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La lectura como hábito, por Jorge Aller

Este artículo fue publicado en la revista Quehacer Editorial. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.

El hábito sí hace al monje


Partimos del supuesto de que los hábitos pueden adquirirse, pueden reformarse y pueden perderse (desaparecer). No son algo definitivo e intransferible; son móviles, se desplazan. Son algo vivo que aumenta y crece; y cuanto más se los alimenta y se repiten más se desarrollan. Y también se contagian, se transmiten; y se puede influir en ellos. La práctica de un hábito genera nuevos adeptos. En grupo o individualmente, los hábitos, como las modas, se fomentan, se adoptan, se imponen, se transmutan. En una época son muy activos, y en otra quedan en estado latente. Y siempre pueden resurgir. Hay hábitos muy persistentes, robustos, bien plantados; y hay hábitos más débiles, menos decididos, como dudosos. Son caprichosos los hábitos. Encierran una aureola de misterio, pero también imponen rotundamente su tiranía. Uno se la pasa fumando durante muchos años de su vida, y de pronto, un buen día dice: "¡Se acabó!" O viceversa, alguien que nunca había fumado de pronto empieza a fumar. Y todavía, en otro momento de la vida, el que había dejado de fumar vuelve a hacerlo. Los hábitos siempre están ahí, al alcance de la mano. Es importante recordarlo. Van y vienen. Pasan de largo por delante de nosotros, o se quedan a nuestro lado. Quizá hasta el propio hecho de vivir sea una cuestión de hábito. Por supuesto, hay hábitos que están muy bien vistos, y otros no tanto. Y hay épocas para los hábitos. El mismo hábito de fumar, que durante largo tiempo se consideró como una manifestación de estatus, llegando a adoptarse el cigarrillo casi como un complemento del atuendo semejante al bastón y el sombrero, de pronto está mal visto y hay que ocultarlo, practicarlo casi en privado, a hurtadillas. Otras veces, de tanto insistir -pensemos en nuestros hijos, en los alumnos- en inculcarles determinado hábito lo único que conseguimos despertar en ellos es una negativa, un íntimo rechazo. ¿Qué otra cosa es la educación sino el intento de infundir en alguien hábitos que juzgamos como los mejores, el empeño por convencer a alguien de que adquiera determinados hábitos?

En cuanto a su funcionamiento, la manera de conducirse o comportarse, la actividad que desarrollan, podríamos decir que el hábito es una mezcla aleatoria de ingredientes cuyo desempeño es analizable, sobre todo, a posteriori, una vez que está implantado en nosotros o en alguien. Los hábitos son entes complejos que se descomponen en elementos de índole diversa. Tienen que ver con el azar, a la vez que con la planificación y los proyectos. Se podría establecer -se me ocurre- una triple clasificación de los hábitos: tal vez unos sean instintivos, automáticos, primarios; quizá otros sean adquiridos, conscientes o semiconscientes, secundarios, y tal vez otros sean mixtos. Los hábitos tienen mucho que ver con el automatismo, aunque también se reflexiona sobre ellos, se flexibilizan, se acomodan a uno y a las circunstancias. Pensemos en la variedad de hábitos que rodean el rito de la comida, por ejemplo, y cómo fueron variando con el tiempo y la historia. Posiblemente la vida del ser humano, nuestra vida, no sea sino un entreverado de hábitos y costumbres. Pues el hábito tiene que ver con el uso, con la práctica, con la experiencia, con la rutina; con la facilidad y la destreza; con las manías y con los caprichos. En fin, con nuestro empeño del ensayo y el error, del intento fallido, con la acumulación de experiencias, negativas y positivas. Somos imitadores, y aprendemos por repeticiones y aproximaciones. Después de probarlo en sucesivas ocasiones, el hábito se convierte en algo conocido a lo que nos asimos, algo que nos da estabilidad, consistencia, confianza. Una vez establecido en nuestra vida se vuelve familiar, se hace parte de nuestra carne, se queda con nosotros. Y así lo recibimos y aceptamos. Quizá los principales parámetros que establecemos en las distintas épocas de nuestra vida, y que si desaparecieran de pronto nos tambalearíamos, no sean sino hábitos, rutinas que funcionan como los andamios de una casa. Unas veces nos controlan, y otras nosotros los controlamos. Se produce pues entre los hábitos y nosotros una interacción nada clara, un confuso juego de conveniencias, un toma y daca, una especie de pacto.

¿Y cuál es el mecanismo del hábito, su engranaje, la maquinaria? Pienso que es la repetición. Es mediante las sucesivas reiteraciones de un acto como se adquiere, se implanta, se impone y se activa el hábito. Pero estas repeticiones nunca son iguales, no son coincidentes. Como tampoco nosotros somos los mismos una y otra vez, en uno y otro acto, antes y después. Ahora bien, el hábito necesita en un primer momento del aprendizaje. Se aprende por sucesivos intentos y acercamientos, hasta que se domina algo. Y una vez que se domina ya se puede repetir. Es el aprendizaje el que nos permite practicar lo aprendido, el que por tanto nos conduce al hábito. Y en esta primera etapa se comprueba si nos conviene o no nos conviene, si concuerda con nuestra persona, si se amolda a nuestra manera de ser, si va con nuestro comportamiento, si se instaura esa especie de entendimiento recíproco. Aprendizaje y repetición pueden considerarse entonces como dos tiempos, dos momentos del mecanismo de ese ente que denominamos e identificamos como "hábito" y que se completaría con un tercer tiempo, que no es sino otro aprendizaje derivado precisamente de la práctica que nos impone el propio hábito. De esta forma se cierra el círculo: aprendizaje inicial + repetición + aprendizaje posterior = hábito. Se produce pues aquí una doble retroalimentación, un aprendizaje en cadena: el aprendizaje posterior refuerza el hábito, y la práctica del hábito hace crecer nuestro aprendizaje posterior. En conclusión, se podría afirmar que el hábito es la manifestación de una inclinación, el fruto de una tendencia -o una autoimposición-, y en último término, una habilidad adquirida por el ejercicio. Pensemos en el caso de la lectura. Primero se aprende a leer (se conocen las letras, las palabras, los signos, los sonidos) y se practica hasta que se alcanza o conquista la lectura comprensiva; es decir, se desarrolla esa capacidad de absorción característica del ser humano y que nos resulta tan misteriosa. Luego viene la implantación del hábito de leer; es entonces cuando se profundiza en la lectura, cuando se van conociendo las aportaciones o ventajas de esta actividad, lo que nos ofrecen los libros en cuanto a conocimientos, satisfacciones, crecimiento personal; todo lo que nos sugieren, infunden, revelan; y es entonces cuando empezamos a descubrir cuánto contribuyen los libros a desarrollar nuestra mente, nuestro cerebro, nuestra persona; cuánto nos ayudan a vivir, a sobrellevar la vida en los momentos difíciles, a abrirnos horizontes. Finalmente, nos invade el convencimiento de la bondad de la lectura y firmamos el pacto, explícito o tácito, con el hábito de leer.

Llegamos así al motor que dirige y maneja el hábito, esas repeticiones en serie, ese ejercicio constante. Habituarnos, acostumbrarnos es crear una relación de proximidad entre nosotros y un objeto (o una acción) mediante sucesivos acercamientos o contactos, hasta que se establece esa familiaridad que nos lleva a frecuentarlo, a repetirlo, a practicarlo ya de una manera menos arbitraria, un poco sistematizada, por decirlo de alguna manera. Y entonces lo asimilamos, le hacemos un lugar en nuestra vida, en nuestro tiempo, en nuestras vivencias y emociones. Una vez que ese objeto nos es familiar, se genera en nuestro interior una corriente de energía que va y viene de él a nosotros y viceversa, energía que tal vez no sepamos muy bien de dónde procede, dónde reside, si en el objeto, si en nosotros mismos, si en ambos a la vez… El hecho es que esa familiaridad con el objeto nos agrada, nos complace, nos aquieta. Y entonces se crea ese lazo que hace surgir, aparecer el hábito, que sería la relación de continuidad que se establece entre el objeto y nosotros. Evidentemente, el hábito se adquiere y se repite porque proporciona una satisfacción, porque satisface o compensa algo, una necesidad, alguna carencia, un gusto. Por eso los hábitos se identifican, están en relación directa con el placer, con el deleite, con la tranquilidad. Así el objeto del hábito nos enajena, nos crea dependencia, nos impone y exige sometimiento, lo cual concedemos a cambio de lo que nos proporciona, de lo que obtenemos de él. Y por eso, también, los hábitos están tan estrechamente relacionados con las adicciones, ligados a ellas. Un hábito se convierte muy fácilmente en adicción. Hay hábitos tan arraigados que son auténticas adicciones. El adicto es el incondicional, el simpatizante, el propenso, el aficionado, el enajenado. Por eso repite, y al repetir se hace adicto, se ratifica en su adicción y la refuerza. La adicción es una afición desmedida; la dependencia -física, psíquica, moral- que emana del consumo habitual, asiduo de algo.

¿Cómo se aplica todo esto a la lectura y los libros? ¿Qué es la lectura para nosotros? Para unos la lectura es una verdadera adicción, como una droga sin la que no pueden pasar sin caer en el síndrome. Para otros es un hábito, una costumbre más o menos frecuente y satisfactoria. Para algunos es una tarea, un ejercicio impuesto, una obligación a la que se someten más o menos dócilmente. Para muchos un libro es algo intocable, numinoso, algo divino y lejano al mismo tiempo. Para otros es la indiferencia total, la despreocupación absoluta, la vida paralela que pasa a su lado sin que se encuentren nunca. Así de variadas y distintas son las actitudes, los hábitos y no hábitos, que los seres humanos adoptamos respecto de la lectura y los libros. Y, por supuesto, para los adictos devorar un libro es un banquete, un auténtico deleite. ¿Cómo conseguir que la lectura sea placentera, y por consiguiente necesaria, de modo que se transforme en hábito? ¿Cómo desarrollar ese primer aprendizaje de la lectura, aprender a leer inteligentemente, de modo que uno entienda, comprenda, saboree y deguste lo que lee? ¿Cómo establecer esa relación de familiaridad entre un mortal y un libro? ¿Cómo despertar el entusiasmo, la amistad, el amor, el gusto por los libros? ¿Cómo hacernos adictos a la lectura? Pienso que cuando el hábito de leer no surge por sí mismo, como algo personal, instintivo, azaroso tal vez, entonces se busca de manera consciente, reflexiva, poniendo empeño, fomentándolo. Es nuestro convencimiento personal lo primero que transmitimos, el que llega a contagiar a otros. Y también el ejemplo. Fijémonos primero en el objeto de este hábito, es decir, el libro. Un objeto tan múltiple que puede adaptarse al gusto y las circunstancias de cualquier humano. Hay tantas lecturas de un libro, es tal la variedad de mensajes y recepciones, como lectores que lo leen. Y todavía más, porque uno puede volver a él, releerlo una y otra vez, y el libro sigue sin perder esa multiplicidad incontable. El libro multiplica el significado y la combinación de las palabras hasta un límite incalculable. Pensemos luego en la variedad de libros, en el número de lectores, en la diversidad de eventualidades. Y así iremos multiplicando hasta perdernos. Queda claro, pues, que todos tenemos cabida en los libros. El caso es que queramos entrar en el juego y que nos decidamos. Los libros tienen palabras para todos y para todas las ocasiones. Sin ellos el hombre es un ser perplejo, extraviado en un páramo de espejismos, abandonado a su incierta suerte y a un azar que lo trae o lo lleva sin una finalidad definida ni conocida. El hombre tiene la posibilidad de trascender su informe existencia, de darle un sentido y una dirección. Y para eso tiene a su disposición un medio, un instrumento, un recurso tan contundente como los libros. En nuestras manos está que acudamos a ellos, que bebamos en ellos, que en ellos logremos trascender la inmediatez y vislumbrar "otras voces, otros ámbitos"…

Leer es un placer

Alguien puede sentirse atraído por la lectura, desearla, estar dispuesto a ejercitarla más o menos asiduamente, a volver a ella en distintos momentos, a leer un libro, si encuentra en él algo que le interesa, algo capaz de vencer la inercia inicial, una fuerza o energía igual o superior a la desarrollada por la pereza, por la pasividad, capaz de romper y desplazar la apatía, la indiferencia. Es decir, si la acción de leer le proporciona algo útil, si el libro le enseña algo que le sirve para su vida, para sus planes, o simplemente si le hace pasar un rato divertido, agradable, entretenido. Esa reiteración, esa constancia en el tiempo que se manifiesta en el hecho de empezar a leer un libro, de continuar su lectura y de terminarla es lo que va a convertirse, posiblemente, en hábito, en costumbre, en una actividad periódica más de nuestra vida, con la que vamos a contar y a la que vamos a dedicarle algún tiempo, en la que vamos a consumir algunos momentos que tendremos que sustraer a otras ocupaciones, aunque sea al propio descanso, si bien la lectura puede ser en sí ya un dulce sosiego. Los libros invitan a soñar, a viajar, nos transportan a ese más allá de donde ellos proceden, son reclamos permanentes que se empeñan en atraer nuestra atención, en despertar nuestro interés, en sugerirnos y conmovernos, conmocionarnos y desestabilizarnos. Son realidades fantasmales, se podría decir, que nos hablan de otros mundos, de otras realidades distintas de las que vivimos, aunque a veces nos parezcan tan semejantes. Los libros son como entidades vivas que se desplazan mediante seudópodos; son como esos pulpos con tantos brazos que se arrastran sigilosos para envolver a la presa; una materia viscosa que resbala y nos penetra. Así se comportan con nosotros los libros. Y una vez adentro, nos remueven. Pero también actúan a la inversa. Nos meten en su interior, nos capturan y nos llevan. Nos introducen en una zona de suspense, juegan amigable o peligrosamente con nosotros, nos muestran sus entrañas. La sustancia de que están hechos los libros es porosa, se absorbe y se mezcla con la nuestra. De esta forma nos moldean los libros.

El hombre es un animal de costumbres, según reza el dicho tan común. Se habitúa a un horario, a realizar un trabajo muy similar cada día, a descansar los fines de semana, a comportarse casi como un autómata la mayor parte de su vida. Pero al mismo tiempo, continuamente está experimentando nuevas situaciones, desconocidas vivencias, sensaciones ignotas u ocultas. Necesita al mismo tiempo que la rutina el contraste. Es un ser cambiante también; acusa cansancio, se aburre y busca cómo vencer esa situación de hastío, el tedio. Le atrae la novedad, lo lejano, lo exótico, lo incomprensible. Quizá para satisfacer todo esto que tanto afecta a su vida es que el hombre ha inventado los libros y ha instituido, ha creado el hábito de leerlos; un hábito que por repetitivo -todos los hábitos lo son por definición- podría considerarse aburrido, monótono, si no fuera porque la lectura en sí misma es siempre una novedad, un descubrimiento aunque uno se limite a releer, a repetir la lectura de un libro ya conocido.

Y este hábito de leer llega a hacerse instintivo: cuando uno padece el hábito de la lectura agarra un libro e inconscientemente, como una acción automática, irreflexiva, se pone a leer y se va adentrando y perdiendo en la lectura. Es un acto reflejo, como cuando enciende un cigarrillo. Pero si la disposición a leer (la moción del hábito) es muchas veces automática o semiconsciente, la lectura en sí (la práctica del hábito) es una actividad que se desarrolla en la conciencia, que requiere lucidez, percepción, para no resbalar por las palabras como quien va rodando por un precipicio. Aunque también se puede caer, una vez metido en el libro, en una especie de hipnotismo o sopor que a veces surge, se desprende de algunas lecturas. Y entonces uno se aísla por completo del entorno, se mete en la historia y se deja transportar a lugares y tiempos, se mezcla con seres y situaciones que le llaman y le hablan, le inducen pensamientos y emociones como si lo hubiesen poseído, y como tal se abandona dejándose imbuir, traspasar.

¿Qué es lo que se desarrolla con la lectura? ¿Qué nos proporciona? Si logramos responder medianamente estos interrogantes, tal vez lleguemos a aclarar un poco -¡quién sabe!- cómo se adquiere, cómo se instaura en nosotros este hábito, esta necesidad, este placer, esta satisfacción; esta adicción, este (suave) yugo. La lectura es, puede ser, un acto lúdico. El lector llega a identificarse con un personaje, o con aspectos de diferentes personajes, y de esta forma se introduce en el juego, participa en la historia que lee. Toma partido y se transforma, vive las peripecias literarias como si le ocurriesen a él mismo. El lector se convierte en el homo ludens, en jugador. Y este juego que se va desplegando ante sus ojos le ofrece otra perspectiva de la vida, porque en los libros late la vida.

Gimnasia mental

¿Cuál es el camino que hay que recorrer, o que se puede recorrer, entre el planteamiento de los hábitos en general y el hábito final de la lectura, ya implantado en uno? Pues aquí tendremos que recurrir al cerebro, a la mente, a la inteligencia; a la vida, a la calidad de vida, a la finalidad de la vida, a ese anhelo (a veces muy implícito) que todos tenemos de mejorar, de avanzar, de progresar, de ir hacia delante, de caminar hacia el horizonte, de rasgar un poco el velo que nos envuelve. Y cada uno a su nivel, en la medida de sus posibilidades, de acuerdo con sus aspiraciones, anhelos, deseos, ansias, secretos. Se dice comúnmente que el cerebro, la inteligencia se comporta como si fuera un músculo. Y ya sabemos que los músculos se desarrollan, crecen mediante el ejercicio, la práctica. De lo contrario, se atrofian. ¿Cuál es el ejercicio, la práctica que acrecienta el músculo de la inteligencia? Pues el estudio, la instrucción, el aprendizaje. ¿Y qué actividad es la que nos procura el aprendizaje que pone en funcionamiento el músculo del cerebro? Pues la lectura, por ejemplo. ¿Y por qué?

En los libros podemos encontrar absolutamente todo: lo bueno y lo malo, el amor y el odio, el placer y el dolor; la vida misma en todas sus facetas; la infancia, la juventud, la plenitud, la vejez, la muerte; el más allá; la soledad, la amistad, la angustia, la depresión, la alegría… las guerras… la destrucción; la maldad del hombre, y su bondad; lo que existe, lo que intuimos que existe y lo que no sabemos si existe; lo creado y lo increado; lo posible y lo imposible; nuestra impotencia… Absolutamente todo. Y esto por una razón muy sencilla. Los libros están escritos por los hombres, y el hombre es todo lo que vive y todo lo que conoce e ignora. En los libros los hombres han ido plasmando todo lo que se les ha ocurrido, hasta sus grandes dudas, sus incertidumbres, sus problemas irresolubles, sus interrogantes, sus sueños y fantasías también. Absolutamente todo. El sufrimiento, el castigo, la culpa, la penitencia; y también el placer, la gracia, el perdón. ¿Qué cosa no se le habrá ocurrido al hombre? Pensemos, a ver si hay alguna. Por eso, los libros nos sirven, nos sirven muchísimo y nos sirven a todos; y todos encontramos y descubrimos en ellos lo que queramos, lo que necesitemos, eso que más ansiamos. ¿Qué es pues lo que nos impide acercarnos a los libros? ¿Qué es lo que nos aleja de ellos, lo que nos desaconseja leerlos, lo que nos disuade, lo que nos hace desistir de su lectura? ¿Qué es? No se me ocurre otra cosa que nuestra ignorancia, nuestra tozudez, nuestra nesciencia, nuestra torpeza y nuestro olímpico rechazo de lo que nos conviene, nuestro masoquismo. Los libros son como nuestra "piel de zapa": no podemos morirnos sin leerlos, y cuantos más leemos más nos faltan por leer; mientras leemos estamos vivos, y la piel de zapa crece en lugar de disminuir porque los libros son interminables. Y entonces llegará el fin de la vida sin enterarnos, disputándole a la muerte el último instante para leer, para conocer, para saber.

"El libro es un objeto perfecto, inmejorable" (dice Alberto Manguel). "El libro es el mensajero de un más allá cuyo rostro no acabamos de percibir" (define Álvaro Mutis). El libro es algo divino hecho por el hombre. Algo humano divinizado. ¿Por qué privarnos de él? ¿Por qué castigarnos de ese modo?

El motor de la maquinaria humana

¿Por qué ese interés y esa compulsión por leer que solamente desarrolla el hombre? ¿Por qué ese empeño suyo porque los demás también lean? ¿Por qué esa distinción trascendental que establecemos entre los libros y la televisión, por ejemplo? ¿Por qué el libro, y no otra cosa? Para responder estas preguntas tal vez tengamos que plantearnos antes otros interrogantes. ¿Cuál es la particularidad fundamental que distingue al ser humano de los demás seres? ¿Qué es lo que lo caracteriza y lo hace distinto? ¿Qué fuerza le permite al hombre trascender las trivialidades de la vida diaria, considerarlas con proyección, con profundidad, y ver más allá? ¿Qué es lo que le permite desarrollar la inteligencia y la creatividad? Tal vez nuestra verdadera riqueza, el primer motor, el motor principal que nos pone en acción sea la imaginación. El hombre posee una capacidad inmensa, un gran poder: es capaz de salirse de su cuerpo, liberarse de las circunstancias concretas, del cepo que lo aprisiona, abandonar las redes en que está atrapado y entrampado y echarse a volar. Es la imaginación la que nos permite hacer esto, la que nos infunde los sueños, la que nos induce a crear. En alas de la imaginación podemos divagar, fantasear, vislumbrar; sospechar, suponer, evocar, percibir, representar; pensar, conocer, comprender; planear, proyectar, discurrir, inventar; idear, concebir, crear; especular, esbozar, improvisar, descubrir. En alas de la imaginación el hombre inventa historias mágicas, crea ambientes y situaciones nuevos, se apropia de otros mundos que revolotean a su alrededor, y los aterriza en los libros, los encierra en sus páginas, los aprisiona. Y cada vez que en cualquier parte del mundo, en cualquier lugar de la geografía, remoto o próximo, alguien abre y lee un libro, todo lo que hay encerrado en él revive, cobra vida, se hace realidad. Los seres que pueblan los libros, que viven en las historias, en la literatura, resucitan. Muertos vivientes, criaturas que se someten al creador, recuperan el movimiento y se vuelven activos, viven su propia vida.

Y esa misma imaginación que posee el creador para escribir, para inventar historias, para crear de la nada personajes que nos conmueven, esa misma imaginación es la que posee el lector. Gracias a ella el lector, recorriendo el camino a la inversa, recrea, les pone rostro a esos personajes, los viste, los desnuda, vive con ellos sus indigencias y sus grandezas; gracias a ella el lector evoca las calles, los edificios, las costumbres, las gentes; experimenta sus mismos sentimientos, padece el mismo calor y el mismo frío. En fin, la imaginación nos transporta más allá de las palabras y nos hace recrear la historia que se cuenta. Y esto es lo único que necesitamos para ser lectores: imaginación. La imaginación es algo así como un inmenso cuenco vacío que se va llenando, a veces lentamente, a veces atropelladamente; es una capacidad sin límites para inventar y discurrir y soñar y crear. Es como un agujero negro donde todo cabe. Pienso que es esta sustancia inasible la que nos permite leer, la que nos exige leer, la que nos pide alimento para saciar su insaciable apetito, la que se satisface en la lectura, la que se ejercita, crece y se desarrolla con los libros. Y son precisamente los niños y los adolescentes quienes poseen esta inmensidad en estado bruto, en su inocencia original, todavía sin huellas. Por eso absorben con una insaciabilidad implacable todo cuanto les rodea. Por eso son ellos los primeros destinatarios de una campaña de lectura. Pero no olvidemos ni menospreciemos el hecho, la realidad profunda e incuestionable de que la imaginación es una cualidad que reside en todo ser humano, que se despierta en caso de que esté adormilada, que no se le niega a nadie, y que por eso mismo todos, absolutamente todos, somos destinatarios y promotores de esa campaña; todos estamos llamados a leer, a convertirnos en lectores, a practicar y defender la lectura. Es, a mi entender, en esta olla efervescente, en este gran caldero del mundo y de la vida donde radica, donde se arraiga, donde habita el hábito de la lectura.

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