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¿Quién abrirá los libros?, por Alfonso Castillo BurgosEste artículo fue publicado en la revista Quehacer Editorial. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente. Hablar de los niveles de lectura en México es acercarnos a un asunto bastante ambiguo puesto que no existen índices confiables, según el estrato socioeconómico, la región del país y otros parámetros, que nos permitan contestar preguntas como las siguientes: ¿Qué leen los mexicanos? ¿Quiénes leen más? ¿Por qué a unos les gusta leer y a otros no? ¿Leen los niños algo más que los libros de texto? ¿Puede el editor formar lectores? ¿Cómo? A poco que empiece uno a cuestionarse sobre la escasez de lectores, surgen preguntas que tratan de atribuir la responsabilidad o la tarea de formar lectores a unos u otros agentes de la sociedad. Y así nos topamos con que entre los responsables de formar lectores se encuentran el Estado, con su infraestructura escolar y extraescolar ya montada y quizá desaprovechada, que va desde las escuelas mismas como espacios formales de aprendizaje de la lectoescritura hasta las bibliotecas, o los programas de lectura de algunas otras instancias, como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, más el trabajo de los estados en sus áreas de influencia; la familia como núcleo primario de convivencia social del niño; la sociedad civil, con su capacidad (o incapacidad) organizadora de actividades y espacios a favor de la lectura; los autores como procreadores de la materia prima: los libros; los editores como responsables de hacer que los libros existan; los libreros o distribuidores como eslabón final de la cadena que hace posible (y a veces imposible) que el libro llegue a su destino final: un ojo ávido de lectura. Entonces, hay una infinidad de cuestionamientos y problemas por abordar si queremos obtener una panorámica de lo que significa formar lectores en México. Aquí nos interesa al menos responder dos preguntas básicas para explicar la escasez de lectores: por un lado, ¿por qué los niños no leen o no leen lo suficiente, más allá del material didáctico y los libros de texto?; y por otro, ¿qué papel pueden desempeñar los editores en la formación de lectores? La biblioteca, esa mazmorra llena de polilla Como núcleo primario de la enseñanza de la lectoescritura, la escuela debiera ser en términos formales la principal formadora de lectores, por una razón muy simple. Asumamos que vivimos en un país eminentemente urbano, pero con una proporción todavía importante de población rural cuyo único acceso al lenguaje escrito en su etapa formativa suele ser la escuela y los libros de texto. El niño urbano, cuyo entorno está lleno de estímulos visuales que tienen que ver con el lenguaje escrito (anuncios, etiquetas de productos y mercancías, instructivos de juguetes, señalizaciones viales), llega a la educación formal con un bagaje nada despreciable sobre las múltiples funciones de la lectoescritura: como formadora de conocimientos, como fuente de acceso a datos para orientarse en el espacio urbano, como entretenimiento, como informadora de datos para actividades cotidianas (ir al cine, rentar un video, asistir a un espectáculo o concierto, llamar por teléfono y consultar un número en el directorio). Además, hay muchas probabilidades de que entre en contacto, tempranamente, con periódicos, revistas, folletos publicitarios, libros, etcétera. El niño rural, por el contrario, probablemente esté alejado de este tipo de materiales hasta que ingrese a la escuela, por lo que su grado de maduración en el manejo de los materiales escritos como parte de la vida cotidiana no será el mismo que el del niño urbano. Así pues, la escuela debe asumir como tarea primordial la de promover en el niño una actitud positiva ante la lectura, presentándosela como una actividad gozosa, de disfrute, y no como una mera carga escolar cuyo objeto sea la acumulación de datos de contenido vacío para la mente infantil. Algunos autores (Ferreiro, Castrillón, Goldin)1 han analizado este papel de la escuela como formadora de lectores, y han llegado a la conclusión de que en el sistema escolar existe una forma equivocada de acercar al niño a la lectura que, a la larga, lo vacuna contra esa actividad tan necesaria para conformar individuos libres y capaces de razonar autónomamente. Emilia Ferreiro analiza lo que sucede en el espacio de la educación preescolar con la lectoescritura. Según la autora, hay una formulación errónea respecto de este aprendizaje que ha perjudicado la habilidad lectora de nuestros niños. En cuanto a la cuestión de si se debe o no enseñar a leer y escribir en el jardín de niños, hay que advertir que en el aula de preescolar prevalece una actitud negadora de tales actividades que distorsiona los conocimientos previos que el niño ha adquirido en casa. Los maestros actúan en el aula como si no supiesen leer o escribir, pues todas las actividades que realizan ante los niños niegan esa capacidad, como si no formara parte de la realidad que el niño vive en todas partes. De esta forma, mientras que en la casa los estímulos son permanentes, y la curiosidad infantil lleva a una familiarización con la lectura como una actividad a la que se llega de manera natural, en la escuela se produce la ausencia de escritura y lectura, lo que en la mente del niño opera de tal modo que se asimila a algo que nada tiene que ver con él, salvo en el tiempo de tortura escolar. Y todo esto a pesar de que: Los niños inician su aprendizaje del sistema de escritura en los más variados contextos, porque la escritura forma parte del sistema urbano […] trabajan cognoscitivamente (es decir, tratan de comprender) desde muy temprana edad informaciones de distinta naturaleza y procedencia […] No tiene ningún sentido dejar al niño al margen de la lengua escrita, "esperando que madure".2 Por su parte, Silvia Castrillón destaca la importancia de que el niño viva y aprenda la lectura como parte de su vida cotidiana, y no sólo como instrumento de aprendizaje escolar, pues el niño contemporáneo se encuentra sometido a los estímulos de un mundo de imágenes, de informaciones, de datos, que se le presentan de forma caótica, sin discriminación ni orden. Es preciso ofrecerle herramientas de análisis que le permitan organizar la yuxtaposición anárquica de la información que se le ofrece y puntos de partida desde los cuales el niño pueda construir un conocimiento que controle, analice y critique. El libro, el texto escrito, encontrará aquí su primer papel, como instrumento de organización, de comprensión y de síntesis que permite al niño tomar posesión de la información, que reafirma su libertad y su autonomía y que le permite cambiar su papel de receptor pasivo de la información en interlocutor activo.3 Desde esta perspectiva, la lectura no sólo constituye, como actualmente sucede para una buena parte de la población, un deber escolar que termina el día que recibimos nuestro diploma de graduados y lanzamos al aire el birrete; es sobre todo una habilidad que nos permite acceder al mundo para analizarlo, manejarlo, controlarlo y aportar nuestra propia experiencia en el ámbito en que cada uno se desarrolle. Ser lectores no sólo significa entonces que somos muy cultos y que nuestra casa está repleta de estantes con libros de pasta dura, lomos gordos de piel y temas insondables; significa principalmente que leemos para vivir en el mundo sin handicaps, puesto que vivimos inmersos en la información; información escrita, para más señas, porque incluso las nuevas tecnologías implican la capacidad de lectura, pero una lectura que comprende, analiza, se apropia y contextualiza lo que lee en el propio marco de referencia, que es individual e intransferible. Resulta pues ilógico y nocivo que la escuela parezca alejar, desalentar al niño de la lectura. Y parece que sigue siendo así, porque el modelo actual de aprendizaje de la lectoescritura hace que el proceso sea árido, que esté descontextualizado del mundo real: A este niño, por lo general ansioso por aprender, se le enfrenta a un sistema de aprendizaje que ignora por completo su experiencia de vida, y que presenta el lenguaje escrito en forma de letras, sílabas y frases sin sentido y organizado en una secuencia impuesta por el adulto por niveles de dificultad que no dicen nada al niño […] la escuela da un carácter artificial a lo escrito, el cual aparece allí sólo como una materia para la enseñanza, separado de todo contexto de significación, divorciado de la vida.4 Jesús Anaya Rosique opina,5 además, que los libros siguen estando demasiado sacralizados, y que a esta actitud de exagerado respeto no corresponde en la realidad un afán por acercarlos a los lectores. Objeto de culto, los libros parecen estar condenados al estante, lejos del ojo lector, separados de su propósito original: la mirada cómplice, el diálogo irremplazable del autor con el lector. Así pues, el niño es prontamente, en la escuela, amante desalentado de las virtudes de la lectura. Como actividad que el maestro controla, evalúa y regula, el estudiante asumirá ante ella la actitud pasiva de quien debe asimilar determinada carga para salir bien librado, y nada más. Por eso, lo deseable será huir de la lectura. No en vano a lo largo de los años escolares la biblioteca escolar suele ser un lugar de castigo, más que un espacio de convivencia con los libros como fuente de conocimiento y placer. El niño ignora la riqueza que esconden los libros, y pronto dejará de tener alguna expectativa sobre ese objeto inútil de tortura. En sus años más formativos ha recibido ya la vacuna contra los libros. Y a medida que avance en el sistema escolarizado, reforzará esa actitud hacia el libro, a menos que otros factores de peso específico, como la influencia familiar o el entorno social, por ejemplo, lo salven desde el principio de esta contaminación, y conozca ya el valor múltiple de la actividad lectora. Formar lectores se convierte así en una tarea ardua si se trata de "convencer" a alguien ya formado (o más bien, deformado) de que los libros valen la pena. El esfuerzo debe dirigirse, por tanto, hacia las etapas tempranas, cuando el niño aún está en posibilidades de desarrollar el placer de la lectura como una actividad imprescindible en su vida, comparable a la de hablar, comer o relacionarse social y afectivamente con los demás. El Estado como promotor de la lectura No podemos afirmar que el Estado se haya cruzado de brazos ante el fenómeno de la escasez de lectores. Al contrario, en los últimos años ha manifestado un interés creciente por privilegiar la lectura como una actividad necesaria para el enriquecimiento de la vida civil. Prueba de ello es la Ley de Fomento de la Lectura y el Libro, que entró en vigor en junio del 2000 y que habla de la necesidad de impulsar la lectura mediante la promoción, producción, distribución, difusión y calidad del libro, y de hacerlo accesible a toda la población. Si bien reconoce la falta de parámetros que orienten esta labor, pues en el documento oficial del Programa Nacional de Lectura 2001-2006 se dice respecto del diagnóstico de la situación: "Pocos niños tienen la posibilidad de participar cotidianamente en actos lectores y de escritura dentro de los jardines (de niños) y en sus núcleos familiares. No hay lineamientos oficiales explícitos, si bien el Programa Nacional de Educación establece una reforma curricular del nivel que está actualmente en proceso".6 Asimismo reconoce la "persistencia de prácticas pedagógicas que afectan la adquisición de habilidades comunicativas de los alumnos y maestros, en especial, su desarrollo como lectores y escritores".7 Al margen del sistema nacional escolarizado, algunas otras instancias del Estado (CNCA, Red Nacional de Bibliotecas) han desempeñado un papel importante en la formación de lectores. Afirmaríamos entonces que hay un reconocimiento, tanto por parte de la sociedad civil como del gobierno, de que vivimos en un país no de iletrados sino de no lectores, y que la única manera de atacar este problema es sumando los esfuerzos de los diversos agentes sociales. Y aquí es donde entran en escena los editores como formadores de lectores. Independientemente de los aspectos materiales de editar libros dirigidos al público infantil, el editor tiene que decidir si se compromete o no a unir su esfuerzo y su riesgo comercial a esa tarea de elevar el gusto de la población por la lectura, entendiendo que vender libros no sólo es una forma de vida lícita, un trabajo, sino, hasta cierto punto, un mesianismo. ¿Libros para quién? Hace años que los editores hemos asumido el compromiso de contribuir con nuestro trabajo a la formación de lectores. Primero, por el gusto personal de estar en contacto con los libros y de aprender a verlos no como objeto de culto sino como objetos cotidianos que nos permiten enriquecer nuestra manera de estar plantados en el mundo; después, por el reconocimiento de un problema concreto: la pobreza del mercado editorial mexicano dedicado exclusivamente a la producción de libros infantiles. A pesar de todo, un número importante de editoriales mexicanas ha contribuido con su esfuerzo a abrir brecha en este árido camino de la literatura infantil. Por mencionar algunas: Patria, Amaquemecan, Citesa, Grijalbo, Fernández Editores, la Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Aconcagua, Joan Boldó I Climent Editores y Trillas. Y una vez abierta la brecha, ¿por qué no seguir cultivando, pese a la aparente sequía de lectores, en espera de que los deliciosos frutos atraigan, con sus aromas y vivos colores, al pequeño lector? ¿Por qué no pensar mejor, como aquella imagen del escultor y la piedra en bruto, que los lectores sólo están esperando ser despojados del velo que les impide disfrutar de esos amigos entrañables, los libros? El panorama no es para entusiasmar a nadie, pero ante la realidad el editor sólo tiene dos opciones: pensar que las actitudes quijotescas son un anacronismo que otros deben asumir (nunca nosotros, visionarios del bueno y del mal mercado), y dedicarse al trabajo seguro de producir y editar libros de venta cautiva, o echarse al ruedo del mercado incierto de los niños lectores presentando libros de tal calidad y atractivo que el niño vaya creándose, poco a poco, la necesidad de buscar la novedad, el título interesante, la lectura como actividad voluntaria y gozosa. En consecuencia, nosotros tuvimos que reconocer, en primera instancia, que los libros dirigidos a los niños debían ser escritos ex profeso para ellos. Así, instituimos en el año 2000, como buen propósito de inicio de siglo, el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil Castillo de la Lectura, que persigue dos propósitos fundamentales: 1. Estimular el trabajo de nuestros escritores ofreciéndoles atractivos premios y la publicación de su obra en tirajes importantes con distribución garantizada en nuestras librerías. 2. Ofrecer a los niños una colección de títulos infantiles con temática mexicana en los que puedan ver retratado su entorno, sus paisajes, sus preocupaciones, su marco cultural, sus valores y su modo, en fin, de ver la vida. El trabajo, aunque arduo, ha sido gratificante. No sólo por la amplia respuesta que obtuvo el concurso por parte de los escritores, con la consabida revisión de materiales de muy diversa calidad, sino también porque nos llevó a revisar el directorio de los ilustradores nacionales, de manera que vamos conociendo lo que hay hecho y lo que falta por hacer en ese terreno. A la fecha hemos publicado 35 títulos, y estamos listos para la tercera edición del concurso, que será en este 2002. Y cuando el niño llegó, el libro ya estaba ahí Pensamos, sin embargo, que el trabajo del editor no termina cuando ha salido el libro a la luz. En vez de sentarnos a esperar a que el niño vaya a buscar los libros en los estantes de las tiendas o librerías, parte del esfuerzo de esta colección, y también el reto, es hacerlos llegar a las manos infantiles. Por eso hemos buscado mecanismos de acción conjunta con el sistema educativo institucional (público y privado) para hacer llegar los libros a los infantes a través de sus mentores como primeros educadores responsables de su capacidad y de su interés como lectores. Por supuesto que las carencias son muchas. El país vive en crisis permanente y el consumo familiar en libros no puede ser muy alto. Por eso, a la vez que ofrecemos la colección infantil con temas cercanos a los intereses del infante, tenemos que pensar en ofrecer productos accesibles a toda la población. Si un libro infantil cuesta lo mismo que una entrada al cine, el acceso a un parque infantil, la renta de una película o un casete de nintendo, entonces tal vez no estemos tan errados si pensamos que los niños van a preferir comprar los libros. Pero estamos persuadidos de que lo que nos interesa no es vender el libro de igual manera que las palomitas en el cine: más que al volumen de ventas, en este proyecto editorial queremos apostarle a la importancia que nosotros mismos le damos a la lectura. La lectura no sólo es proveedora de conocimientos utilitarios y obligatorios, para lo cual está el libro de texto; ante todo es un recurso de enriquecimiento que nos ayuda a ser mejores individuos, en tanto que ejercitamos nuestra capacidad de análisis de la realidad y hacemos valer nuestros derechos y obligaciones como civiles, pues al convertirnos en lectores disfrutamos mejor la realidad circundante, a la vez que influimos en ella en lugar de limitarnos a ver pasar los toros desde la barrera. En vez de gritar "¡Olé!", nosotros preferimos entrarle al toro. No queremos esperar a que el entorno cambie para "aventurarnos" con las publicaciones infantiles. Creemos en un futuro en el que la lectura será para los niños una actividad tan cotidiana, tan querida y tan natural como respirar; es decir, una actividad imprescindible para sentirse bien y expandir el espíritu. Y cuando eso suceda queremos tener la certeza de que hemos contribuido a ello. No es lo mismo que el niño vea en casa libros, revistas, documentos, que le son ajenos y áridos, que tener su propia, aunque minúscula, estantería en el cuarto, con sus propios libros sellados con su ex libris. Porque la formación de los niños como individuos implica también que nosotros, como formadores adultos, ya les hayamos concedido ese estatuto, que nos hagamos cargo de esa necesidad de tender puentes que los conecten con la realidad, con su realidad, y que, según su nivel de maduración, dispongan de libros que los ayuden y estimulen a ponderar lo propio con lo leído, para ajustar, modificar y enriquecer, cada vez y de acuerdo con sus necesidades, su lectura de las cosas. Ya se ha dicho hasta la saciedad que los libros son puertas de acceso a mundos de fantasía, de imaginación. Que los niños necesitan tener algo de eso en sus años de formación, cuando todavía la crudeza de la realidad no ha dañado sus más delicadas estructuras. Si somos congruentes con esas ideas seguiremos creyendo en el proyecto de formar niños lectores. Pues si es cierto que la felicidad no se encierra entre dos pliegos de papel, entre dos pastas, también lo es que los libros ayudan a construirla, a soñarla, le permiten a uno mismo conformarla. 1 Emilia Ferreiro, "El espacio de la lectura y la escritura en la educación preescolar", Libros de México, núm. 47, 1997, pp. 29-31; Silvia Castrillón, "¿Estamos formando lectores?", Libros de México, núm. 16, 1989; Daniel Goldin, "El poder y la formación de lectores en la escuela. Reflexiones en torno al papel de los directores en la formación de lectores", conferencia dictada en Oaxtepec, Morelos, el 29 de enero de 2000, en el foro de análisis Líderes educativos: por una nueva escuela urbana, edición electrónica en el portal web de la Secretaría de Educación Pública. 2 Emilia Ferreiro, op. cit., p. 30. 3 Silvia Castrillón, op. cit., p. 40. 4 Ibid., p. 41. 5 Jesús Anaya Rosique, "Conquistar lectores", Libros de México, núm. 7, 1987, pp. 31-36. 6 Programa Nacional de Lectura. Diagnóstico, edición electrónica del portal de la Secretaría de Educación Pública, www.lectura.ilce.edu.mx. 7 Id. |
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