Este artÃculo fue publicado en El libro y las nuevas tecnologÃas. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artÃculos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artÃculos aparecen sin cursivas y otras caracterÃsticas tipográficas propias del original. Se prohÃbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.
Desde hace algún tiempo, cada avance tecnológico en el mundo editorial hace alzar la voz a los agoreros que anuncian una vez más, como si del fin del mundo se tratase, la muerte del libro. Esta recurrente discusión es en realidad un falso debate, ya que ni los editores, presionados por las exigencias del mercado a mantener surtidos de novedades los anaqueles de las librerÃas, ni el propio libro, un producto cultural creado hace más de quinientos años que se mantiene como uno de los principales fabricantes de sentido, se encuentran amenazados. Mientras este binomio sigue fiel a su propia inercia, quien despierta mayor temor por su futuro es el lector, esa figura poco estudiada cuyas motivaciones para acercarse a una obra continúan siendo oscuras.
Como editor, siento ya nostalgia del libro de tanto oÃr que es un producto del pasado, afirmación que me causa un malestar extraño y me resulta inconcebible cuando entro en las librerÃas y corro el peligro de perderme entre miles de ejemplares. Esta sobreproducción permite tener numerosas opciones de lectura, pero también puede confundir, y a eso mismo está expuesta Internet al proponer nuevas formas de lectura en un soporte que no tiene lÃmites.
La industria del libro en Francia proporciona el doble de ganancias que la del cine, situación que se repite en muchos paÃses. Cada año se publican en lengua española cerca de setenta mil libros, inmensa oferta de la que no llegamos a leer ni una décima parte. Internet no deberÃa entrar en competencia con la edición de libros, ya que ambas obedecen a una misma lógica: ser accesibles, generar ganancias y multiplicar la oferta hasta la náusea.
En el futuro, lo más importante será encontrar filtros que funcionen de intermediarios entre el editor y el lector, función de la que parece haber abdicado la industria por la necesidad de publicar; más que venderse, los libros deben estar disponibles en todos los puntos, lo que conduce a que las editoriales cumplan cuotas de producción donde la calidad deja de ser el objetivo prioritario. Los editores, una raza pasional que se ha visto obligada a dejar a un lado sus instintos, pueden llegar a confesar, cuando cae la noche y se resisten a mentir (se), que de las ciento veinte novelas que publican al año sólo quince o veinte merecerÃan ser compradas, algo que nunca dirÃan tras su escritorio, a plena luz del dÃa. Esta situación es resultado de las transformaciones que experimentó la industria editorial en el siglo XX, periodo en que la distribución acabó por imponerse sobre la producción, y el criterio comercial avasalló a la creación literaria. En este nuevo orden económico, el editor pierde importancia y el marketing se vuelve el factor principal, lo que ha provocado que durante las dos últimas décadas surja en la industria el fenómeno de la sobreactuación. Como si se tratara de una mala obra de teatro, los editores sobreactúan ante el lector; dicen sin rubor, para imponerse a la competencia, que sus libros son verdaderas maravillas, a sabiendas de que es mentira. El problema más grave que afecta actualmente a la industria editorial es su falta de autocrÃtica, su permanente auto justificación con el pretexto de que, si ignora las leyes del mercado, terminará por desaparecer.
Hablar de la muerte del libro es un falso debate porque su existencia se ve más amenazada por la sobreproducción de tÃtulos que por los adelantos tecnológicos. Y aquÃ, de nuevo, su destino podrÃa estar unido al de Internet, ya que ambos afrontan el mismo peligro: producir por producir, sin coherencia y sin sentido. La ausencia de control significa una amenaza para el espÃritu humano, y más en una época de gran confusión como la actual; por eso es necesario que en el futuro inmediato surja un nuevo profesional encargado de evitar que nos perdamos en un océano de palabras, pero por ahora los editores que conozco no parecen estar interesados en asumir esa función, que consiste básicamente en leer, seleccionar y publicar, o bien eliminar. Quizá sea ésta la tarea de las próximas generaciones, más versadas en el uso de Internet, acostumbradas a consultar por Red las enciclopedias y los catálogos de las bibliotecas; pero mientras llega el futuro —cualquiera que sea—, el libro seguirá vigente como producto cultural.
El gran paso pendiente en Internet es la autorregulación, algo todavÃa lejano en un medio que no ha encontrado aún su economÃa. Quizá el tiempo demuestre que esa gran libertad que sirve de fundamento a la Red significa también el mayor freno para su desarrollo. Entrar a Internet implica estar dispuesto a perder el tiempo, lo mismo que ocurre al internarse en una librerÃa, donde muchas veces se termina encontrando algo no buscado, aunque extraviarse en la Red es mucho peor, el mareo aumenta.
Una pregunta pertinente en esta época que anuncia el fin del libro es la siguiente: ¿cómo se traduce en mi interior la lectura? Para muchas personas, el acto de comprar un libro implica apropiarse de la mitad de su sentido, cuando lo importante no es poseer sino atravesar la experiencia del autor. Esa parte desconocida de la lectura, cómo modifica a quien la hace suya, habrá de ser transformada a fuerza por la pantalla. La evolución tecnológica hará de la lectura un acto más subversivo debido a la imposibilidad de prever el encuentro entre el lector y los textos, a un proceso anárquico que muchas veces lo alejará de sus objetivos. Decir que Internet es el medio democrático por excelencia es una falsedad, porque se requiere mayor formación para navegar por la Red que para circular por los pasillos de una biblioteca dada la desorganización de su contenido. El lector del futuro será interactivo, jugará con la pantalla en lugar de limitarse a construir sobre la hoja en blanco, proceso al que lo ayudará la estructura no lineal de Internet, la posibilidad de ir de un tema a otro y también de cambiar de identidad, lo que modificará sus referentes.
La pantalla es para muchos un soporte poco adecuado para leer novelas, por lo cansado que resulta, pero se ha revelado como un medio favorable para la poesÃa, que requiere más tiempo para encontrar a sus lectores y se mide por reglas no comerciales. La poesÃa, género marginado de la industria editorial, en la que sólo existe lo que se vende, puede encontrar en la Red un espacio de difusión, lo que exigirá adaptar su forma a las nuevas necesidades de la pantalla. En Francia, las editoriales reciben cada año un total de 300 000 manuscritos de poesÃa, de los que el 95 por ciento es de pésima calidad. Ahora, la Red alimentará la ilusión de que los textos circulan, al tener sus autores libre acceso al ciberespacio, pero el gran reto será dotar a la pantalla de orden y sentido. En el universo aún caótico de la Red, el lector no formado tiene que buscar las herramientas que le permitan navegar sin perderse; si no, simplemente se quedará fuera, en el umbral de la pantalla.
La industria editorial no está preparada todavÃa para incorporar a su cadena de producción las impresoras conocidas como DocuTech, creadas por Xerox hace diez años, y que permiten hacer libros al momento por contar con un archivo digital. Gracias a estas máquinas el autor se vuelve editor y difusor, lo que significa un regreso a la producción artesanal, cuando un solo individuo asumÃa todos los roles, y también una posibilidad que la industria del libro se niega a aceptar. En Francia hay gente a la que se contrata para que, por ejemplo, le haga a un familiar una larga entrevista, que luego vaciará y convertirá en libro. AsÃ, puedes publicar 200 ejemplares con la historia de tu abuelo o de tu madre. Esto tiene como positivo convertir el libro en un objeto más cercano a las personas, más cotidiano, pero como contraparte existe el riesgo de que los escribientes, por usar la categorÃa de Barthes, se sientan escritores, algo que no será posible hasta que enfrenten la mirada del otro, en concreto, de quien muchas veces es el primer lector de un libro: el editor.
Modelos como EB Dedicated Reader y The Rocket Book, que permiten leer cómodamente sobre la pantalla, resultan particularmente apropiados al salir de viaje, cuando no se pueden llevar los libros que se desea consultar, o bien cuando se vive en lugares apartados donde es imposible hacerse de una buena biblioteca; pero el viejo soporte del libro sigue siendo el mejor para disfrutar de la lectura.
Aunque pueda sonar agresivo, no hay duda de que el libro es un producto elitista, surgido de un proceso autoritario: el autor decide qué escribir, el editor acepta o no publicarlo, el librero accede o no a venderlo, y el lector opta o no por comprarlo. En un paÃs como México, que no ha logrado alcanzar el desarrollo esperado, el libro es para muchas personas un artÃculo inútil o de lujo, por lo que el papel del Estado debe ser, en lugar de aumentar la producción o subsidiar a las editoriales, centrarse en la difusión a través del apoyo a bibliotecas y librerÃas. En 1981, una encuesta mostró que el 36 por ciento de la población francesa no leÃa un solo libro al año; 16 años después, tras un programa de fomento a la lectura centrado en las bibliotecas, el porcentaje habÃa disminuido al 25 por ciento. Esto significa que con voluntad se pueden ganar lectores, para eso se necesitan bibliotecarios formados que salgan a las calles en su busca, que organicen conferencias, lecturas, firmas de autores, de manera que el libro esté presente en la vida social de la comunidad.
Hasta hoy, no he escuchado de parte de los editores discursos muy construidos sobre la forma en que los avances tecnológicos incidirán en la industria del libro. Conozco a editores de muchos paÃses y la mayorÃa prefiere negar la importancia de los adelantos tecnológicos antes que frenar su carrera de publicaciones. Lo único que he detectado es curiosidad, la misma que manifiestan los lectores al perderse en el mundo sin fronteras de Internet.
Este texto es el resultado de una entrevista realizada por Silvia Isabel Gámez.
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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologÃas, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)
Philippe Ollé-Laprune (ParÃs, 1962) fue responsable del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en Honduras (1985-1987), y fundador y co-director de la Agencia Ad’Hoc (agencia cultural privada); además, fue director de la colección Las VÃas del Sur (Les voies du Sud) en Editions de la Différence, ParÃs (19901994), y después director de la Oficina del Libro de la Embajada de Francia en México. Es autor y traductor de diversos artÃculos, textos y prólogos, y autor del libro Manifiesto NadaÃsta y otros textos. Actualmente es director general de la Casa Refugio Citlaltépetl, coordinador del proyecto ProTrad y director de la revista LÃneas de Fuga.
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