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La mención del libro digital, que ya es una realidad en el mercado editorial y motivo de reflexiones frecuentes tanto en publicaciones especializadas como de interés general, causa una especie de miedo, con algún grado de indignación, entre editores, impresores, correctores, diseñadores, autores y algunos lectores acostumbrados a poner en práctica ese placentero fetichismo con el llamado (mejor nombre ni a Freud se le hubiese ocurrido) “libro objeto”.
Desde que Gutenberg le dio la primera vuelta al torniquete de su prensa, la historia cambió, y desde entonces no cesamos de escuchar o leer elogiosos comentarios a las fragancias de la tinta, las lustrosas o aterciopeladas texturas del papel, los elegantes tomos encuadernados en piel, las magníficas ediciones hechas por Fulano o Perengana. Estas sutilezas en las que reparamos más los coleccionistas de tesoros impresos que el lector común y corriente serán, cuando el libro digital empiece a competir en serio con el libro de papel, ejemplo de un proceso de producción pretérito, asunto de iniciados. No puedo vaticinar con exactitud la fecha, pero es un hecho que en pocos años la transformación de la industria editorial terminará por sintonizar todas sus fases de producción (muchas de ellas cambiaron hace tiempo) al compás de la música binaria. Nos guste o no, el libro digital tiene un futuro más promisorio que el previsto para los hermosos ejemplares de papel que todavía reposan en los libreros de nuestras casas y bibliotecas.
Pero si tuviéramos que responder ahora a la pregunta de cómo es un libro digital, encontraríamos que todavía no existe una convención al respecto, y mucho me temo que ésta será ofrecida por el mercado cuando uno de los tantos dispositivos electrónicos y formas en las que se propaga la información en la actualidad atraiga lectores de una manera análoga a como lo hace un libro.
Hasta el momento, un libro digital puede tener muchas caras: la de un disco de cualquier formato que despliegue información escrita y gráfica en una computadora (piénsese en las enciclopedias multimedia, en los llamados libros interactivos), la de un archivo que bajemos de Internet con sonetos de Luis Vélez de Guevara, la de un “kiosko” como los que abundan en algunas universidades de Estados Unidos con una lista de obras, por lo regular formadas en archivos PDF, que es posible imprimir o salvar en algún medio magnético o digital. Vivimos una época en la que se está experimentando con diversas opciones para almacenar y difundir el conocimiento y la creatividad del hombre.
Entre esta diversidad existe todavía la posibilidad de dar salida impresa a la información. Como planteó acertadamente Gabriela Montes de Oca en el número 44 del suplemento Virtualia de La Jornada:
El papel ha venido a ser indispensable para nuestra sociedad. Hasta las computadoras han fallado en erradicar el uso del mismo... quien haya navegado por Internet sabrá que la impresora sigue siendo una herramienta fundamental: aunque pueden consultarse miles de páginas mediante los programas navegadores, los usuarios imprimen frecuentemente la información que consideran necesaria. Así, Internet y el papel coexisten y, en buena medida, se retroalimentan.
Es importante esto último porque refleja algo que la experiencia práctica nos va demostrando a medida que las computadoras se vuelven más comunes: el funcionamiento de diversas plataformas informáticas y de diferentes programas para las mismas no ha desplazado todavía al papel; por el contrario, en muchos casos propicia que se incremente su consumo. Bajo esta perspectiva, en casi todos los ejemplos vistos con anterioridad no se puede hablar propiamente de libros digitales; y menos aún si pensamos en los vínculos binarios del hipertexto que llevan al navegante de un sitio a otro sin ofrecerle una lectura sosegada.
Ahora bien, si nos ponemos exigentes, habrá que reconocer que para que un dispositivo, llamémosle informático, pueda competir con el libro impreso al que estamos acostumbrados y que ahora compramos en cualquier puesto o librería, debe ser accesible. Esto es: económico, transportable y de fácil manejo. Que podamos leerlo lo mismo en la cocina, que en el vagón del metro, en la oficina o antes de cerrar los ojos.
Lo más cercano a este concepto es un cuadernillo con pantalla hecho expresamente para bajar libros de Internet. Amazon, la mayor librería virtual del mundo que realiza ventas por Internet y que cuenta con un catálogo superior al millón de títulos, ya comercializa estos dispositivos adaptados con un módem interno de 56 kbps. El precio de este artilugio se aleja mucho de lo que podría costar una edición rústica de las obras completas del Marqués de Sade. Pero podemos añadir que el juguetito ofrece una gran ventaja: es capaz de almacenar diferentes obras y permite, una vez que el material recopilado haya sido leído, borrar (y acaso imprimir o respaldar) la información con el propósito de acceder a otras obras que se encuentran en la Red.
Hace ya algunos años, Mónica Prieto escribió en Nexos un artículo titulado, justamente, “Libros digitales”. En él ofrecía detalles técnicos más precisos sobre los llamados “e-books”. En aquella época medían 11.5 x 16 centímetros, tenían un espesor de 23 milímetros y pesaban poco más de medio kilo. A diferencia de muchas otras pantallas, las de los libros digitales son de alta resolución, y cada día se avanza más con el fin de que puedan leerse desde diversos ángulos y en condiciones lumínicas variadas, de modo que el cansancio originado por leer mucho tiempo en una pantalla no sea obstáculo para tener acceso a estos aparatos. Es irónico, pero la superficie que ofrece más cualidades ópticas para la lectura sigue siendo el papel. Hace poco leí que ya se trabaja en e-books con superficies de papel o de características similares.
Decíamos que ya existen compañías que venden libros digitales. Basta pagar los derechos de la obra y bajarlos de la Red para ser cargados en el e-book. Se pretende que la carga sea similar a la de una bomba de combustible. Se conecta el libro digital a la “bomba”, que puede ser un sitio de Internet o bancos con libros dispersos en diferentes establecimientos comerciales, y se carga el cacharro con el autor de nuestra preferencia. Sábato, uno de los escritores más críticos respecto de la tecnología, dio a conocer su libro La resistencia en el formato tradicional y en el digital, pudiendo leerse este último de dos maneras: en la pantalla de nuestra computadora mediante un programa muy rígido que no permitía la impresión o comprando un e-book. Admito que lo leí a la “antigüita” por una razón muy simple: todavía no hay convenciones ni patrones de distribución que hagan accesible el e-book para el lector. En esto los editores tenemos que jugar un papel fundamental o quedaremos fuera de la jugada. Decía Mónica Prieto en el artículo mencionado que estos libros permitían que el lector pudiera realizar anotaciones y que tenían una capacidad de almacenamiento de cuatro mil páginas, aunque ya se trabajaba entonces en dispositivos con capacidad para almacenar desde diez mil hasta doscientos mil ejemplares. Insisto, algunas de estas referencias fueron extraídas de un Nexos que circuló hace como tres años, otras son más recientes. Pero la velocidad del cambio tecnológico, nos va a dar sorpresas.
Una de las discusiones que ha atizado más hogueras en este fin de milenio parece centrarse en una pregunta inquietante: ¿desaparecerá el libro al digitalizarse? Algunos editores, escritores, filósofos y teóricos de ciertas corrientes ven con recelo que las nuevas generaciones son cada vez menos letradas, y observan con alarma que el conocimiento empieza a propagarse y articularse en función de una cultura de imágenes fragmentadas. La desaparición del libro presupone relegar el lenguaje escrito a un segundo plano.
Aunque el temor tenga bases empíricas, se está exagerando la nota. Dudo mucho que el libro desaparezca. Cambiará su presentación, su proceso de manufactura, pero no dejará de existir. El lenguaje escrito tiene particularidades que ninguna otra forma de expresión posee, por avanzada que resulte. La mejor herramienta con que cuenta el pensamiento para articularse es la escritura. Para eso no hay vuelta de hoja (electrónica o bond). Que éste se difunda en papel cultural o en artefactos informáticos será secundario en el mediano plazo para el usuario final, mas no para la industria editorial tradicional. Veamos por qué.
Hasta el momento, todos los procesos de digitalización del trabajo editorial desembocan en el papel. Incluso las imprentas que prescinden de negativos le dan salida al trabajo en papel. En el siglo pasado y en lo que va de éste, parte del cambio informático de la industria editorial, e incluyo también a la prensa, fue cambiando procesos químicos o mecánicos por otros de naturaleza electrónica. Aun así, en México asistimos todavía a fenómenos muy curiosos donde la coexistencia de procesos antiguos y modernos permite la competencia. Por ejemplo, quienes creían enterrado el fotolito tras el advenimiento de las reveladoras digitales han descubierto que éste sigue abatiendo costos cuando se trata de un libro a línea; quienes invirtieron en equipo de salida directa han notado que para tiros y formatos grandes, con selección de color incluida, no le hacen ni cosquillas al offset. Pues bien, todas estas sanas modalidades de la industria editorial cambiarán radicalmente cuando la superficie contra la que aprisionó Gutenberg sus tipos móviles deje de ser el medio más frecuente de lectura. ¿Cuándo veremos este cambio? No lo sé. Pero las condiciones ya empiezan a darse.
La plataforma informática para formar un libro digital existe prácticamente en cualquier editorial o estudio de diseñador. Por otro lado, el e-book nos ofrece una ventaja ecológica que debemos ponderar: evita, en buena medida, la tala de árboles. Aunque el papel puede ser reciclado, amén de que tiene un tiempo corto para biodegradarse en comparación con el plástico, la capacidad de almacenamiento de los libros digitales nos ubica ante empresas editoriales más limpias. Una gran desventaja es que se facilitará la piratería. Resulta mucho más sencillo y barato duplicar un archivo de texto que realizar una edición pirata en papel o reproducir un libro sin pagar derechos mediante un proceso de fotocopiado. El papel del editor en esta nueva etapa será fundamental. Quien no quiera advertir el cambio puede desaparecer o ser absorbido por otros monopolios no ligados propiamente a la industria pero que podrían hacerlo dada su estructura organizativa, como son los productores de tecnología y los grandes centros comerciales. Proteger legal y tecnológicamente los derechos de autor y de reproducción, ofrecerle al lector comodidad de lectura mediante diseños inteligentes de libros con varias opciones: tamaño de fuente, búsqueda de palabras y diccionario integrado, son parte de las tareas hacia las que tendrá que reorientarse la actividad del editor.
Lo cierto es que el libro no desaparecerá. Por el contrario, como una víbora mutante, cambiará su frágil epidermis de papel por otra de polietileno y de silicio para seguir picando la curiosidad del hombre.
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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)
David Gutiérrez Fuentes es egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. En la actualidad es subdirector de la revista Universo de El Búho y jefe de producción editorial de la UAM-Xochimilco. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, y entre sus libros destacan dos de relatos: Veintiún relatos para mitómanos y Millenium Tremens. Ha dejado constancia de su trabajo periodístico en diarios y revistas como Excélsior, El Financiero, unomásuno, Siempre! y El País.
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