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Escuchar con los ojos, por Jaime Labastida

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...en todos los eventos nuevos, al mismo tiempo
se conserva y se niega algo de lo viejo.

Obligado al retiro por razones políticas, dice Francisco de Quevedo que busca la consolación en la lectura (cito la primera estrofa de su soneto “Desde la torre”): “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos.”

Los cuatro endecasílabos son musicalmente perfectos. Por lo que toca a su ritmo, responden al modelo del endecasílabo heroico o yámbico: llevan el acento prosódico en la sílaba sexta, la central. En el primer verso, el acento está en la palabra “paz”; en el segundo, en la primera sílaba de la palabra “doctos”; en el tercero de los versos, en la sílaba final de la palabra aguda “conversación”, y en el último, en la primera sílaba de la palabra “ojos”. Al proporcionarle ese tono al soneto, Quevedo le da un acento elegante y severo.

Sin embargo, lo decisivo no se halla, por supuesto, en estos elementos musicales y rítmicos (sin los cuales el soneto no habría adquirido esa misma dignidad), sino en los conceptos que encierra y que son los que deseo subrayar. Pocas veces se podrá encontrar una densidad mayor del significado profundo de la lectura (por lo tanto, de su soporte material moderno, el libro). Al decir Quevedo “vivo en conversación con los difuntos”, quiere decir que la lectura no es algo pasivo, sino un acto racional, en tanto que se produce por la palabra, el . En el latín y en las lenguas romances, de igual modo que en el germánico y en las lenguas anglosajonas, se escinde en dos esferas, la palabra y la razón, lo que en griego era dicho con una sola palabra, en tanto que lo mismo es pensar que hablar. En griego, esos dos actos se expresan con un solo vocablo: . No se puede pensar sin palabras; hoy, sin palabras escritas e impresas.

Quevedo dice además que la lectura es un diálogo profundo, una conversación con los hombres de otras épocas. En los libros se halla el pensamiento vivo, la palabra viva de los difuntos y se habla con ellos. Al leer, se “vive en conversación con los difuntos”, o sea que, al leer, se habla con los muertos: hacemos las preguntas que el difunto, en cierto sentido, responde. La lectura es una de aquellas tres formas del diálogo que exige Baltasar Gracián: con los vivos, con los muertos y con nosotros mismos. La lectura es una forma del diálogo con quienes han edificado la inteligencia de la humanidad: leer contribuye a mantenernos en la posición erguida.

Pero el último verso de la estrofa de Quevedo pone el acento en algo de mayor importancia quizá. Dice: “escucho con mis ojos a los muertos”. Se trata, podría decirse, de un contrasentido, ya que los ojos sirven para ver, no para oír. Sin embargo, Quevedo subraya la unión intelectual de dos sentidos, la vista y el oído. La palabra es, también, ruido (es sonido y es furia, el famoso sound and fury de Shakespeare, sonido vacuo en no pocas ocasiones); un sonido que en la letra, en cambio, se coagula y se despliega de modo espacial; se hace grafía. “Escuchar con los ojos”: eso es leer porque la letra, una vez más, está viva y habla. Uno, al leer, así lo haga en silencio (sólo con los ojos), habla y reproduce, dentro de su cráneo, la voz de los muertos. En nuestro cerebro suena la voz de los difuntos.

Todavía hay algo más en este último verso. Quevedo utiliza un verbo de importancia extrema: escuchar, que significa bastante más que el acto de oír (o percibir un sonido). Escuchar significa, ya se sabe, oír con atención. Quiere decir que la lectura es una forma profunda de la escucha, una forma del silencio: la lectura nos obliga a estar en un silencio atento, escuchando con los ojos a los muertos. Buena parte de nuestras vidas hemos de estar en silencio; es más, la mayor parte de la vida nos hallamos en silencio. Pero, en mitad del silencio, aun en el centro mismo del silencio, hablamos, quiero decir que hablamos en silencio, escuchamos. La lectura es una forma de escuchar, pues sólo quien escucha (quien oye con atención todas las posibles voces del silencio, el que entiende) resulta capaz de hablar luego con la profundidad necesaria.

Acostumbrados, como lo estamos ahora, a la palabra que se coagula en el espacio; a la palabra que se despliega de modo gráfico y pierde su dimensión temporal; acostumbrados a la escritura, nos olvidamos a veces de que las lenguas tienen su origen en el habla; que la mayor parte de las lenguas que hay y ha habido en esta Tierra tan amarga ha carecido y carece de escritura. Walter Ong afirma, no sin razón, que, a pesar de que haya habido decenas de miles de lenguas habladas en la historia del hombre, sólo unas pocas, “alrededor de 106, han sido plasmadas por escrito”; además, que “sólo 78 de las tres mil lenguas que existen hoy en día poseen una literatura”. (No he de entrar a discutir si existen o no las “literaturas orales”, en tanto que esta expresión es en sí misma contradictoria: toda literatura es letra, escritura por lo tanto, y la oralidad primaria no lo es.)

El soneto de Quevedo es el fruto de una cultura que se apoya en lo escrito y, aún más, en el libro. En la segunda de las estrofas se dice: “Si no siempre entendidos, siempre abiertos, / o enmiendan, o fecudan mis asuntos / y en músicos callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan despiertos”. Musicalmente, los cuatro versos son, de nuevo, endecasílabos heroicos, que llevan el acento prosódico en la sílaba sexta, la central, equidistante de los extremos. ¿Qué puede advertirse aquí? La relación directa entre la palabra y el sonido, en la medida en que, como es obvio, Quevedo está cerca de la escritura manual y le admira el proceso mecánico, novedoso en su época, de la prensa de tipos móviles (el invento de Gutenberg tenía apenas 160 años de vida). En ese momento, la escritura, que despliega en el espacio lo que en su origen es voz y sonido, responde a estímulos todavía artesanales. En esta época, el escritor es un hombre que, en lo fundamental, habla y es, sobre todo, habla. Los escritores como Quevedo son hombres formados en calidad de hablantes que, por lo mismo, se han educado, si me es lícito decirlo así, dos veces: una, en la lengua del pueblo (que tiene una cultura oral y, mejor todavía, de oralidad primaria); otra, en el libro impreso. Los monjes, antes de la invención de la imprenta (que sucedió en 1455), se educaron en manuscritos, no en libros; en textos escritos por comunidades de hombres de los que están ausentes las mujeres; en el vientre de una extraña comunidad, cerrada, la de quienes leen y escriben, pues ya no la hablan, una lengua muerta, el latín. Añadiré que se trata de una lengua dos veces muerta: una, porque no se habla; otra, porque sólo se halla en manuscritos. Quevedo y Cervantes son escritores que escriben como hablan, por el contrario, en la lengua vulgar.

Pero detengámonos un momento en lo que dice Quevedo: los libros “enmiendan o fecundan”, dice, sus “asuntos”: la lectura es un hecho activo y no pasivo. El libro, la palabra que está en el espacio de un libro, la palabra de los muertos, ofrece respuestas. Los libros “enmiendan” o “fecundan” a quien los lee. Quevedo alude, y no por casualidad, a la música, en un oxímoron de extraordinaria factura; los libros, en “músicos callados contrapuntos” le hablan, despiertos, “al sueño de la vida”. La voz, que es aire y sonido, está en el libro, callada y, a pesar de todo, resuena en el cráneo de quien lee, como si fuera una música. El conjunto heterogéneo de los libros es música en armonía y oposición: contrapunto.

Por si lo anterior fuera poco, Quevedo dice que el libro, por sí mismo, habla. Eso quiere decir que la palabra, que parece muerta (y ya no es aire, no es ), habla: revive en el lector la voz de cada escritor. Dejo a un lado la idea cristiana a la que hace alusión Quevedo (“el sueño de la vida”), que tan profundamente trató Pedro Calderón de la Barca. Lo que dice Quevedo viene de san Juan de la Cruz y hay en su verso una referencia intertextual muy clara. Dice san Juan: “la música callada, la soledad sonora”; Quevedo responde con otro verso genial: “en músicos callados contrapuntos”.

Todo esto y aún más encuentro, condensado, en el soneto de Quevedo. Es evidente que trivializo, sin duda, el contenido, exacto y bello, que nos ha propuesto Quevedo, en tanto que la poesía no puede ser glosada sin hacerle perder la mayor parte, si no es que la mejor, de su eficacia eufónica, estética, rítmica, lúdica. Pero me he atrevido a realizar este ejercicio porque, en el fondo, la poesía es también una forma de conocimiento. Continúo, por ello, en la tarea.

Vayamos ahora al primer terceto: “Las grandes almas que la muerte ausenta / de injurias de los años, vengadora, / libra, ¡oh gran don Ioseph!, docta la imprenta”. Aquí está, pues, el elogio claro de la imprenta, de la cultura del libro impreso (y no del manuscrito o el legajo que, en forma de libro, pasa por tal): la imprenta es docta y libra a las almas de las injurias de los años. Lo diré de otra manera: Quevedo hace un elogio de la imprenta porque ésta ha extendido el dominio de la razón y la ha hecho común a todos; en una palabra, la ha democratizado; la imprenta extendió a todas las capas sociales la práctica de la reflexión (debo añadir que en soledad) y logró que la inteligencia y el conocimiento entraran en las casas. Así como los hombres de la Edad Mítica hicieron entrar en su casa el fuego y los metales; así como domesticaron plantas y animales, así, del mismo modo, el hombre moderno hizo que la escritura y la letra, por medio del libro y de la imprenta, entraran en las casas y se domesticaran.

Antes de la imprenta, el dominio de la palabra escrita estaba en manos de unos cuantos, los escasos frailes que tardaban meses, si no es que largos años, en hacer un ejemplar, es obvio que único, fatigosamente copiado a mano. En cambio, a partir de ese instante lleno de luz, ese verdadero, este maravilloso artefacto que llamamos libro, o sea, el libro impreso, hecho con papel y en prensa de tipos móviles, fue uno de los primeros productos hechos en serie, según un montaje industrial. La imprenta y el libro son un acontecimiento de valor incalculable. Por esta causa, la imprenta (o, si se prefiere, el libro) lanzó a la calle a multitud de artesanos: a los pendolistas que dibujaban con arte sumo las letras de los libros y desplazó así, de inmediato, una enorme masa de fuerza de trabajo. Sin embargo y de modo inverso, en el largo plazo, el desarrollo de la imprenta ha producido miles de millones de empleos en la Tierra: por un lado, escritores, editores, periodistas, profesores, reporteros; por otro, una amplia gama de tipógrafos, diseñadores, impresores, fabricantes de tipos móviles y de imprentas. La imprenta nos ha producido a todos los que aquí y ahora estamos reunidos en la Feria Internacional del Libro y en el Congreso de la Unión Internacional de Editores, en el puerto de Buenos Aires. El efecto negativo que tuvo la imprenta al arrojar a la calle a miles de dibujantes de libros fue ampliamente compensado por la creciente modernización y la multiplicación de los empleos. De la prensa y sus modalidades modernas, millones de seres vivimos ahora, a lo largo y ancho del planeta.

Nosotros somos hijos, ya no diré que de la escritura sino, más bien, de la imprenta. Tres de los grandes maestros de la humanidad del Occidente: Homero, Sócrates y Jesús, jamás escribieron siquiera una línea. De Homero, si es que existió Homero, del conjunto de los poetas que forman el corpus homérico, se sabe ahora que cantaban recordando frases hechas, el ritmo del hexámetro que les hacía decir las “aladas palabras” que iban por el aire y se perdían. Para que no se perdieran, era necesario que se transmitieran de la boca al oído, de un rapsoda a otro. La palabra , que en la filosofía de la época clásica fue codificada como “verdad”, significó en su origen, en los poetas de la Grecia arcaica, algo muy distinto. Está hecha de la voz , olvido, y de alfa privativa. Significaba algo así como “Nomeolvides” y era una invocación de los poetas para recordar las hazañas de los héroes y que sus actos no se borraran de la memoria de los mortales. En una cultura de oralidad primaria, la memoria es un instrumento fundamental de la sabiduría.

En cambio, la escritura pone el acento en una forma distinta de hacer el trabajo con las palabras. Cuando Heráclito dice: “Me he consultado a mí mismo”, afirma con orgullo otra forma de pensar, producida por la escritura. En las comunidades que se apoyan en la oralidad primaria, la sabiduría se transmite de la boca al oído y, por supuesto, aunque necesita de apoyos gráficos, como los quippus del Perú o la pintura de códices (los que hallamos en la cultura de los pueblos de Mesoamérica), no existe en ellos el análisis fonético del lenguaje. Uno de los códices mesoamericanos, ya escritos en una traducción gráfica del náhuatl al español, el que denominó Francisco del Paso y Troncoso “Leyenda de los Soles”, se inicia de esta manera: “Aquí están...” (con lo que da a entender el uso del índice). Por otra parte, el texto de fray Andrés de Olmos, el manuscrito acaso más antiguo de Mesoamérica, transcrito al español sobre la base del conocimiento directo del náhuatl, empieza así: “Por los caracteres y escrituras de que usan, y por relación de los viejos y de los que en tiempo de su infidelidad eran sacerdotes y papas y por dicho de los señores y principales a quienes se enseñaba la ley y criaban en los templos para que los desprendiesen, juntados ante mí y traídos sus libros y figuras que... eran antiguas y muchas dellas teñidas, la mayor parte con sangre humana...”: el índice y la memoria, otra vez.

Tenemos ahí dos concepciones antagónicas. De un lado, la de aquellos que guardan la tradición y repiten, palabra por palabra, lo que se conserva en la sabiduría de los viejos. La vista de la pintura desata, en el sacerdote, el “poema” o el conjunto de palabras que se guardan en la memoria. En cambio, Heráclito se opone a esta forma de saber; él ya no consulta a la fuente oral de la sabiduría, sino a sí mismo. Esta forma de reflexión, hecha en la soledad más pura, sólo puede producirse en el acto de escribir. La escritura crea la duda; en las comunidades de oralidad primaria, en cambio, lo que es sabio se transmite por medio de “palabras aladas”.

Por eso nosotros, hijos de Gutenberg, nos movemos en otro espacio mental. Somos producto de la imprenta. Si el famoso Conde de Buffon, en su Discurso de Ingreso a la Academia, dijo: “El estilo es el hombre mismo”, al invertir la proposición, podemos decir: “el hombre es el estilo”. ¿Qué significa esto? Estilo es la palabra latina que equivale a la voz helena : el punzón, de hueso o madera, con el que se hacían las incisiones en las tablillas de cera: el hombre es aquello con lo que escribe. Hoy, ¿con qué escribimos? Ya hemos pasado de la piedra tallada a la tablilla de cera; de ésta, a la pluma de ganso, la tinta y el pergamino; luego, a la pluma fuente y el lápiz con punta mineral; después, a la máquina de escribir y, en fecha aún más reciente, a la computadora, que aprovecha la energía eléctrica y nos plasma, a todos nosotros, en unas máquinas llenas de luz (y de sombra). Somos por lo tanto el instrumento con el que escribimos.

Hoy se nos habla de la amenaza que pende sobre el libro. Esa amenaza lleva muchos años sobre nuestras cabezas. Hubo no pocos escritores que, con la invención del fonógrafo y el cinematógrafo, se sintieron al borde del abismo y dijeron que se acabarían la escritura y el libro. Imaginaron escenas en las que un camarógrafo tomaría a César cruzando el Rubicón, Aníbal en los Alpes, Alejandro cuando cortaba el Nudo Gordiano. Incluso ellos dejaron de percibir que el hombre es animal de palabras; el animal simbólico que precisa de la imaginación y que es el fruto del Deseo. El libro no es otra cosa que el soporte que la modernidad nos entregó para hacer de la escritura un instrumento práctico, al alcance de todos.

Hoy, las técnicas del soporte electrónico son, para algunos, la nueva amenaza que se cierne sobre el libro. Desde luego que no es así. Quienes pronostican la muerte del libro padecen el efecto de la interpretación vulgar de la teoría de la evolución: así, creen que ésta procede por medio de sustituciones. No advierten que en todos los eventos nuevos al mismo tiempo se conserva y se niega algo de lo viejo. El hacha de bronce podrá estar en el museo; pero no lo están ni las hachas ni el bronce. Más bien, el problema que vislumbro es otro: el de la rápida obsolescencia del medio electrónico. Igual que la película de banda sonora debe ser cuidada por una serie de medios, en tanto que la luz excesiva la daña, el libro, la poesía, la novela han adquirido hoy una nueva dignidad. El cine no acabó con el teatro, si acaso, le dio una amplitud mayor a las artes escénicas.

Problema central: la incompatibilidad de nuevos programas, que hace ilegible, para una nueva computadora, los viejos sistemas, aunque apenas tengan dos años. Podemos leer el libro editado hace más de quinientos años; pero es imposible leer, con una nueva generación de computadoras, el disco duro grabado hace sólo unos meses... He aquí el límite, a mi juicio, de las tecnologías modernas. Es cierto que ese límite se puede superar y se habrá, por supuesto, de superar, en el momento en que la voracidad mercantil no obligue a la rápida sustitución de un programa por otro (pese a que ésta sea, y no por azar, su esencia: la velocidad, la fugacidad, la rápida obsolescencia de la tecnología).

Si vuelvo los ojos atrás, podría mostrar incluso la diferencia enorme que existe en la poesía escrita antes y en la poesía escrita después de la imprenta, de igual modo como se ha hecho ya con lo que le ha sucedido al pensamiento, antes y después de la escritura: el despliegue de la palabra en el espacio ha logrado modificar, de modo profundo, la estructura del pensamiento. Basta acaso recordar una vez más que Homero calificó siempre lo dicho por el héroe de la Ilíada como un conjunto de “aladas palabras” porque, en efecto, el guerrero aqueo se situaba en el centro de la asamblea de iguales, tomaba en sus manos el cetro de Zeus y hablaba. Homero dice que tanto la vida (cuando el guerrero es atravesado por la lanza) como la palabra de los héroes “salen del cerco de sus dientes”. La cultura de Aquiles y Odiseo es una cultura oral, igual que la de Homero (o la del grupo de rapsodas que forman el corpus homérico). Ni los héroes aqueos ni el poeta heleno sabían escribir: sólo sabían hablar.

Los filósofos jonios, Heráclito y Parménides, igual que Platón y Aristóteles, escriben. La memoria va a pasar a otro plano, de un orden secundario; y la escritura se ha de volver, como más tarde la imprenta, ella misma, docta. En realidad, los nuevos soportes y los nuevos instrumentos tecnológicos perfeccionan todavía más aquella que es la verdadera función del libro como instrumento en el que se conserva la memoria de la humanidad, se consolida la inteligencia y se dota a los hombres del enorme placer de la lectura y la escritura.

Permítanme ahora decir, para terminar, apenas unas cuantas palabras acerca del marketing, mejor dicho, de la mercadotecnia, el mercado del libro y el consumidor de libros. Desde luego, este asunto tiene que ver con los sistemas de distribución, los puntos de venta, la capacidad de compra, el costo del producto y la calidad de las mercancías. Hablamos en verdad de una industria, ya no de una actividad artesanal, en tanto que los libros modernos, no importa cuál sea su soporte, están sujetos a las leyes, las implacables leyes del mercado. Pero... siempre hay un pero en la actividad editorial.

El lector no es un consumidor común y corriente: tiene una necesidad especial, que podríamos denominar una enfermedad del espíritu. La lectura proporciona placer, aquello que Roland Barthes llamaba “el placer del texto”. Sin embargo, también es verdad que la lectura proporciona intranquilidad y conforma nuestro pensamiento, en la medida misma en que somos animales hechos de palabras. El lector es un animal insatisfecho, atravesado por el puro Deseo.

Déjenme traer a la memoria una anécdota personal. Arnaldo Orfila Reynal, editor emérito, fundador de Siglo XXI Editores, fue también, como se sabe, director del Fondo de Cultura Económica. Hace ya más de cuarenta años, al advertir mi impaciencia porque aún no se publicaba, con la celeridad que yo deseaba, mi primer libro en el mismo FCE, me dijo: “Sé que es difícil escribir un libro; pero más difícil es publicarlo y aún más difícil venderlo.” Quizás Orfila debió haber añadido: es todavía más difícil, al menos en ciertas ocasiones, cobrarlo, y hasta se podría añadir que lo más difícil es leerlo, saber releerlo, entenderlo, criticarlo, amarlo...

Porque el libro, siendo una mercancía, como en efecto lo es, sin embargo es una mercancía especial, que compra no el que tiene capacidad para hacerlo (me refiero a su capacidad económica), sino aquel que está poseído de un vicio especial, el vicio, el veneno de la lectura. Quizás por eso Borges decía que lo más importante no era leer, sino saber leer, es decir, releer. El verdadero sentido de nuestra actividad de editores, como la del educador, hemos de tenerlo muy claro, es, en última instancia, formar seres humanos. La comunidad imaginaria que somos los lectores abarca hoy el planeta entero. Las tareas que nos hemos propuesto no son sólo las de informar sino, mejor aún, la de formar a las personas.

Recuerdo una broma, que acaso ilustre de manera plástica lo que intento explicar. La esposa de un empresario consulta con una de sus amigas qué puede regalarle a su marido. La amiga le sugiere la posibilidad de una casa de descanso; no, responde la señora: ya tiene tres, una en Cancún, otra en la Costa Azul, otra más en algún lago de Bariloche. Un avión, entonces, propone la amiga, pero no es la solución adecuada: el esposo tiene una flota y uno lo maneja él. Un traje, pues; tampoco: tiene 365, uno para cada día del año. Lo mismo sucede con zapatos (los hace el mejor artesano, a su medida, en Italia). Otro tanto acontece con camisas, corbatas, carteras: tiene todo. La amiga, entonces, en un arrebato de iluminación, concluye: un libro. Pero la esposa le responde que no, que ya tiene uno.

Lo cierto es que el libro, que cada libro, es un objeto único, que entra en competencia, por su contenido, con otros libros, hasta con otros libros de un mismo autor; ya no digamos con los libros de una misma editorial. El libro es un objeto especial, que amamos por su textura, sus colores, su tipografía, su diseño. Alfonso Reyes dejó dicho que por sus venas corría tinta y no sangre. Es por eso que los editores necesitamos de consumidores especiales, creados en las escuelas y en los hogares. En un sentido profundo, el lector es un fruto de la educación y los editores necesitamos de este estímulo externo para participar en un esfuerzo común.

En México, la actividad editorial conocerá un verdadero auge sólo el día en que los libros de texto (¡horribles palabras: libros de texto!) sean hechos por los editores, o sea, cuando los libros que se entregan a los estudiantes de escuelas primarias y secundarias sean propuestos por los editores mismos. Los libros “de texto” deben ser, desde luego, gratuitos; pero deben dejar de ser únicos. Si se llega a dar una verdadera competencia por los libros de educación básica; si en cada escuela se crean bibliotecas en las que no sólo estén los libros “de texto”, sino todos aquellos que el alumno desee leer (en la librería y en la biblioteca, igual que en los almacenes, ha de hallarse aquello que no se busca), se habrá dado un paso gigantesco hacia la creación de lectores, o sea, de seres humanos en posición erguida, que es el verdadero, el único, el auténtico objeto de nuestra labor.

Libros gratuitos y al mismo tiempo múltiples, en los que el alumno tenga las opciones reales de toda biblioteca, quiero decir, un proyecto de lectura, un espacio que jamás se recorre por entero y que resulta imposible leer de modo total. Todos, en la biblioteca de Babel, según dijo con tristeza Borges, hemos de reconocernos como culpables de no haber podido leer todos los libros.

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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)

Jaime Labastida (Sinaloa, 1939) es licenciado en filosofía por la UNAM, donde también ejerció como profesor. Actualmente es director general de Siglo XXI Editores. Ha publicado, entre otros libros, El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana, Animal de silencios, La palabra enemiga, Elogios de la luz y la sombra, Humboldt: ciudadano universal y Cuerpo, territorio y mito. Ha recibido diversos premios literarios y de periodismo, y es Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua.

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