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La virtual realidad, por Silvia Isabel Gámez

Este artículo fue publicado en El libro y las nuevas tecnologías. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.

El siglo XX se cerró con una pregunta que ilustra la ambigua relación que existe entre el hombre y la máquina: ¿qué significa estar vivo? La pantalla de la computadora ha abierto paso a la realidad virtual, un espacio sin límites donde los individuos pueden re-crearse, asumir otras identidades y dar rienda suelta a sus fantasías, tanto eróticas como intelectuales. En este “nuevo mundo” tecnologizado, con la mayor parte de su territorio aún por explorar, surgen términos que a más de uno le resultan insostenibles, como el de “ciberliteratura”, que anticipa la transformación que experimentará la narrativa creada en y para la pantalla.

Según McLuhan, cada medio proporciona una nueva conciencia. De responder los inventos a las necesidades de una época, se podría pensar que las computadoras, un instrumento de trabajo y de placer que propicia la soledad, aparecen en consonancia con el individualismo imperante, mientras que la tendencia a sustituir lo real por lo virtual sería un reflejo del desencanto ideológico y la atracción por lo apocalíptico (“el fin de la historia”, “la muerte del arte”) que asaltan a buena parte del planeta, decidida a cambiar sus sueños revolucionarios por los paraísos digitales que pueblan la Red.

Para algunos, la relación con su computadora adquiere tal nivel de profundidad que acaban por considerarla un “segundo yo”, lo cual lleva a pensar si, una vez generalizada la lectura de obras literarias en la Red, la relación de pareja se transformará en un ménage a trois donde el autor se verá obligado a luchar por retener la atención del lector, al que únicamente podrá acceder con la colaboración de la máquina. ¿Quién sojuzgará entonces a quién? ¿Quién ejercerá el control: el creador o sus criaturas?

Desde que Gutenberg inventó la imprenta, en 1455, y cincuenta años después aparecieron las primeras ediciones, el libro ha experimentado pocos cambios en cuanto al formato. Aunque su capacidad de crear mundos alternativos más reales que la realidad —absolutamente virtuales— y de generar todo tipo de sentimientos continúa intacta, son varias las voces que se han alzado para señalar la incapacidad del libro para adaptarse al imperio de lo audiovisual. Poco importa lo accesible de su precio, su facilidad de transporte y uso, que sea inmune a los golpes, que no requiera mantenimiento ni conexiones, y que pueda proporcionar placer con algo tan simple como el olor a tinta de sus páginas o la posibilidad de entablar una íntima conversación con el autor mediante las anotaciones hechas en sus márgenes, lo predecible de su forma y lo exigente de su contenido no parecen compaginar con la tierra prometida de Internet, cuyos mayores tesoros sólo es posible alcanzar tras una navegación exhaustiva por sus imágenes delirantes, sus anuncios parpadeantes y su lenguaje a menudo vacío, en una ruta que a fin de cuentas es decidida por el individuo, no por el autor.

Al pensar en el advenimiento del libro electrónico, cabe preguntarse qué necesidades viene a cubrir. Si en la relación del ser humano con los libros ha imperado la pasión por el conocimiento y el respeto por la palabra, es de esperar que el libro electrónico genere en sus lectores, sobre todo en los nacidos en la era de Internet, una nueva psicología. Es difícil imaginar a los usuarios de la Red, que gustan de navegar sin límites, detenerse en un puerto literario por tiempo indefinido; resulta más creíble pensar en un libro electrónico (e inteligente) que incorpore opciones de videojuego y sexo virtual para no acabar olvidado en un rincón.

La ciberliteratura, un género aún en ciernes, abre a su vez interrogantes: ¿qué historias son más propicias para ser contadas a través de la pantalla?, ¿puede la pantalla transformar la escritura? Raúl Zurita, poeta chileno más místico que ortodoxo, cree que las palabras pierden fuerza cuando son escritas en computadora. El esfuerzo físico de escribir, tachar y reescribir desaparece en un medio que ofrece la oportunidad de corregir hasta el infinito. Así, las obras resultan cada vez más perfectas e inocuas.

Del otro lado del mundo, el filósofo francés Jean Baudrillard confiesa su empatía con la página en blanco y escrita, mientras que compara la computadora con una prótesis: “De esa incubación de la imagen virtual y del cerebro (provienen, sin duda), las insuficiencias que afectan a los ordenadores y que son como los lapsus de nuestro propio cuerpo.”

La investigadora del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Janet H. Murray, plantea en su libro Hamlet en la holocubierta, basado en los cursos de escritura interactiva que imparte desde 1992, un futuro halagüeño para la ciberliteratura, en la que descubre “la misma tendencia a insistir en los límites, a celebrar el encantamiento y probar la resistencia de la ilusión” que advierte en la narrativa impresa. Las obras literarias del futuro no parece que vayan a apartarse de los temas básicos de la vida humana señalados por los teóricos: el deseo, la realización y la pérdida. Lo que sí puede cambiar es la forma de experimentar la narrativa, ya que los avances tecnológicos permiten imaginar a un ciberlector que trasciende su función de espectador para convertirse en un activo participante de las historias.

Para establecer límites a la ilusión, como una forma de acotar las fronteras de lo virtual y sentir que aún quedan espacios emocionales por conquistar, Murray propone, por ejemplo, concentrarse más en el exhibicionismo que en el sexo simulado, en el deseo inalcanzable que en su consumación. “Quizás el medio de realidad virtual del futuro producirá una literatura llena de nostalgia y trémulas visiones del pasado preindustrial”, apunta la investigadora; una idea no carente de sentido si se considera que términos como hackers o piratas y encriptar, comunes en el ciberespacio, remiten a una mitología medieval que indica, para decirlo con palabras del sociólogo Pablo Fernández Christlieb, “un descontento con la realidad y un deseo de retornar a mundos más felices”.

El temor a que la ciberliteratura termine con los autores no parece tener hoy día fundamento. Ni los más talentosos programadores han logrado crear una máquina capaz de reemplazar al escritor, debido a que la emoción, el deseo y el sentido común no pueden generarse a voluntad en el cuerpo frío del ordenador. Si en algún momento un especialista lograra codificar la emoción en una computadora, un paso que los investigadores consideran anticipadamente incompleto debido a que la máquina se limitaría poco más que a reproducir los sentimientos de su programador, antes habría que proveerla de un código ético.

Murray, la promotora de la ciberliteratura, se atreve a imaginar a su narrador ideal: “Me parece muy probable que el futuro Homero digital sea alguien que combine la ambición literaria, la capacidad de llegar a una gran audiencia y la experiencia informática.”

Para quienes piensan que el libro electrónico representa la mayor amenaza que se cierne sobre la literatura, resultaría de gran utilidad leer las entrevistas que el investigador Michael Pfeiffer ha reunido bajo el título El destino de la literatura. Del rosario de peligros que diez autores españoles señalan, ninguno tiene que ver con la Red. Así, el filósofo Rafael Argullol advierte sobre el efecto dañino que producen los libros que son simulacros de creación, artefactos de incultura que suelen abordar temas como la autoayuda y las nuevas espiritualidades.

Javier Marías manifiesta su preocupación por la dictadura del mercado, que deja de lado el esfuerzo del escritor, materia prima de la literatura. Cada vez se publican más títulos, aun a sabiendas de que no lograrán ser desplazados en el escaso tiempo en que permanecen expuestos en librerías y autoservicios, lo que origina una especie de aborto selectivo en el que las obras menos vendidas serán destruidas sin que nunca hayan alcanzado a vivir en manos del lector. El catalán Quim Monzó clama contra los agoreros aficionados que proclaman el fin de la literatura, convencido de que los medios audiovisuales nunca podrán superar la capacidad de mentir y la ambigüedad presente en toda buena narrativa.

En una época de constantes avances, en lo que algunos califican como la edad primitiva de lo digital, quizá resulte retrógrado oponerse a las ventajas que puede proporcionar el libro electrónico. Aunque nadie discute ya que el CD-ROM permite acceder sin problemas de espacio a enciclopedias y obras de consulta, hacer del goce literario un objetivo que requiere para ser alcanzado la intermediación de una pantalla y una serie de comandos no resulta tan fácil.

Quizás, mientras el mundo desarrollado se acostumbra a la idea de que existan máquinas capaces de producir arte, en tanto el 80 por ciento de la población que no tiene acceso a Internet trata de estrechar la brecha que lo separa de la modernidad, sea lícito imaginar hasta qué punto es responsabilidad del lector apagar un rato la televisión y defender la lectura como uno de los actos indispensables de la existencia, como una opción de vida, y no permitir que las palabras se desmoronen o pierdan fuerza por el hecho de cambiar de soporte. A lo mejor resulta un día que el libro nunca peligró, que quien estuvo al borde del abismo fue el ser humano por buscar tras el reflejo de la pantalla la verdad esencial que pueden guardar conceptos tan esenciales y terrenos como “pasión” y “amistad”.

Antes de claudicar y hundirse en las imágenes delirantes y narcóticas de la violencia televisiva o la pornografía virtual, sería bueno detenerse y preguntarse, como sugiere el escritor catalán Eduardo Mendoza: “¿Qué nos podrá conmover verdaderamente? ¿Qué nos ha pasado a nosotros y no a los libros?”

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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)

Silvia Isabel Gámez (Barcelona, 1965) es periodista, ha trabajado en el diario Reforma y actualmente es coeditora de la sección de Cultura. Egresada de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México, ha tomado talleres con Vicente Leñero y Marco Julio Linares. Antes de dedicarse al diarismo trabajó varios años como correctora de estilo y de galeras para diferentes editoriales.

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