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Al contrario de lo que postula la sabiduría popular en la edad de Internet, la letra impresa no está desahuciada. Ni en libros ni en revistas ni en periódicos. Lo que muchos han perdido de vista —porque la tienen muy corta— es que el lenguaje escrito nunca ha sido estático sino que se ha transformado de modo constante desde que la escritura fue inventada hace más de cinco milenios.
En Sumeria, Babilonia y Asiria empezamos a grabar información en tablas de barro húmedo, las cuales después se secaban y podían guardarse. Este método resultaba práctico siempre y cuando no hubiera necesidad de guardar o compartir mucha información: una condición parecida a la de los primeros discos duros que medían como cinco megas.
Posteriormente se inventaron el papiro, los pergaminos y el papel como lo conocemos ahora —con sus respectivas tintas—, y cada medio tenía sus ventajas y desventajas. Para nosotros es evidente que el papel salió ganando, pero en la época y los lugares donde se empleaban casi exclusivamente el papiro o los pergaminos parecía que no había otra manera de grabar información, y cuando se efectuó la transición hacia el papel, no pocos pusieron el grito en el cielo. Matizo: no pocos de los enterados, pues estamos hablando de una minoría escribiente dentro de otra minoría que sabía leer.
Desde luego que Johannes Gutenberg cambió todo radicalmente cuando inventó la imprenta a mediados del siglo XV. Lo que antes realizaban los escribanos —en su mayoría monjes— con una caligrafía bellísima, gracias a Gutenberg podía efectuarse con tipos móviles que permitían la primera producción en serie de objetos que son, para nosotros, reconocibles como libros: conjuntos de muchas páginas impresas y empastadas entre dos tapas duras cubiertas comúnmente de piel (también se usaban metales, tapas bordadas o hasta marfil).
¿Cuántos escribanos no habrán lamentado la desaparición —aunque fuese paulatina— de su arte? Y, en efecto, no hay nada comparable con las capitulares de la Edad Media, o con las grafías semíticas en que fueron redactados y copiados los libros de la Biblia y el Corán, mismas que aún sobreviven en los escribanos modernos de los textos sagrados del judaísmo y el islam.
Pero se volvió evidente que el invento del gran alemán de Mainz iba a causar una revolución no sólo cultural sino también económica. Y hay poco que hacer cuando nuevos métodos significan cuantiosas ganancias para sus dueños. En el caso de la imprenta se trató de hardware y software, todo; es decir, no sólo el aparato en sí con sus periféricos, sino también el conocimiento para hacerlo funcionar, el “programa conceptual”.
El hecho de que Gutenberg guardara durante años y en el más absoluto secreto los avances de su invento revela que tenía una idea clarísima del valor de lo que traía entre manos, y hasta sus socios en otras empresas exigían parte del valor accionario de lo que estaba tramando, ¡aún sin saber a ciencia cierta de qué se trataba!
Del siglo XV al nuestro no hubo grandes cambios sino grandes refinamientos en el proceso de impresión y encuadernación de libros. Pero en el ínterin se inventaron los periódicos y las revistas, los cuales cambiaron una vez más la naturaleza de lo escrito, se diversificó y se profundizó. Si al principio de nuestra historia colectiva escribíamos para asentar nuestras historias sagradas y patrias (que —con frecuencia— eran la misma historia, como en el caso de la Grecia y el Israel antiguos), tratados filosóficos o transacciones comerciales, con la invención de la imprenta podía divulgarse toda clase de literatura, incluyendo la científica y musical, para no ir más lejos.
Mas con el advenimiento de los periódicos y las revistas, se cimbraron los cimientos mismos de las sociedades donde circularon, allanando el camino para las democracias modernas, pues hacían posible que los habitantes de cualquier ciudad pudieran enterarse de qué ocurría ahí cotidianamente, y hacerse escuchar en consecuencia. Y esto, naturalmente, era combustible para la publicación de más libros, y los libros —a su vez— llegaron a ser acontecimientos en sí mismos, dignos de ser tomados en cuenta por las autoridades y los ciudadanos, súbditos o futuros ciudadanos (según el país y la época).
Con la popularización de Internet se ha teorizado que están contados los días de la palabra impresa, pertenezca ésta a libros, revistas o periódicos. Pero no hay indicios reales de que esto ocurra. Se imprimen cada vez más libros ahora que en cualquier otra época de la historia del hombre. Cada año se imprimen más libros que durante el anterior. El valor accionario de los periódicos y revistas (los que han sido tradicionalmente rentables, desde luego) sigue subiendo, a pesar de que tuvieron un tropiezo a principios de este milenio, debido precisamente al temor de que la Internet los volvería obsoletos. Pero sucedió lo contrario: los periódicos mismos le entraron al toro y ahora son dueños de una rebanada considerable de los ingresos electrónicos por concepto de publicidad en línea. Y así se ha salvaguardado la supervivencia de sus versiones impresas, que siguen siendo mucho más cómodas para la lectura móvil, diaria. Las versiones electrónicas, sin embargo, son muchísimo más eficientes cuando se trata de buscar datos o seguir el hilo de un reportaje que abarca un periodo prolongado.
El caso específico del libro, no obstante, es aun más ilustrativo que el de los periódicos y revistas. Hace más de un lustro Microsoft y algunas otras compañías hicieron mucha alharaca acerca del e-book, el libro electrónico. Se hicieron enormes inversiones en el software y el hardware que llevarían a los grandes de la literatura a una pantalla muy pequeña, electrónica.
Se hablaba de la transferencia directa de la computadora del escritor —o del editor— a la publicación electrónica, sin pasar necesariamente por el papel. Se pronosticaba que los libros electrónicos se bajarían de la Red directamente a los pequeños dispositivos donde uno los leería. Incluso Stephen King, uno de los grandes best sellers de todos los tiempos, hizo la prueba, pero se vio que la gente —en términos generales— no quería pagar el precio. Lo leería gratuitamente en la pantalla de su computadora, pero sólo desembolsaría efectivo por el producto impreso en papel.
Los e-books han sido un desastre. Ninguno de los primeros títulos que se hicieron para dispositivos especiales se ha agotado, y todos eran libros con ventas muy fuertes en papel. (Y estamos hablando de tiros de dos y tres mil ejemplares electrónicos.) Las compañías que se crearon para comercializar e-books dentro de los grandes consorcios ahora están a la venta o, de plano, se han declarado en bancarrota. El libro impreso en papel, por otra parte, sigue pujante; por lo menos en aquellos países donde aún se acostumbra leer, donde la gente está convencida de que debe leer para no ser víctima de su realidad sino partícipe porque desea integrarse al gran diálogo social que se da entre los ciudadanos.
Con todo, el libro electrónico —entendido de manera mucho más amplia— está más vivo que nunca. Se ha muerto en su variante de dispositivo, pero los libros son cada vez más electrónicos, aún los que están impresos en papel.
Desde hace muchos años los procesos editoriales han estado sufriendo grandes transformaciones, casi todas ellas invisibles para el lector. Aunque de manera cotidiana se siguen empleando prensas para aplicar la tinta al papel, hace tiempo que es posible pasar de un original (ya no un manuscrito) a negativos. Y ni siquiera es necesario en estos días llegar a negativos, pues se puede pasar directamente de un dispositivo de almacenamiento digital, al producto, que sería el libro impreso y empastado. Lo único que estos libros no tienen de electrónico es el papel, el dispositivo.
Y Stephen King no estaba del todo equivocado: Internet será en el futuro el gran distribuidor de libros. No me refiero sólo a empresas como Amazon.com sino a las editoriales mismas que venderán sus libros en forma electrónica mediante la Red. El lector, el usuario, los bajará como en el caso del libro de King, pero no los va a leer en pantalla, que es muy cansado y poco práctico. Con las nuevas tecnologías de impresión que están surgiendo, y cuyos precios están bajando cada vez más, uno podrá imprimir su propio libro en casa, con todo y pastas si quiere. Al fin y al cabo, lo que uno está pagando es el contenido; el dispositivo es secundario.
Si uno quisiera, podría guardar el libro en su disco duro, en un CD o un DVD; para el caso es lo mismo. Después decidiría cómo desea explotar el material: como referencia, como lectura, como fuente de investigación. De esto dependería la forma y formato definitivos del contenido intelectual.
Esto implica, desde luego, grandes transformaciones en el sistema de distribución comercial y retribución autoral. Las librerías, que ya están sufriendo cambios sensibles, los seguirán sufriendo y se volverán otra cosa, para bien y para mal. La relación entre autor, agente y editor también verá cambios difícilmente previsibles. Lo importante aquí radica no tanto en el carácter sino en la calidad de la oferta editorial.
A lo largo de los últimos diez años hemos visto que las grandes editoriales transnacionales han ido comprando las más pequeñas, casi todas ellas de gran calidad y con visión propia. También hemos visto cómo, a pesar de los pronunciamientos públicos de los compradores, los sellos absorbidos por el pez mayor han ido perdiendo su carácter, su visión, su combatividad. Hemos caído en una situación insoportable: muchísimos sellos editoriales están publicando libros muy parecidos entre sí; tomos que son complacientes, vaporosos y con poco rigor literario, científico, intelectual, etc. Los libros arriesgados, los libros controvertidos, difíciles, empiezan a brillar por su ausencia. La salud política e intelectual de cualquier sociedad depende de la calidad y riqueza de sus fuentes de información. Por esto resulta tan importante que los peces pequeños y medianos puedan sobrevivir al embate de los tiburones; las nuevas estructuras electrónicas les ofrecen una solución, una manera de llegar a sus lectores sin tener que bregar con un sistema de distribución que sólo se fija en lo que se vende fácil y rápidamente, lo cual casi nunca es lo que más importa.
Para decirlo pronto, el libro electrónico ha muerto, pero apenas empieza a vivir.
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Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)
Sandro Cohen es licenciado en Letras Hispánicas. Fue director editorial de Grupo Editorial Planeta, gerente de Grupo Patria Cultural y gerente de Sansores y Aljure, dedicándose también a la enseñanza. Ha publicado libros de poesía, como A pesar del Imperio, Los cuerpos de la Furia y Corredor nocturno, la novela Lejos del paraíso (1997) y el libro Redacción sin dolor, y ha colaborado en periódicos y revistas. Actualmente es fundador y director de Editorial Colibrí.
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