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El espacio del libro en la posmodernidad, por Miriam Martínez Garza

Este artículo fue publicado en la revista Quehacer Editorial. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente.

En un mundo visual que nos ofrece, de manera violenta, una sobreabundancia de estímulos e información, el hombre difícilmente puede, en esta sociedad de consumo, escapar a la bulimia de estímulos, al deseo de satisfacción inmediata. Lábiles son las horas de ocio. En ellas se desbordan las infinitas posibilidades de elección supuestamente individual para pasar el tiempo. Ante la profusa diversificación de opciones de entretenimiento y el afán actual de sacar la máxima ganancia con el menor esfuerzo y en el mínimo tiempo, ¿puede considerarse el libro como alternativa? ¿Tiene cabida en el mundo posmoderno? Y, en caso afirmativo, ¿a quién se puede acercar el libro?

Si se piensa en el nacimiento de la novela, cuando miles de personas quedaron entusiasmadas ante una nueva forma de entretenimiento que separaba la realidad de la ficción, podremos considerarla, ante todo, como producto de su momento histórico, más que como artículo de masas.1 Nuestro tiempo, determinado por los medios de comunicación, ofrece una industria de entretenimiento sumamente sofisticada y diversificada que apologiza la imagen en movimiento. Ésta es la más efectiva, veloz y fugaz difusora. En el espacio de la imagen, con la televisión como principal medio de comunicación y culturización, el libro parecería no tener lugar, por ser, a pesar de su adaptación interactiva en los ámbitos tecnológico, digital y virtual, quizá, la actividad (o entretenimiento, si se quiere ver como tal) más demandante y paradójica.

Sin embargo, el espacio del libro persiste en todos sus sentidos. Dicho espacio necesita, para ser real, alguien que lo vea y lo experimente en toda su irrealidad. En ese espacio vive la imagen. ¿No es entonces propicio el libro a los tiempos? ¿Cuáles son sus ventajas en el mundo moderno? ¿Tiene que ver con el mundo de la generación digital? Las principales características de la lectura bastarán para ilustrar el espacio y la pertinencia del libro en el mundo posmoderno. Cada particularidad se presenta con su opuesto de la mano, confirmando así la experiencia paradójica y doble de la lectura.

Tiempo/Pérdida de tiempo. Al ser una actividad aparentemente improductiva e instalada en la inacción, la lectura se cree una pérdida de tiempo. De cualquier manera, el entretenimiento es siempre una manera de gastar el tiempo. Y, para ir más lejos, la ausencia de tiempo real en la lectura, su fascinante anulación en un tiempo irreal es, muy probablemente, la única posible liberación del tiempo irrefrenable. Sólo entonces somos capaces de detener el tiempo: llegamos a una tregua con él. La imagen propicia el salto a la intemporalidad.

Acción/Pasividad. La lectura exige una posición física que, si bien puede cambiarse de cuando en cuando, requiere quietud. Sin embargo, a diferencia de la pasividad ante las imágenes de la televisión, el cine o el teatro, esta actividad ocurre en el más íntimo de los espacios (el de quien escribe y su lector) y, por lo mismo, se presta para llevarla al espacio de preferencia: desde la cama, pasando por el baño, el escritorio y la cocina, hasta el parque, o bien, para los obsesivos, en el peligro de la lectura furtiva en el semáforo. Si bien a primera vista, la lectura parece alejarnos de la acción y el intercambio social, para ser posible necesita una circulación interna, un movimiento de las emociones, una introspección. El movimiento de la imagen no tiene lugar sino desde nuestro propio espacio interior, de afuera hacia dentro y viceversa. La historia que se lee no es un estímulo al que simplemente haya que responder sin participar de manera activa en toda su pasividad, que más bien es recogimiento y contradicción. La acción transcurre en las páginas del libro gracias a la acción que sucede dentro del que lee.

Creación/Recepción. La creación es la acción de la lectura. A diferencia de la actividad artística o de entretenimiento, la lectura demanda una participación en la obra incompleta del autor. Incompleta hasta que alguien la lee. Y aquí no se habla de una labor mera o esencialmente intelectual, sino imaginativa. Más aún: la imagen en movimiento se encuentra aquí más viva que nunca y dotada de más recursos: la imagen, antes que el valor o el signo, se forma dentro, se transforma en la medida en que pasan las páginas y van cobrando mayor sentido las palabras; se trata de un movimiento desde las profundidades, de una creación de espacios.

Concentración-Atención/Olvido-Separación. Para la acción de la creación se requiere un escucha, un receptor. Como en el cine, el teatro, el cómic o los sueños, no se trata sólo de recordar o deglutir las imágenes, sino de leerlas. De igual forma, para sumergirse en el mundo de la lectura se demanda un olvido y una separación del mundo cotidiano.

Silencio/Voz. El silencio, antivalor de la sociedad contemporánea, aparece como otro atributo para la masiva impopularidad de la lectura. El receptor tiene que escuchar la historia y su silencio; en su propia voz se escuchan las palabras del otro. Silencio para escuchar otras voces, ojos para imágenes inexistentes. Silencio para escuchar los ecos.

Soledad, pero en compañía de otra voz. Como un médium, el lector se apropia de una voz ajena y se identifica con ella. Soledad que significa apartamiento, pero que no disipa la soledad esencial. No se trata aquí de un mero aislamiento: "La función de la novela es ayudar a los seres humanos a que se adapten a la fragmentación y aislamiento del mundo moderno".2 Es en esa adaptación como el texto y el individuo logran la fusión en la paradoja.

Control/Abandono. La lectura puede interrumpirse en cualquier momento. No sólo temporalmente cuando el mundo real demanda acción, sino cuando el texto o la historia llevan a la reflexión. Uno puede detener el flujo de imágenes y acciones en el momento en que intuya que hay algo más que lo que lee, o bien cuando surja la necesidad espontánea de asociar ese mundo con el interno y el real cotidiano. De igual manera, la lectura exige abandono (un paso más allá de la separación inicial) del mundo: los quehaceres diarios y la rutina se dejan de lado para sumergirse en un mundo que es ajeno y que, sin embargo, nos remite a lo que somos; nos rodea y nos conecta a una mirada fresca, resplandeciente, con la distancia que crea la perspectiva. El abandono o anulación del mundo, paradójicamente, lo vuelven más presente; la distancia, más íntimo, más nítido, entrañable. Es el espacio del reconocimiento y la identificación que la imagen crea. "La imagen nos habla, y parece que nos hablara íntimamente de nosotros mismos […] a propósito de cada cosa, nos habla de menos que la cosa, pero de nosotros mismos, y a propósito de nosotros, de menos que nosotros."3

Intimidad/Perspectiva. La intimidad de la lectura logra, gracias a la imagen de lo abandonado por un momento, la perspectiva del mundo en que se vive. No se trata de que, de pronto, gracias a la lectura, el mundo -¡por fin!- se vuelva comprensible, cobre sentido. El sentido y la estructura sólo se encuentran en la novela.

El alejamiento está aquí en el corazón de la cosa. La cosa estaba allí, y la captábamos en movimiento vivo de una acción comprensiva; pero convertida en imagen, instantáneamente se transforma en lo inasible, lo inactual, lo impasible, no la misma cosa alejada, sino esta cosa como alejamiento, lo presente en su ausencia, lo aprensible en lo inasible, apareciendo en tanto desaparecida, el retorno de lo que no regresa, el corazón extraño de la lejanía como vida y corazón único de la cosa. En la imagen, el objeto roza de nuevo algo que había dominado para ser objeto, contra el que se había edificado y definido, pero ahora que su valor, su significación, están suspendidos, ahora que el mundo lo abandona a la inacción y lo aparta, la verdad retrocede en él, lo elemental lo reivindica, empobrecimiento y enriquecimiento lo consagran como imagen.4

Se ha enfatizado la permeabilidad de la imagen en movimiento en la lectura y, por ende, su vínculo y espacio con la posmodernidad. Si bien muchas características mencionadas se aplicarían a cualquier acción, arte o entretenimiento, las peculiaridades de la lectura han quedado expuestas. Evidentemente, cada alternativa ofrecida al hombre contemporáneo, así como cada arte, debe ser diferenciada. ¿Por qué se insiste en querer privilegiar la lectura? ¿No resulta igualmente estimulante descubrir nuevas formas de ver o pensar por medio del cine? ¿No amplía los horizontes de una persona descubrir música de lejanos lugares descargándola de Internet? ¿No resulta informativo un documental en la televisión?

Quizá el punto por explorar no es si se debe privilegiar la lectura sobre otras obras artísticas, productos, actividades culturales o de entretenimiento, sino a quién se puede hacer accesible este espacio en una era en que, precisamente, la accesibilidad crea confusión y dificulta la elección real e individual. Quién puede integrarse al espacio de la lectura ahora de manera más espontánea, engrosar sus filas y hacerlo suyo. Pensemos para esto en otra característica del libro: el asombro. Asombro que es revelación, hallazgo, encuentro, identificación, admiración, fascinación, deleite (desde sensual hasta espiritual), desconcierto.

Si se parte del asombro, el público ideal para ser iniciado en la lectura, aquel con la capacidad de sorprenderse, fascinarse y maravillarse de manera espontánea, lo constituyen, naturalmente, los niños. Cualquier libro contiene, en sí mismo, el germen con el que el niño desarrolla una manera luminosa de expresar lo que lleva dentro, de dominar las palabras, haciéndolas decir aquello que quiere expresar. El libro, siempre que sea estimulante y original, desarrollará su capacidad de atención, llevándolo a esa claridad que trae la precisión de la palabra escrita. Sin embargo, una vez que el escritor, padre de familia o institución decide deliberadamente acercar un libro de intención didáctica a un niño, lo más probable es que lo aleje de la lectura, al convertirlo ante sus ojos en algo bueno y provechoso, con todo el aburrimiento que estas palabras implican.

Hay más de una razón para acercarle un libro a un niño y dirigir hacia él mayores esfuerzos, independientemente de que no se asegure su fidelidad como lector. En un país como México, donde el analfabetismo alcanza poco más de 9%, la mitad de la población mayor de quince años tiene un considerable rezago educativo, y 70% de los estudiantes tiene un desempeño de regular a malo,5 la mayoría de la gente no puede sino leer literatura fácil, principalmente historietas y fotonovelas.

La infancia es la edad más propicia para iniciarse en la lectura. "Si la lectura contribuye a la formación de la personalidad es, sin duda, porque interviene en momentos particularmente importantes de la formación de esa personalidad."6 Si se da el contacto fascinante con el libro que nos marca de manera inesperada, el niño descubre parte del mundo por medio del libro, quizá se asome o vislumbre algo antes de vivirlo; desde ahí puede intuirlo y saborearlo antes de sufrirlo en toda su experiencia. Si el niño encuentra otros modelos7 a los cuales referirse, con los que identificarse, encuentra también otras posibilidades, un panorama de la vida que podría vivir o de todo lo que ésta puede ofrecerle: la lectura, entonces, invita a la acción, a la vida.8 Por supuesto, la fidelidad a la lectura dependerá de múltiples factores, pero, más que nada, de la suerte de haber tenido entre las manos la lectura propicia y asombrosa que invita a la continuación incesante.

El desmesurado incremento de los anticipos por derechos de autor de libros infantiles en las ferias internacionales es sólo una muestra de cómo la industria editorial responde al mundo. No se trata de que el mundo editorial de pronto se lance a la tarea altruista de publicar libros infantiles al por mayor para fomentar la lectura; se trata de vender libros, de responder a la demanda y necesidad que los niños han hecho evidente. Aquí se hace una llamada de atención, una señal por parte de ellos, una necesidad de alimentar algo que no está satisfecho. Si bien ahora mismo se tacha a Harry Potter de fenómeno de marketing, la popularidad del libro fue de boca en oreja. ¿Qué tiene Harry Potter que ha llevado a los niños a leer novelas, a meter las narices en los supuestamente impopulares libros del mundo digital donde los videojuegos resultan más atractivos? La respuesta se encuentra en dos elementos que se fusionan en esta novela: los referentes al mundo que viven los niños y los "ingredientes" imaginarios a los que ya no tienen acceso fácilmente: iniciación, magia, mitología. Harry Potter es una novela ecléctica producto de su época, y en ese sentido, un producto posmoderno de extraordinario éxito.

Si el medio cultural, social y económico impulsa al libro, la tarea de los editores sigue siendo la misma: "facilitar las lecturas necesarias".9 Como en el caso de los libros infantiles, en todas las demás publicaciones los editores responden al mundo en el que viven, no viceversa. Publican, en su mayoría, libros comerciales para lectores sencillos.10 La dependencia de lo efímero, característica del mundo actual, es también destino de los editores en una industria difícil y en crisis.

Aunque no se puede pontificar sobre la forma de pasar el tiempo y la manera de reflexionar sobre lo que sucede a nuestro alrededor y dentro de uno mismo, se puede decir que hay un espacio editorial y comercial propicio para explorar y explotar libros infantiles, tanto para los editores interesados primordialmente en vender como para los que aún conservan las características del antiguo editor, ahora en vías de extinción, pero también sujeto a las mismas leyes de mercado. El libro tiene un espacio en el mundo posmoderno, el niño es quien introduce ese espacio en su mundo; el editor puede propiciarlo incluso en tiempo de crisis y de fragmentación de antiguas certezas.

1 No hace falta ahondar mucho en el tema; existen sustanciales perspectivas de la transformación de la lectura a través del tiempo, como Historia de la lectura en el mundo occidental, Cavallo y Chartier (eds.), Madrid, Taurus, 1998.

2 Davis Lennard, Resistirse a la novela. Novelas para resistir, Madrid, Debate, 2002.

3 Maurice Blanchot, "Las dos versiones de lo imaginario", en El espacio literario, Buenos Aires, Paidós, p. 243.

4 M. Blanchot, op. cit., pp. 244-245.

5 Sergio Aguayo, Almanaque mexicano 2001, México, Grijalbo, p. 95.

6 Hélène Gratiot-Alphandéry, El poder de leer, Gedisa, Barcelona, 1985, p. 50.

7 H. Gratiot-Alphandéry, op. cit.

8 Véase epígrafe inicial del texto, cita de la novela de Ducharme, París, Gallimard, 1966.

9 Véase Jason Epstein, La industria del libro: pasado, presente y futuro de la edición (tr. Jaime Zulaika), Barcelona, Anagrama, 2002.

10 De Kalimán y Lágrimas y risas llegaron a circular en el país más de dos millones de ejemplares a la semana (ref. Cecilia Graves, "La Secretaría de Educación Pública y la lectura", Historia del libro en México, México, Colmes, p. 357), y ahora las cifras, aunque han decrecido considerablemente, siguen siendo extraordinarias.

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