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En un relato de Isaac Asimov titulado The Fun They Had, un muchacho llamado Tommy descubre con asombro un extraño objeto que había quedado olvidado por ahí; con curiosidad, casi con morbo, él y su hermana Margie lo examinan; corre el año de 2157, el reino de la tecnología ha invadido todas las esferas de la vida en la Tierra, ha llegado de este modo la salvación del hombre por medio del chip redentor. Ya no hay escuelas, ya no hay bibliotecas; los profesores han sido reemplazados por computadoras que funcionan en casa. Los muchachos no saben qué es lo que tienen entre manos; huele a viejo, a moho, a humedades pretéritas, y poco a poco van descubriendo que este objeto milagroso es un libro, un viejo emisario de “cuando todas las historias venían escritas en papel”.
La trama es impecable, solamente hay un detalle en que Asimov no acertó: en la fecha, 2157. Está demasiado lejana; en cambio el desarrollo tecnológico se mueve con pasos más ligeros, y hace cercano ese momento en que los Tommy y las Margie del mundo no sepan qué es aquel extraño objeto hecho de materiales orgánicos.
Los datos son apabullantes por lo que se refiere a la expansión de Internet en todo el mundo, el desarrollo de tecnologías digitales cada vez más perfeccionadas, la fabricación de chips con mayor capacidad, el abaratamiento de los equipos de cómputo; todo ello hace mucho más cercano el momento en que las historias ya no vengan en papel. No obstante, para los que amamos el libro, las cosas no tienen que ser tomadas con tanto pesimismo, ya que este mismo desarrollo tecnológico puede comportar, en un mismo movimiento, cosas opuestas, antitéticas: es verdad que acelera la tendencia a la desaparición del libro, pero también puede facilitar su sobrevivencia debido al desarrollo de sistemas de impresión más perfeccionados y económicos.
Oponerse a este cambio acelerado sería una pretensión tan vana como defender a ultranza el uso del papiro en los trabajos editoriales o el empleo de la piedra o los huesos de caballo en la escritura. En el otro extremo, unirse sin más unilateralmente a este carro veloz de la página electrónica implicaría dejar fuera no sólo una tradición, un arte, sino también otra forma de lectura.
La permanencia de la fugacidad
La misma admiración de Margie y Tommy es la que en este tiempo nos despierta el examen de las tablillas sumerias de barro de Uruk, pertenecientes a Los viejos textos (3600 a.C.), o un petroglifo mesoamericano; y el asombro se desata al saber que ahí se posaron las miradas de otros humanos que miles de años antes que nosotros intentaron plasmar un saber, una información, un dato, un algo que en su momento consideraron lo suficientemente importante y necesario como para dejarlo asentado en un soporte que ellos consideraron permanente: piedra, hueso, barro. Desde que la memoria deviene en el soporte primario del saber humano, el conflicto del hombre ha consistido en cómo resolver la contradicción entre la fugacidad de la palabra y la necesidad de retenerla.
Para Louis-Jean Calvet, profesor de la Sorbona y autor del libro Historia de la Escritura, el problema radica en “cómo recordar, transcribir y transmitir esa palabra que es, por su misma esencia, fugaz. En tales soluciones, conocidas por los nombres de jeroglíficos egipcios, alfabetos, glifos mayas o caracteres chinos, no se perciben demasiados puntos en común, si bien juntas configuran cierta historia, la historia de la lenta elaboración de la memoria escrita de los hombres.” La búsqueda de esta permanencia ha sido un proceso lento, desde los primeros pictogramas hasta el alfabeto pasaron más de cinco mil años.
De ahí se desprende una primera pauta para cualquiera interesado en el arte de transmitir conocimientos en el tiempo: aunque suene contradictorio en sí mismo hay que estar preparado para el asombro. Lo que hoy vemos mañana no será: todo lo que existe merece perecer. A partir de ahí la imaginación se desata, y sólo se mantiene sujeta a tierra por un control, por el cable de un ancla de una tonelada: la palabra seguirá existiendo, con modificaciones, con mezclas entre idiomas varios, con promiscuos intercambios de neologismos, pero siempre con la palabra como base, por lo menos hasta donde alcanzamos a ver.
Para Felipe Garrido, los medios “no están acabando con las palabras, las están haciendo más necesarias que nunca; así como antes del papel hubo otros materiales en los que el hombre guardó su escritura, hoy los libros están cambiando de forma, pero lo sustancial es que las nuevas tecnologías continúan transmitiendo las palabras”. Si este punto permanece estable, entonces lo que seguramente cambiará es el soporte: las tablillas de arcilla eran el soporte de la escritura sumeria; la piedra correspondía a los glifos mayas, los idiogramas al papel de arroz de los chinos, el alfabeto a los pliegos de papel de Gutenberg, y este mismo alfabeto a la pantalla electrónica de cristal.
La dificultad que ahora presentan estas pantallas respecto del libro de papel es que en el presente no son lo suficientemente planas ni manuales como para transportarlas con facilidad a todas partes, pese a la existencia de las computadoras portátiles. Y esta necesidad de la manualidad no es un asunto menor, porque en la lectura intervienen otras cosas, existe un plus más allá del texto: hay ciertas actitudes que se han ido generando alrededor de este hecho, la sedimentación de una cultura que implica ciertos ritos y rituales o, en un sentido más amplio, digamos que tiene que ver con el placer. No se puede negar el enorme gusto que siente un sujeto al leer un libro en su sillón favorito, en la cama, en una playa, en el campo, en un transporte o donde se le ocurra. Y en este “se le ocurra” la computadora actual no puede ayudarle.
Asimismo, hay otros factores implícitos también de orden psicológico o sensorial. Existe placer al desempacar un libro, sopesarlo, mirar las proporciones de su volumen, abrirlo y oler el papel nuevo, oler la tinta, sentir cómo las yemas de los dedos resbalan por las hojas; admirar la proporción de oro de su tipografía, el contraste entre el blanco y el negro de la mancha, los blancos de los descolgados, las letras capitulares. No se diga la admiración que producen ciertas camisas o forros y las portadas, su composición, su colorido o sus tintas; es decir, el golpe inmediato que produce el arte de las portadas, similar a lo que ocurre con un artículo periodístico, el golpe del lead, de una ventana bien hecha, de un filo acerado. Esto no lo da ninguna pantalla, por muy buena que sea… al menos hasta hoy.
En ese mismo tenor, otro factor psicológico que no puede pasar por alto es el que se refiere a la posesión. Para quienes están relacionados con el trabajo editorial, quienes tienen el hábito de la lectura van desarrollando un sentido de posesión del libro, de este modo cada volumen va siendo un objeto susceptible de atesorar aunque de manera distinta ciertamente al dinero. En este caso es la posesión sin afán de lucro como parte del culto al libro, que implica no sólo cuestiones de prestigio: es parte también del mito de la cultura de la biblioteca personal. Es un gusto, y como tal también puede ser modificado, pero llevará un tiempo en que los lectores más convencidos abandonen la idea de ser propietarios de un objeto bien diseñado, que contiene parte del saber humano, hecho en papel, y sustituyan esta cultura por la idea de “bajar” textos de la Red o de almacenar discos.
Ahora bien, ninguno de los obstáculos mencionados es insuperable: las pantallas de televisión cada día se van haciendo más planas y hay que esperar que en el futuro lleguen a proporciones tan semejantes a una hoja de papel; también es de esperar que las baterías se hagan más diminutas y de una duración ilimitada. Entonces, a lo que asistimos los seres que poblamos este mundo al inicio del tercer milenio es a una revolución en cuanto a los soportes de la palabra, del texto, de la escritura. En este soporte es precisamente en el que tienen que trabajar los editores con la mira puesta al futuro, en equipos interdisciplinarios donde el diseño ya no será lo que conocemos hoy, en equipos donde tengan que incorporarse necesariamente los ingenieros en electrónica y en informática. El libro del tercer milenio será a un tiempo una obra de arte editorial y una obra maestra de la ingeniería y la informática.
En este tenor, es posible imaginar una figura geométrica que ha venido perdurando desde tiempos inmemoriales a pesar del cambio en los soportes: el rectángulo, apaisado o vertical, de las hojas. Imaginemos una pantalla electrónica portátil diseñada con excelente buen gusto, con las dimensiones de una media carta, la cual contenga el software capaz de albergar varios libros, digamos de un promedio de doscientas páginas cada uno. Imaginemos que la proporción de oro sigue existiendo; que los márgenes y los medianiles se respetan de acuerdo a las normas ancestrales. Supongamos que la hoja “pasa”, se “disuelve” o se “oscurece” —como en el cine—, en vez de darle la “vuelta” a la hoja cada vez que terminemos de leerla. Imaginemos que el libro pueda contener imágenes, ilustraciones, estáticas o en movimiento; imaginemos la foto del autor o de los lugares y objetos de los que habla, pero siempre dejando un espacio importante para la mejor y más efectiva pantalla (no electrónica) que es la imaginación.
La figura geométrica puede tener variantes, pero parece que el rectángulo es, hasta el presente, la figura dominante, lo mismo en la imprenta de Gutenberg que en la pantalla de cristal. En el primer caso esto puede deberse a la manera como se despliega la escritura, de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, movimiento que describe un rectángulo; pero también puede deberse a que el conjunto de tipos móviles de la imprenta casan mejor dentro de una superficie cuadrada. Por otra parte, en cuanto a las láminas o las hojas de papel, es más simple cortarlas en rectángulos que en círculos o en otras formas. Aunque se ha intentado hacer libros circulares, octagonales, siempre el uso y la costumbre han determinado que sea el rectángulo la figura predominante. El triunfo de esta geometría se dio definitivamente con la llegada de la pantalla electrónica, en la que el bombardeo de electrones se rige por los criterios del plano cartesiano, por la dictadura de las abscisas y las ordenadas.
Claro, habría también sus variantes: por ejemplo, en la película Contacto, basada en un texto de Carl Sagan, los seres de otros mundos con los que la Foster entabla comunicación utilizan para almacenar información un objeto (libro) en forma de cubo; y en éste la lectura o la ubicación de cada punto ya no está determinada por la relación de x e y, sino de x, y, z. Es decir, la escritura ya no se constriñe, en esta hipotética situación, a una superficie, sino a un volumen, a un espacio tridimensional. Otra posibilidad para el libro…
La Internet y el superchip
José B. Terceiro y Gustavo Matías, autores del libro Digitalismo (Taurus, 2001), dan cuenta de este proceso avasallante en el que el semidiós chip es protagonista indiscutible:
La emergencia de Internet, que hoy comunica a casi 400 de los 6 000 millones de habitantes del planeta, es un buen exponente y un mejor anuncio de profundas transformaciones estructurales, pues hace apenas veinte años que apareció y va camino de comunicar a 1 000 millones de personas dentro de varios años y a 2 500 millones en la primera década del nuevo milenio.
En poco menos de 10 000 años de existencia —que correspondería a casi el uno por ciento del tiempo que el hombre lleva sobre la Tierra— el conocimiento cultural, tecnológico y económico se ha desarrollado de manera impresionante. Lo que ha redundado en que
desde hace varios años hay más microchips que seres humanos, cambio cuantitativo-cualitativo que ha pasado inadvertido para muchos, pues no sólo hay que tener en cuenta el número, sino sobre todo el incremento de capacidad de los mismos. Autores próximos a Intel señalan que exceden los 10 000 millones de microchips, si se suman los existentes en módems, teléfonos, automóviles y productos electrónicos de consumo, por lo que, al publicarse este libro, las unidades de microchips ya habrán duplicado o triplicado a la población mundial de seres humanos que se sirven de ellos para un mayor control y una mayor movilidad. Al mismo tiempo, el número de microcontroladores existentes en aparatos distintos al ordenador multiplica por nueve los microchips de los ordenadores, cuando en 1995 el número de unos y otros todavía era igual. En Japón ya se divisa un escenario donde, dentro de varias décadas, el número de teléfonos móviles triplicará al número de habitantes.
Por todo ello, una de las primeras conclusiones que obtienen estos autores es que
el efecto combinado del impulso de las nuevas relaciones sociales basadas en la información y del potencial de la capacidad de ampliar los sentidos no puede ser otro que el de una redefinición del papel del individuo, aunque también de la organización. Las fronteras y relaciones entre el yo y el nosotros e, incluso, el ellos, está en pleno proceso de redefinición…
Y en cuanto al rendimiento de los equipos cibernéticos, los dos investigadores —José B. Terceiro, de la Universidad Complutense de Madrid, y Gustavo Matías, de la Universidad Autónoma de Madrid— explican que el desarrollo de la capacidad de los microchips es algo que impulsará sobremanera esta nueva economía y, por tanto, las relaciones sociales; este desarrollo lo perciben ellos en dos sentidos, el tamaño de los chips y su capacidad:
Estamos entrando en una era de la miniaturización en la que cada microchip tendrá miles de millones de transistores, gracias al Raw chip. Todavía en 1987 un microprocesador contenía apenas 100 000 transistores capaces de tratar 20 millones de instrucciones por segundo (mips) que ocupaban ya menos de un centímetro cuadrado de silicio. Diez años después, un microprocesador con el mismo poder de computación cabía en un chip de sólo un milímetro cuadrado. Pero en el año 2007, dos décadas después de la primera observación, ese mismo microprocesador de 20 mips cabrá en un chip de sólo una décima de milímetro cuadrado, es decir, de una diezmilésima del tamaño que tenía en 1987.
Cambio cultural, no sólo tecnológico
Lo que se avizora es un cambio en todos los órdenes que abarca no sólo aspectos económicos o productivos, sino relativos a la educación, la vida familiar, y en general a la cultura. En dicho contexto, las perspectivas que tiene el libro, según los autores citados, van en este sentido:
Ya existen modelos de libros electrónicos, aunque aún no se pueden comercializar y están siendo perfeccionados. Un libro electrónico de un kilo de peso no tiene el menor atractivo. Una biblioteca entera que tan sólo pese un kilo es otra cuestión bien diferente. Pronto habrá en el mundo 200 millones de libros distintos que requerirán una biblioteca con cerca de 10 000 kilómetros de estanterías para almacenarlos. No debemos equivocarnos: el síntoma es la gran cantidad de papel que consumimos, pero la enfermedad es que no podemos acceder a la ingente masa de información que ese papel contiene. A mayor volumen de información generada se corresponde una mayor necesidad de convertir esa información en conocimiento.
Como se desprende de todo lo dicho, este texto quiere destacar una visión optimista respecto del futuro del libro, el cual podrá convivir al lado de la pantalla de cristal pese a la avalancha de los chips, ya que el mismo desarrollo tecnológico puede comportar, a un tiempo, la preservación del libro como objeto de arte y artilugio admirable de la tecnología. A diferencia de lo que ocurre en el relato de Asimov, las Margie y los Tommy de los próximos años sí sabrán lo que es un libro.
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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)
Ricardo Pacheco Colín es periodista, poeta y narrador. Finalista del Premio Internacional de Novela Nuevo León 1988, ha publicado: Crónica del periodismo civil, con Francisco Huerta; ¡Mis valedores!, con Tomás Mojarro; Muestrario, colectivo de poesía INEA 1986, y ha participado en el colectivo de poesía Cantos de la Colmena. Fue coordinador de la página de Derechos Humanos en la Sección Metropolitana del diario Excélsior, colaborador del suplemento cultural El Búho desde 1988, y miembro del comité de redacción desde 1997. Ha impartido clases de periodismo en la Escuela de Escritores de la SOGEM; fue jefe de Información y Difusión de la UAM Xochimilco, y jefe de redacción de Editorial Grijalbo. Actualmente es director de la revista Ser. El arte de, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura, y jefe de la sección de Cultura del diario Crónica.
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