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El futuro de las librerías o las librerías del futuro, por Ricardo Nudelman

Este artículo fue publicado en El libro y las nuevas tecnologías. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.

Nadie podrá quejarse: la tasa de natalidad está bajando, no sólo en México sino en el mundo. Ha bajado la de China, y también la de España (hasta ser negativa). Esto es, habrá menos gente que lea libros dentro de algunos pocos años. Sin embargo, la producción de libros nuevos es cada vez mayor en casi todos los idiomas, y especialmente en castellano. Cualquiera podría inferir de aquí que los libros nuevos se están haciendo porque el mercado lector crece, o que se está avanzando en la lucha por la difusión de la lectura y el combate contra el analfabetismo. Sin embargo, ninguna de las dos afirmaciones es cierta. La industria editorial funciona con insensatez, es cierto, pero se mueve dentro de parámetros muy distintos de quien trate de explicarse este confuso panorama.


Si volvemos nuestra mirada a las librerías profesionales, aquellas que se dedican a la venta de libros al público como actividad principal, podemos percatarnos de algo que golpea inmediata y directamente al posible cliente: existe una lucha a muerte entre el espacio y la cantidad de libros. Jason Epstein lo dice con claridad meridiana en un reciente libro sobre los cambios ocurridos en la industria editorial norteamericana (Book Business, W.W. Norton, NY, 2001, p. 156): obtener rentas altas en el negocio editorial exige una rápida rotación, y la alta rotación requiere best sellers. En un número cada vez mayor.


Obviamente, con la avalancha de novedades mensuales que ofrecen las editoriales para su comercialización, no hay espacio físico que pueda abarcarlas. Ni las más grandes megastores norteamericanas o europeas podrán, en algún momento, tener todos los libros que salen al mercado. Deberán seleccionar o, peor aún, devolver a los almacenes del editor esas novedades cuando todavía no han cumplido unas pocas semanas en las mesas de exhibición. Siguiendo el razonamiento, en las librerías (grandes o pequeñas, profesionales o espacios de libros en centros comerciales o supermercados) solo podrá haber un reducido número de libros ofertados, en tanto la enorme mayoría de los títulos publicados dormirán su sueño, rara vez interrumpido, en los almacenes de las editoriales o pasarán por las máquinas de reciclado de papel. Esto es una realidad hoy, y será una pesadilla para el mundo editorial en muy poco tiempo.


El modelo tradicional de librería general vigente todavía en muchos países de América Latina está siendo desplazado y reemplazado rápidamente. Fue en la década de los sesenta cuando las librerías generales rompieron el molde de las librerías de mostrador, en las que el cliente era atendido por un empleado que recibía su solicitud e iba al interior del local a buscar el libro solicitado. Las librerías se abrieron al público, y en sus mesas y estanterías ofrecían los libros que podían tocarse, abrirse y hasta leerse, sin que nadie reclamara por ello. El marketing comenzó a mostrar su importancia, y la aparición de muebles que permitían una exhibición más atractiva, así como una mejor iluminación y presentación, fue la característica distintiva de un local de librería. Sin embargo, lo importante seguía siendo el contenido, los libros que se ofrecían, lo que llamamos “el perfil de la librería”. Una librería se distinguía de las demás por los libros que ofrecía: novedades nacionales e importadas, libros de escasa circulación, autores nuevos o desconocidos, editoriales pequeñas y medianas que salían a la búsqueda del lector con algo nuevo entre sus manos. Se corría un riesgo, pero a cambio podía ganarse el prestigio de ser la librería de moda, de los intelectuales y escritores famosos, o simplemente de los lectores que podían confiar en un librero que les recomendara algo nuevo e interesante para leer.


La tendencia actual de las librerías es otra. Aparecieron las megalibrerías, las grandes cadenas que son propiedad de grupos editoriales o de financieros, que a su vez forman parte de otras corporaciones cuya diversidad de intereses y cuyas cifras de negocios están demasiado alejadas del común de los mortales. Valga un ejemplo: FNAC, la cadena francesa de librerías, con 57 megastores en distintos países del mundo, factura casi 3 000 millones de dólares. Pero en realidad es una parte pequeña de los negocios de un grupo, Pinault-Printemps-Redoute, que tiene actividades en 25 países del mundo en distribución, comercialización, comercio electrónico, finanzas, etc., y cuya cifra de negocios alcanzó en el 2000 la cantidad de 25 000 millones de dólares.


¿Cuáles son las características de estas megalibrerías que se multiplican hoy por el mundo? En primer lugar, son librerías generales que solamente (o en su mayor parte) venden libros de alta rotación. Es decir, las novedades literarias de los grandes autores, los libros de actualidad política, los de autoayuda y superación personal, los de negocios, y otros por el estilo. ¿Qué pasa entonces con los libros de pensamiento, con los que tienen un desplazamiento más lento, aquellos que se dedican a segmentos especializados de la población lectora? Esos libros dormirán en los almacenes de los editores —en el mejor de los casos— hasta que algún cliente los necesite en alguna librería y el departamento de “special orders” se los consiga en 48 horas. Esto sucede hoy en las cadenas norteamericanas y europeas. En América Latina, debido a la ineficiencia de los sistemas de venta de editores y libreros, el libro no se ubica, o el editor demora en surtirlo hasta que el cliente desaparece, o simplemente la orden es ignorada.


La segunda consecuencia, que está estrechamente vinculada con la primera, es la desaparición del librero profesional. Sin entrar a considerar el papel de consejero o de amigo del lector, el librero profesional pierde su razón de ser en la medida en que es reemplazado por un sistema informático que registra la existencia o no del libro, e indica a quien sirve (estudiantes temporariamente empleados, o personal no especializado) en qué sección y hasta en qué estante puede encontrar el libro solicitado. Por lo tanto, no pida consejo, porque aquí no se lo darán. No pregunte por el estilo de un autor, o la tendencia de una escuela de pensamiento, porque la máquina no lo tendrá registrado. El libro estará o no estará, y en el primer caso, usted deberá decidir si lo lleva o no.


La tercera consecuencia será que —si efectivamente los libros que circulen son de una calidad que yo llamo “flexible” y no hay profesionales libreros que puedan ayudar a seleccionar el libro de su gusto o necesidad— el nivel cultural general descenderá. Más libros —porque cada vez es más necesario lanzar novedades al mercado— para un público menos exigente, que se venderán en locales especialmente acondicionados para una venta rápida y fácil, y una compra condicionada por la inteligencia del marketing. Gabriel Zaid hizo recientemente interesantes observaciones al respecto en un artículo publicado en el boletín de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (mayo de 2001). Se refiere allí a los libros de mayor venta que soportan a aquellos que tienen una venta más lenta, o de menos ejemplares. Y dice que, si se reduce la demanda (por el aumento de los impuestos, la eliminación de los estímulos a la edición o, simplemente, por la carencia de políticas destinadas a favorecer la lectura y la difusión del libro), entonces muchos libros que podrían considerarse de mayor venta “no sacarán los gastos y pasarán a aumentar la carga de los perdedores, que tienen que financiarse con las utilidades de los más vendidos, a su vez reducidas, porque también éstos venderán menos. Para solventar esto, los libros que son un buen negocio deberían representar una proporción mayor. Pero esto no se logra publicando más best sellers (...) sino recortando los títulos menos comerciales” (el subrayado es mío). Por lo tanto, dice Zaid siguiendo con el razonamiento, lo más seguro (para los editores) es no arriesgarse, dejar de publicar los títulos que no garanticen que puedan cubrir los gastos y concentrarse en los que sí funcionen para una venta rápida y segura. Una vez más, y para que quede claro: libros de calidad flexible para un público de exigencias flexibles.


Es que la concentración en los grandes grupos oligopólicos que está sucediendo en el sector editorial está llegando al sector librero: en Estados Unidos las librerías independientes (profesionales) han perdido en los últimos 10 años el 20 por ciento del mercado de lectores de libros, que pasaron a ser clientes de las grandes cadenas. Efectivamente, en 1991 controlaban el 33 por ciento del mercado, en tanto que en el 2000 controlaban tan sólo el 15 por ciento.


Conclusión: la producción editorial seguirá creciendo masivamente hasta saturar los mercados, para lo cual deberá buscar (en el caso de México) nuevas vías de comercialización diferentes de las librerías profesionales existentes. Hasta que se desarrollen cadenas locales o se instalen las foráneas, podrá optar por los supermercados y las grandes superficies. Y también libros electrónicos o que serán leídos por Internet. Buscarán un público más amplio, para lo cual deberán reducir el nivel de calidad de sus libros. Las cadenas de librerías serán fundamentalmente librerías para vender libros de alta rotación y de menor nivel de calidad. Pero quedarán nichos de público que busquen calidad y especialización, que algunas librerías especializadas podrán satisfacer.


Algunos especulan con la idea de que la solución será la digitalización de todos los libros que existen y que existirán, con un acceso directo del consumidor vía Internet, y con la posibilidad de una impresión inmediata (en tiendas especializadas en impresiones on demand) para nostálgicos del soporte de papel. O la lectura directa en la pantalla para quienes (por razones generacionales) no tienen prurito de leer poesía en una pantalla. Jason Epstein hace esfuerzos por convencernos (New York Review of Books, 5 de julio de 2001) de que siempre quedará el que desee tener su libro de papel, tocarlo y olerlo, y no queremos contradecirlo en estas líneas. Pero me parece que el deseo de Epstein tiene que ver con que utiliza su cabeza de hombre del siglo XX y de las generaciones de la cultura del libro de papel, sin imaginar lo que pensarán los lectores del siglo XXI, los que todavía son infantes o ni siquiera han nacido todavía y que, seguramente, no podrán imaginar que alguna vez existió un mundo sin computadoras.

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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)

Ricardo Nudelman (Buenos Aires, 1941) es abogado por la Universidad de Buenos Aires. Fue gerente general de la Librería Gandhi de México (1976-1984), director de la editorial Folios Ediciones de México (1981-1984), gerente general de la Editorial de la Universidad de Buenos Aires (EUDEBA) (1989-1990) y gerente general del Grupo de Librerías Gandhi de México (1994-1998). Ha colaborado con artículos en diccionarios de Ciencias Políticas y Sociales, y en revistas y periódicos. También se ha dedicado a la docencia. Actualmente imparte seminarios para libreros por distintos países de América Latina.


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