Este artículo fue publicado en El libro y las nuevas tecnologías. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.
Libro. Primera acepción: Objeto formado por un conjunto de hojas de papel u otro material semejante, de tamaño y calidad uniformes, unidas por uno de sus lados y que ordinariamente contienen un texto impreso.
Segunda acepción: Texto escrito que constituye o está destinado a constituir el contenido de un libro.
Si bien la palabra nos lleva al objeto “libro”, lo cierto es que son el texto y las ilustraciones contenidos en el “objeto” los que le dan su importancia cultural. El “texto” figura en las dos primeras acepciones (al igual que en las siguientes). Y la mayor parte de las inquietudes o de las discusiones actuales giran finalmente alrededor del contenido. Interesarse por un libro en blanco sería sólo una pose estética pasajera, fuera cual fuere su “soporte”, para usar un término surgido con la moda electrónica.
Entonces, para quienes hemos encontrado en el delicioso y gratificante ejercicio de leer muchos de los motivos que animan nuestra actividad cotidiana, los cuestionamientos que dan origen a la creación del libro que el lector tiene en las manos se antojan más accesibles en un sentido de reflexión o como un ejercicio de la imaginación, sobre todo si uno pertenece al grupo que desconfía de las predicciones absolutas. ¿Dónde está ahora Francis Fukuyama y su fin de la historia?
Para no caer en el lugar común de “preocuparnos” por lo que pasará con los libros y todo lo que éstos conllevan (industria editorial, cultura, afición por la lectura, empleos, lectores), he preferido desarrollar en unas cuantas líneas una serie de ideas que no pretenden más que sumarse a las que formarán parte de esta antología; pero sí con el deseo de que el libro como tal continúe su labor esencial de mostrar las expresiones más edificantes de la humanidad en todas sus variantes.
Entre otras cuestiones, tendríamos que referirnos al escaso índice de lectores en México, y seguramente que de este planteamiento surgirán en su momento muchos otros. Las nuevas tecnologías como la Internet y el surgimiento de sitios dentro de la misma, en los que se tiene acceso a fragmentos de obras literarias —y en algunos casos a obras completas—, pueden ofrecer al usuario ocasional ciertas alternativas, sin embargo, no pueden desecharse tan fácilmente las ventajas que representa contar físicamente con un texto que puede consultarse cuantas veces se quiera sin utilizar una computadora.
Frente a este panorama no nos queda otra alternativa que pensar positivamente y considerar que esta misma tecnología podría, en un futuro no muy lejano, servir de escaparate a la industria editorial —e incrementar también el interés por la lectura, teniendo en cuenta el alto número de navegantes en Internet— a través de sus incontables espacios publicitarios y contribuir a la adquisición de nuevas ediciones, que además de encontrarse en ese medio seguramente estarán disponibles en la librería más cercana.
En este mismo contexto debe tomarse en cuenta que, si bien es cierto que entre los medios de comunicación, desde hace aproximadamente una década, se privilegia el lenguaje visual, el impacto efectivísimo de las imágenes, tampoco hay que olvidar que la palabra escrita ha conseguido registrar puntualmente el paso de la historia e inclusive ir mucho más allá: propagar distintas corrientes de pensamiento, enfoques diversos de la vida, de las culturas de los pueblos, y el surgimiento, hasta ahora inagotable y para bien de todos, de nuevos escritores que logran maravillarnos nuevamente, cuando pensábamos que ya lo habíamos leído todo.
En otra vertiente de esta reflexión, la revolución que la tecnología digital ha significado para la difusión de la palabra escrita bien pudiera equipararse al impacto conseguido por la invención de la imprenta por Gutenberg, la cual permitió, por una parte, facilitar la producción en serie de los libros y, por otra, poner las obras al alcance de un mayor número de lectores.
Lo maravilloso de este proceso es que el libro, en lo que sería el ideal de todo buen empresario, no sólo aumentó su posibilidad de difusión, sino que además se convirtió en el instrumento esencial para que un mayor número de personas aprendiera a leer, convirtiéndose así en nuevos consumidores del producto. Quizá el único inconveniente para redondear el proceso ha tenido que ver con las posibilidades económicas del aspirante a lector.
Asimismo, el formato electrónico como una novedosa presentación del libro facilita un nuevo sistema de publicación en el que el propio autor, con la ayuda de las herramientas tecnológicas adecuadas, puede convertirse en su propio impresor. Al mismo tiempo, dicho formato facilita también el acceso del lector a los materiales escritos, sin importar el lugar en el que se hayan escrito o la hora en la que desee realizar la lectura. Sin embargo, el problema no radica en las ventajas que otorga el avance tecnológico a la difusión y lectura del libro; lo importante es saber cuántas personas pueden tener acceso a ese formato de presentación.
Es seguro que las formas de comercialización de los libros en “soporte electrónico” han de sufrir muchísimos cambios antes de que se llegue a su uso generalizado. Esto no quiere decir que habrá de pasar mucho tiempo, sino exactamente lo dicho: que hemos de ver muchos cambios, tal vez en breve, fruto de amplias discusiones que habrán de considerar (y conciliar) los intereses de los autores, de los productores del material y de los transmisores de la presentación electrónica.
Por otra parte, hasta el momento no se han detectado indicios de que la presentación electrónica reduzca el precio que el lector deberá pagar finalmente; y mientras el lector no perciba un abaratamiento sustancial en el precio que deba pagar por acceder a la palabra impresa, difícilmente cambiará sus hábitos y formas de acercamiento a la lectura.
Es significativo el hecho de que, aun disponiendo de la versión electrónica, muchos lectores se ven en la necesidad de realizar una impresión del texto para poder leerla en condiciones más favorables a este ejercicio intelectual. Habrá que esperar, tal vez, una revolución tecnológica aún más innovadora para poder apreciar una modificación en las formas de acceso a la palabra escrita.
Mientras tanto, consideremos que lo verdaderamente importante es que, aun cuando se cambie la forma de presentación y la forma de distribución del libro, su esencia íntima y fundamental, la palabra de un ser humano dirigida a otros permanecerá inalterable, y eso es lo primordial.
¡Larga vida al libro! (en cualquiera de sus formas).
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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)
Fernando Macotela fue consejero Cultural y de Prensa en la Embajada de México en Francia (1970-1973), director del Festival Internacional Cervantino (1973-1975), vicesecretario del Instituto Italo Latino Americano (con sede en Roma) a cargo de asuntos culturales (1990-1996), comisario del Pabellón Latino Americano en la Bienal de Arte de Venecia en 1993 y 1995, subdirector del Museo Rufino Tamayo de la ciudad de México en 1997, director de Difusión en la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM (1998-1999). Es autor de cuentos, ensayos y guiones cinematográficos. Actualmente es Director de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería desde 1999.
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