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El que lee no se aburre ni se aburra, y si la zurra, la compone, por Miguel Angel TenorioEste artículo fue publicado en la revista Quehacer Editorial. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente. El título de este artículo es el de una conferencia que he venido impartiendo desde noviembre de 1998 en muchas escuelas de bachillerato, siendo fundamentalmente el Instituto Politécnico Nacional la institución que más generosamente me ha apoyado y abierto sus puertas para que yo pudiera llegar a los salones de clase y explicar a los estudiantes por qué me parece importante que ellos descubran el placer y la magia de la lectura. Hasta la fecha he impartido más de cien conferencias en el IPN, ante grupos de un promedio de cien alumnos, por lo que puedo afirmar que he llegado con mi semillita a un número aproximado de diez mil estudiantes. Si a estas conferencias le sumo las que he impartido en el Colegio de Bachilleres, que también me ha abierto generosamente sus puertas, y las pronunciadas en varias preparatorias de lugares circunvecinos al Distrito Federal, tal vez sean unas ciento cincuenta las conferencias impartidas. Y haciendo un cálculo rápido podría concluir que mi invitación a la lectura ha llegado a un total aproximado de quince mil estudiantes. Si la miro desde la perspectiva de mi esfuerzo individual, la cifra me gusta, me hace sentir bien conmigo mismo. Pero si la considero desde la perspectiva social, el desaliento se vuelve mayúsculo, porque esa cifra termina siendo nada frente a los cien millones de habitantes que tiene el país. Claro, no soy el único que está haciendo este trabajo de promoción de la lectura. Hay muchos colegas escritores que también lo hacen; hay esfuerzos institucionales muy importantes como las recientes ediciones del ISSSTE, donde cien autores fuimos publicados en tirajes de veinte mil ejemplares, con un costo al público de veinte pesos por libro. Si suponemos, en la mejor utopía posible, que esos dos millones de libros fueron a parar a manos de dos millones de personas, la cifra ya es más alentadora. Y si pensamos que por cada persona que adquirió el libro hubo cuatro más que lo leyeron, la proporción mejora: diez millones de personas leyeron un libro. ¡Excelente! Mas no basta, porque ese esfuerzo no se repitió. Alguien dirá una frase que yo aplico mucho al teatro: pero si ya ganamos un lector porque el libro que leyó lo cautivó, entonces este nuevo lector irá por su propia cuenta a buscar nuevos libros en los que nutrirse, pues la lectura se le hará necesaria, indispensable y ya no podrá vivir sin ella. Ése será siempre nuestro mejor deseo. Por mi experiencia de conferencista ante grupos de jóvenes que asisten a las escuelas públicas y cuyas edades oscilan entre los quince y los dieciocho años, puedo afirmar categóricamente que hay dos obstáculos fundamentales que es necesario vencer para lograr que por lo menos consideren la posibilidad de hacerse lectores: traspasar su desinterés y que haya libros disponibles a bajo costo. Al iniciar las conferencias creo que caí en el más común de los errores en que se incurre cuando se pretende fomentar el hábito de la lectura: por decirlo brevemente, quería convencerlos de que la lectura los haría mejores personas, despertaría su imaginación y, en fin, la sarta de alabanzas a las letras que muchos lanzamos cuando nos entrevistan o queremos sonar muy eruditos. Aquí eso no servía. Si yo trataba de esgrimir que "el que lee no se aburre", mi comunicación con el público producía un cierto aburrimiento: yo mismo estaba haciéndome el harakiri. A la tercera conferencia di un giro total. Pensé: "al chavo hay que contagiarlo, seducirlo, enamorarlo, darle una probadita, nomás la puntita". Ahora bien, ¿cómo hacerlo? Mi instinto me llevó al teatro. De las veinte páginas iniciales que había escrito para impartir mi conferencia sólo quedaron cinco. Al bote de la basura se fueron quince páginas que -según yo- estaban plagadas de sesudos comentarios y razonamientos lógicos que invitaban a sumergirse en el mar de la lectura. Esas quince páginas fueron sustituidas por unas diez que contenían fragmentos de mi obra de teatro 68: las heridas y los recuerdos y otras cinco con fragmentos extraídos de diversos autores, como el sociólogo italiano Francesco Alberoni cuando habla del proceso del enamoramiento; Octavio Paz en su ensayo La llama doble cuando habla también del proceso del enamoramiento; Maquiavelo en El Príncipe cuando habla de la fortuna y nuestro libre albedrío; Pablo Neruda en dos poemas de Los versos del capitán, y un fragmento de "Los amorosos" de Jaime Sabines. El resultado fue sorprendente. Mi audiencia no sólo se divertía sino que además se iba con la idea de que leer podía no ser tan aburrido como pensaba. Claro, en lugar de rollo y buenos consejos, lo que yo estaba haciendo era simplemente leerles, eso sí, con el mejor entusiasmo posible, los fragmentos seleccionados. Y, por supuesto, con el paso del tiempo fui adquiriendo una destreza poco usual que me ha convertido en un, y perdón por la falta de modestia, excelente lector (la práctica hace al maestro, ni hablar). Lector dramático, digo yo, porque utilizo los recursos del teatro: inflexiones y modulaciones de voz, gesticulación, pausas, complicidad con el público. No se lo digo, pero mi apuesta es porque se les quede grabada la imagen de un señor que cuando lee lo hace con una entrega total, viviendo con la máxima intensidad la aventura de la lectura. Confío en el efecto de la imitación. Con todos esos recursos había logrado franquear el obstáculo del desinterés por parte de los estudiantes. Faltaba el otro, la compra de libros a bajo costo. Los fragmentos que seleccioné de mi obra 68: las heridas y los recuerdos lograron rápidamente enganchar al público asistente, que preguntó dónde se conseguía el libro y cuánto costaba. Hasta ese momento la obra sólo estaba editada en la antología Teatro del 68, selección y prólogo de Felipe Galván, en un esfuerzo editorial encabezado por la Universidad de Puebla, el Instituto de Cultura de la Ciudad de México, la Sogem y otras instancias. Contiene trece obras, mosaico interesante para todos aquellos que quieran saber más sobre el 68, pero… cuesta alrededor de doscientos pesos. ¿Y dónde se distribuye? Pues quién sabe. El obstáculo de acceso al libro no pudo ser superado en ese momento. Venturosamente, alrededor de la conferencia número diez llegaron a mis manos quinientos ejemplares de 68: las heridas y los recuerdos que el gobierno del estado de Coahuila, a través de su fondo editorial, me hacía llegar como pago de derechos de autor por la publicación del libro. Maravilloso se portaba el destino, porque fue en Saltillo, Coahuila, donde en abril de 1998 hice mi primera lectura pública de la obra, acompañado por un grupo de actores de la entidad, y ese hecho había permitido que la obra se editara; y ahora llegaban los libros en el momento en que más se necesitaban. Así que, ejemplares en mano, los puse a la venta al final de las siguientes conferencias. ¿Por qué no distribuirlo de manera gratuita? Porque lo que no cuesta pierde valor. Además, quería medir cuál era la respuesta del público ante mis intentos de motivación a la lectura. Si al menos uno de los estudiantes allí reunidos se acercaba a comprar el libro, esto quería decir que sí había logrado despertar el interés. -¿Cuánto cuesta? -preguntaron varios estudiantes. -Treinta pesos -dije, sólo por decir un número. Los vi llevarse las manos a los bolsillos, hacer sus cuentas, mirarse unos a otros. Y entonces decidí: -Si les interesa, se los dejo en veinte pesos. Y un giro importante se dio allí: diez estudiantes compraron el libro. Aproximadamente 10% de los asistentes a la charla. Y desde entonces el promedio no ha variado: 10% del público es el que compra el libro. Cuando agoté los ejemplares que me había enviado el gobierno del estado de Coahuila hice una edición por mi cuenta y riesgo, pactando con mi impresor que el libro tenía que costarme diez pesos, de tal manera que pudiera venderlo en veinte, puesto que ése era el precio accesible para un estudiante. Los obstáculos habían sido removidos. Ahora bien, muchos dirán: -Pero 10% no es nada. Y yo responderé: -Tienen algo de razón, porque 10% es muy poco. Pero es mejor que nada. Y si esto pudiéramos potenciarlo en todo el país, tal vez tendríamos un país con diez millones de lectores. Imaginen lo que sería diez millones de lectores que pudieran leer por lo menos un libro al mes… ¡ciento veinte millones de libros! No me parece despreciable. Claro, la pregunta importante es: ¿a quién le interesa que existan, por lo menos, diez millones de lectores? Yo no sé si al Estado, aunque debería. Supongo que a los editores sí. Y estoy convencido de que a los escritores también. Deberíamos hacer un plan conjunto que nos permitiera llegar con nuestros textos hasta el salón de clases de primaria, secundaria y preparatoria. Mi experiencia me dice que algo reditúa este esfuerzo. ¿Cómo instrumentar el plan? Se requiere una institución que contrate las conferencias para que así el autor destine algún tiempo de su vida a esta aventura. En mi caso, hasta ahora ha sido el IPN, pero si pensamos en un proyecto nacional bien podría ser la propia Secretaría de Educación Pública quien contratara estas conferencias. Las editoriales tendrían que aportar los libros del autor a bajo costo. Y el autor tendría que ir dispuesto al encuentro con los estudiantes llevando consigo el mejor entusiasmo posible. Si por lo menos una vez al mes los estudiantes se vieran sometidos a este tipo de experiencias, estoy absolutamente convencido de que quedarían contagiados del gusto por la lectura. Sin embargo, debo confesar que mi interés por dar estas conferencias no nació por mi oficio de escritor, sino por algo que me parecía muy dramático: el grado de aburrimiento respecto de la vida que me pareció advertir en muchos jóvenes. De 1995 a 1998 tuve la inmensa fortuna de ser el gerente general de la Televisión de Oaxaca. Recorrí todo el estado e hice una cantidad de programas desde varios municipios, entré en contacto con mucha gente, aprecié las bondades y las bellezas que las distintas regiones ofrecían: su cocina, su danza, sus tradiciones, sus paisajes, su mezcal, sus mujeres. Sin embargo, algo subyacía a toda esta belleza. Los jóvenes, sobre todo los de esas poblaciones que estaban dejando de ser rurales y empezaban a transformarse en urbanas, evidenciaban un hastío muy profundo en sus vidas que sólo parecía ser mitigado por el alcohol. Horas enteras se la pasaban en la nada. Aburridos. Luego, al hacer viajes repentinos a la ciudad de México, me pareció advertir que también esos mismos rostros de aburrimiento los encontraba en los jóvenes de la gran ciudad. Una sensación muy desalentadora empezó a recorrerme el cuerpo. Me recordaba a mí mismo en esos años leyendo a Tolstoi, Dostoievski, Stendhal, Chéjov, descubriendo el teatro y leyendo muchísimas obras de Emilio Carballido, Vicente Leñero, Rodolfo Usigli, Luisa Josefina Hernández, y de autores extranjeros como Arthur Miller, Tennessee Williams, Eugene Ionesco y, por supuesto, Shakespeare y los griegos, Ibsen, etc. Y leer era un placer que abría la puerta a otros placeres como el cine, el teatro, la charla con los amigos… hasta querer hacer la revolución. ¿Por qué a estos jóvenes que yo descubría en muchos lugares no les pasaba eso? ¿Por qué, al contrario, reflejaban ese aburrimiento? La verdad, no me recuerdo a mí mismo aburrido. Hay situaciones y personas que me aburren, y entonces mi refugio es, precisamente, tomar un libro y leer. Claro, ahora mi problema es otro: me cuesta más trabajo encontrar libros que me cautiven. Me acerqué a preguntarles a los jóvenes oaxaqueños el porqué de su aburrimiento. -No hay nada que hacer -respondían. -¿Por qué no se leen una novela? -y les soltaba mi lista de libros favoritos: Guerra y paz de Tolstoi; Humillados y ofendidos, Crimen y castigo, Apuntes del subsuelo y Los poseídos de Dostoievski; Rojo y negro de Stendhal; La taberna y Germinal de Zola; Los bandidos de Río Frío de Manuel Payno; La gaviota, que es una obra de teatro, de Chéjov; Yo también hablo de la rosa, también teatro, de Emilio Carballido; El rey se muere, teatro, de Ionesco; El amor en los tiempos del cólera de García Márquez… ¿no? ¿Nada les suena? ¿Nada les llama la atención? ¿Qué pasa? Luego, a mediados de 1998, cuando terminó mi aventura oaxaqueña y regresé a vivir otra vez al D.F., me pareció advertir que había muchos más jóvenes de los que yo me imaginaba que eran también portadores del virus del aburrimiento. Jóvenes que entonces encontraron en las drogas, en los excesos, en la violencia, el estimulante necesario para sentir que estaban vivos. "Para entender al ser humano hay que irse a lo básico, al comportamiento instintivo", me repetía mi querida y respetada maestra Ikram Antaki. Siguiendo esa lógica: nadie va a leer de manera instintiva, a menos que descubra un cierto placer en ello. Lo más socorrido es acudir a los libros cuando se requiere un conocimiento que no encontramos en ningún otro lado. Si el dato que necesitamos nos lo da el abuelo, la tía, el primo, el entenado, ya no vamos al libro. Nadie se vuelve drogadicto si no hay un mínimo de satisfacción en esa actividad. ¿Qué tenemos que hacer, entonces, si queremos un pueblo lector? Actuar de la misma forma que los traficantes: darles la probada que cautiva, presentársela a costos muy accesibles, y así, poco a poco, ir envolviéndolos hasta que queden atrapados en la red de la lectura y no puedan -ni quieran- salirse de ella. A mí me gustaría que quienes no han descubierto el placer de la lectura, del teatro, del cine, lo descubrieran, porque esa aventura nos permite vivir muchas vidas que de otra manera sería imposible. Podemos vivir esas muchas vidas con gran intensidad, en plenitud, descubriendo los muchos lados del ser humano. Yo digo que hay que leer para vivir más y mejor, para poner en juego nuestras emociones y sensaciones, para compartir los tesoros que mu¬chos hombres y mujeres como nosotros han descubierto, precisamente, para nosotros. Cómo me gustaría que ahora me abrieran las puertas de las escuelas secundarias y tratar de lograr, al menos, lo mismo que he obtenido en las escuelas de bachillerato. De verdad, quiero volverme un traficante de la droga que nos abre la puerta al placer de la lectura, que es lo mismo que el placer de una vida más intensa, más plena y con menos riesgos para la salud y para la libertad. |
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