialmente a los potenciales?
Los nuevos medios representan una alternativa que poco a poco va ganando terreno, gracias a los servicios adicionales que ofrece además del texto en sí. Estos servicios incluyen, entre otros, facilidad de lectura al poder modificar el tamaño de la visualización; impresión del texto en una impresora común, imágenes y hasta sonido. En libros técnicos es frecuente encontrar hipervínculos que llevan al lector a un tema vinculado a lo que se está leyendo con tan sólo apretar un botón. A pesar de todas estas ventajas, se ha comprobado que el lector —asiduo u ocasional— siente nostalgia por el libro impreso, y ahí radica el hecho de que el libro tradicional no desaparezca en fechas próximas.
Así pues, es innegable que el libro impreso enfrenta nuevos medios y posibilidades, y que ahora comparte su función social. Será tarea de editores visionarios encontrar la manera de aprovechar lo mejor de estos mundos en beneficio de los lectores actuales y futuros.
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Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)
Pedro Bayona (Jalisco, 1937) ha escrito numerosos estudios sobre los procesos creativos, manuales técnicos sobre actitudes y creatividad, y libros para niños. Sus cuentos-acertijo han sido publicados por Houghtton Miffin, en Boston, en las Award Editions, antologías escolares. Algunos de sus libros infantiles publicados en México sobrepasan los 250 000 ejemplares, como La legión de la Tarántula, de Ediciones del Ermitaño. Por sus ilustraciones para el libro Tajín y los siete truenos, obtuvo en 1984 el reconocimiento de la IBBY, en Suiza, y en 1986 la medalla Erza Keats que otorga la UNESCO en Nueva York. También ha realizado diversos libros de fotografía sobre México.
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