Este artículo fue publicado en El libro y las nuevas tecnologías. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.
Uno de los temores más comunes de la Era Virtual se encuentra en la posible extinción del libro como vehículo de saber. Indudablemente, la informática, el CD-ROM y las redes globales de información han hecho que muchos de nuestros conocimientos circulen ya no en el ámbito tradicional del libro, sino en los medios electrónicos. La revolución técnica que ha ocurrido en los últimos veinte años ha puesto en entredicho lo que George Steiner ha llamado la “Era del Libro”, que el pensador británico ubica entre 1550 y 1950. Entre la Galaxia Gutenberg (la era de la imprenta) y la Aldea Global (la era de las computadoras y de Internet) median cuatrocientos años de cultura libresca, un período de tiempo en el que la Biblioteca fue el centro de la cultura y depósito fundamental de la memoria y el conocimiento humanos.
Sin embargo, es preciso recordar que esta noción de biblioteca se remonta a algunos miles de años atrás. Basta con recordar la Biblioteca de Alejandría y las innumerables referencias a estos sitios entre griegos, egipcios, chinos o sumerios, sin olvidarnos de los lugares donde se guardaban los códices de los pueblos mesoamericanos. Con esta óptica el plazo de cuatrocientos años resulta mínimo. Tablillas cuneiformes, códices y papiros fueron los sitios donde durante miles de años la humanidad fue depositando su cultura.
Hay quienes confunden la transformación de un medio con el ascenso de la barbarie, y quienes, por el contrario, observan esta mutación como un proceso inevitable, enriquecedor y revolucionario. En realidad este debate se dio en los años treinta entre los filósofos alemanes Theodor W. Adorno y Walter Benjamin, a raíz del texto de este último titulado “La obra de arte en la época de su reproducción mecánica” (1936). A grandes rasgos, en este texto —uno de los momentos culminantes de la filosofía del siglo XX— Benjamin plantea que el uso de la fotografía para reproducir obras de arte, o el uso del acetato para reproducir obras musicales, es una verdadera revolución técnica al anular la noción de culto casi religioso de la obra única, e introduce la noción de “percepción distraída”, tomada de Henri Bergson, en la que el espectador o el oyente son capaces de recibir, de manera involuntaria, las notas musicales o las obras pictóricas sin necesidad de guardar silencio, como ocurre en una sala de conciertos, o de realizar un largo viaje para, digamos, contemplar la Mona Lisa en el Louvre. Para Benjamin, un hombre siempre fascinado por las posibilidades del futuro, este hacer “cercano lo más lejano” significaba que las grandes obras artísticas podían estar al alcance de la mano de cualquier persona en cualquier lugar del mundo. Para Theodor W. Adorno, por el contrario, este alejamiento del museo y de la sala de conciertos representaba una tergiversación de las obras artísticas y el ascenso de una cultura de la falsificación. La Dialéctica del iluminismo (1947), coescrita con Horkheimer, es una enérgica respuesta a los postulados de Benjamin y representa una de las más grandes advertencias en contra del capitalismo salvaje y las sociedades totalitarias, y de la conversión de la cultura en propaganda en ambas formas de organización social.
Tanto Benjamin como Adorno representan posiciones culturales irreconciliables: Benjamin representa al vanguardista revolucionario y Adorno al conservador cultural. Adorno tuvo razón en el hecho de que las obras artísticas se convirtieron en propaganda y falsificación para la mejor circulación de las mercancías y las ideologías, pero Benjamin tuvo el aserto de descubrir la aparición de un nuevo tipo de percepción a raíz de los cambios tecnológicos. Ninguno de los dos sobrevivió para presenciar la Revolución Informática. Ambos coinciden en un solo punto desde sus posiciones contrarias: el temor a la barbarie.
La preservación de los textos griegos, hebreos y latinos por los monjes irlandeses en la Baja Edad Media, copiados y salvados de la destrucción durante la invasión de las hordas del norte de Europa, son una pequeña muestra de que el conocimiento, la poesía, la religión y la filosofía no están destinados a perecer a causa de la aparición de un nuevo medio, sino a causa de un acto de barbarie, como en la época de la Inquisición o en la quema de libros durante el Reichstag de los nazis. Sería conveniente recordar que el Poema de Gilgamesh, escrito alrededor de dos mil quinientos años antes de la Era Común en tablillas cuneiformes, el Libro de los muertos egipcio, la Odisea, los Diálogos de Platón, la Poética de Aristóteles y la Biblia fueron recuperados por la imprenta y puestos a disposición de un público cada vez más vasto. Esta democratización de la cultura del libro hizo que la antigua visión teocrática y aristocrática de la Biblioteca se transformara en algo radicalmente distinto: la era democrática del libro.
¿Qué nos espera en la era que Marshall McLuhan bautizara con el nombre de Aldea Global? ¿Es el ocaso de la era libresca, como apunta George Steiner? ¿Estamos frente a la aparición de un nuevo tipo de cultura y también de un nuevo tipo de barbarie?
Actualmente, a través de la Red, podemos acceder a un cúmulo de conocimientos científicos mucho más amplio del que soñaron los pensadores de la Ilustración en el siglo XVII. Es posible también acceder a páginas de discusión sobre la obra de Wittgenstein, Heidegger o Jacques Derrida. Existen sitios dedicados a la obra de Lewis Carroll, Borges o James Joyce. Hay también lugares donde se pueden leer relatos de sueños de soñadores de todo el mundo. En la Red se puede desde saber cómo alimentar a un camaleón hasta leer un poema de Catulo en latín. La pornografía en la Red, como la literatura pornográfica de los siglos democráticos (XVIII y XIX), prolifera alegremente, al margen de la censura y sin necesidad de salir de casa. La profusión de páginas dedicadas a estudiar cristianismo, budismo, judaísmo, así como el surgimiento de nuevas sectas iniciadas en el seno de las redes, preparan el advenimiento de un tipo muy distinto de religiosidad á la carte, como afirma Gilles Lipovetsky en su libro la Era del vacío, donde el usuario puede despertarse gnóstico, volverse cristiano durante el día y dormirse budista. El medio, es decir la Red, se ha convertido en el mensaje (McLuhan dixit). El hecho patente es que cada vez más gente se la pasa sentada frente a una pantalla, tratando de comunicarse con los otros, enviando poemas, sueños, cartas o depósitos bancarios. Bien mirado, no es muy distinto de las tablillas cuneiformes de Nínive, los papiros egipcios o las aljamiadas Jarchas mozárabes de Córdoba: en ellas encontramos desde las más profundas hasta las más banales preocupaciones humanas: amor, muerte, pérdida y ganancia, usura y desperdicio.
¿Cuál es el destino del libro en esta era de transición? La imprenta no interrumpió la manufactura artesanal de los manuscritos iluminados a mano, ni mucho menos impidió que el arte sutil de la poesía siguiera cultivándose. El pensamiento no se detuvo con la aparición de las computadoras, la historia no tocó a su fin, como pretenden los guardianes del pensamiento conservador. Lo que nos recuerdan las redes y el fenómeno de la Aldea Global es algo que siempre supimos de manera oscura y secreta: que la escritura comenzó en las cuevas, cuando nuestros ancestros trazaban signos que parecían hombres, bisontes y mamuts. En esas formas rudimentarias de expresión se pueden encontrar una visión del mundo y también una estética. Lo mismo sucede con los libros y hoy con las computadoras.
Lo que no podrá cambiar, al menos en un futuro cercano, es la preponderancia de la palabra escrita como instrumento de expresión y de reflexión. Es en los contenidos donde habrá que buscar cuál será el destino de los libros. Mientras necesitemos de este instrumento básico, los medios podrán cambiar: pasar de la escritura a mano a la imprenta, de la máquina de escribir a la computadora, o de la computadora regresar a los cinceles y las tablillas cuneiformes al término de la tercera Guerra Mundial.
En una entrevista a Ernst Jünger, al ser cuestionado acerca del papel de la tecnología en nuestras vidas, indicó algo que siempre sería preciso recordar: que las orugas no saben que van a ser mariposas al encerrarse en un capullo. Nuestras tecnologías “avanzadas” de reproducción y comunicación nos deparan cosas que en este momento ni siquiera podemos imaginar. Los grandes cambios históricos toman a veces cientos de años. El desarrollo de la Inteligencia Artificial todavía se encuentra en su período paleolítico. Esa nueva inteligencia, sin embargo, no tendrá que ver con la inteligencia y sensibilidad humanas. Por ahora, el libro seguirá siendo el lugar canónico de la literatura o la filosofía, y de casi todas las disciplinas humanísticas, al menos mientras no encontremos medios de expresión y reflexión de mayor alcance que las palabras. Gilles Deleuze, en sus inevitables Estudios sobre cine, plantea que el cine no sólo es un arte, sino una forma de pensamiento y de expresión. Al dotar al cine de tal densidad, el pensador francés no hace sino preparar la discusión en torno a las posibles formas de pensamiento del futuro: ¿cómo pensaremos a través del CD-ROM? Si el cine es un pensar el tiempo, el espacio, el amor, la muerte, la inmovilidad, el movimiento, es posible que la informática también consiga establecer sus propios medios de introspección. La especificidad de las matemáticas, la biología genética o la física cuántica hacen que el científico piense con fórmulas y operaciones. Estas formas de pensamiento no son nuevas: antes las encontrábamos en libros y hoy las encontramos en la Red, como las páginas dedicadas a los fractales de Mandelbrot, las discusiones en torno a la geometría del caos y las cuerdas de energía. Es posible, incluso deseable, que los sentimientos, esperanzas y deseos del ser humano encuentren un lenguaje específico a través de las redes informáticas. Incluso, no está muy lejano el día en que la Inteligencia Artificial comience a preguntarse acerca de sus propios orígenes y a plantear por sí misma sus problemas ontológicos.
Es seguro que las bibliotecas cederán el paso a las redes de información en múltiples campos. Sin embargo, más allá de la pantalla, donde se encuentre alguien que necesite expresar sus sentimientos y sus pensamientos por medio de la palabra, su lugar seguramente será el del libro. El proceso puede dar lugar a una suerte de renacimiento de la palabra impresa. Los libros pornográficos, las novelas ligeras, los libros de divulgación científica ceden paso al CD-ROM o a las páginas de la Red. La industria editorial contemporánea en general no es más que un enorme basurero: un tiradero donde conviven Danielle Steel y Miguel de Cervantes, basura sentimentaloide, pornografía y Jorge Luis Borges. Las novelas populares ceden el paso a las telenovelas, los libros de superación personal ceden paso a los lugares de discusión donde el usuario puede debatir en torno a temas tan di símbolos como la sexualidad, la vida más allá de la muerte o el ensamblaje de maquinaria especializada. Es de esperarse que muchos libros desaparecerán gracias a las redes informáticas, contribuyendo con ello a evitar la deforestación del planeta. Basta con pensar cuántos bosques han sido talados para publicar los libros-basura que se venden en los supermercados para estremecernos.
Donde se necesite información, y no expresión, será absolutamente necesario tener acceso a las redes. Hay que recordar que el filósofo o el poeta no escriben libros con el fin de comunicarse. La literatura y la filosofía no son formas de comunicación sino formas de expresión y de reflexión. El poeta no comunica sino que expresa, y por lo tanto su finalidad última se encuentra en las palabras. El pensador tampoco comunica sino que contribuye al ahondamiento de la reflexión sobre un tema dado. Quizá la literatura será muy diferente: las palabras tendrán un grado de condensación extremo para coexistir con la televisión, el cine y los juegos y novelas en CD-ROM —uno de los aportes narrativos más estimulantes de la era informática.
Ahí donde hay expresión, no existe la comunicación. Ahí donde existe la información, no hay lugar para la expresión. La Inteligencia Artificial y las redes son vehículos de información o medios de comunicación de una eficacia superior a cualquier enciclopedia. Para un escritor las palabras —no la comunicación ni la información— son un fin y no un medio. Es por eso que el libro va a sobrevivir. Quiero pensar que el libro retornará a su carácter artesanal: un fetiche mágico que nos permite separarnos del mundo, absorbernos entre sus páginas y hacer que nos olvidemos de la Red y la comunicación, para introducirnos en un universo totalmente distinto y siempre renovado: el de la palabra escrita.
***************************************
(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)
Mauricio Molina es autor de la novela Tiempo lunar, de los libros de cuentos Mantis Religiosa y Fábula rasa, y de los volúmenes de ensayos Años luz y La memoria del vacío. Actualmente dirige la colección Voz Viva en la Dirección de Literatura de la UNAM.
***************************************