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Editores en busca de lectores, por Mónica MansourEste artículo fue publicado en la revista Quehacer Editorial. Se trata de una publicación independiente de Solar / Ediciones del Ermitaño. Se produce con soporte papel, pero los artículos también se distribuyen a través de boletines electrónicos. Si te interesa la versión impresa, puedes adquirirla en Gandhi y Amazon. Por razones técnicas, los artículos aparecen sin cursivas y otras características tipográficas propias del original. Se prohíbe la reproducción total o parcial sin consentimiento del editor y sin mención del autor y de la fuente. Desde hace unos años -tal vez 12 o 15- los editores dicen estar muy preocupados por la disminución, o la disminución proporcional, de lectores en México. Pero en realidad esta afirmación no parece obedecer realmente a una preocupación cultural, sino que se refiere más bien a una disminución de consumidores. Originalmente, el libro era un objeto precioso y raro donde quedaba perpetuado un conjunto de conocimientos, ideas y reflexiones o producto de la imaginación y la fantasía. Este objeto precioso permitía que esa información fuera accesible -sobre todo después de la invención y el uso de la imprenta- para mucha gente, mucha más de la que tendría acceso a ella por vía oral. Eso ocurrió hace mucho tiempo y siguió así hasta hace poco. Yo todavía tuve la suerte de conocer a editores que amaban no sólo hacer libros sino lo que eso significaba en la edificación de la cultura y el arte. Los editores eran unos maravillosos, y casi mágicos, intermediarios entre quienes producían los textos y quienes los absorbían. Todavía me tocó, de joven, la posibilidad de confiar tanto en una editorial -es decir, en el criterio de su editor- que compraba el libro sin saber siquiera quién era el autor: el nombre del editor me garantizaba la calidad de la obra, me garantizaba que -un poco más, un poco menos- la lectura de ese libro alimentaría mi curiosidad, mi imaginación y mis conocimientos. Pero en un abrir y cerrar de ojos esas épocas se esfumaron casi por completo. No necesito abundar en lo que ha pasado últimamente, pues es de todos conocido: la llamada industria editorial se confundió y se creyó parte de la industria manufacturera en general; era igual fabricar calcetines o corbatas de moda que fabricar libros. Y a partir de entonces empezó la voracidad monopolizadora de los grandes consorcios y las grandes corporaciones, que devoraron con facilidad a las editoriales más pequeñas; sus estrategias bien estudiadas han logrado una gran eficacia. Primer resultado de estos movimientos: la industria editorial debe recuperar sus inversiones de inmediato y con suficientes ganancias para reinvertir y crecer. Lo que no se vende rápido (máximo tres meses), no sirve. Ahí se terminó la difusión del libro por recomendaciones personales de boca en boca; la única recomendación válida -y muy apresurada- es la publicitaria, ya sea a través de anuncios, cierto tipo de reseñas o algunos mostradores específicos en las librerías. Segundo resultado: los grandes consorcios editoriales no se conforman sólo con eso; también compran periódicos, revistas y canales de televisión, además de incorporarse al negocio de los libros de texto. Así, la idea de la "cultura" queda determinada por muy poca gente, que se preocupa más por el negocio que por instigar curiosidades. En las editoriales existe ahora un criterio -negativo según ellos, desde luego- que es el del "libro difícil". Pero no se refieren con esto a mecánica cuántica, microbiología u otras cosas por el estilo, que deben incluirse en las colecciones de libros de texto. No. El libro difícil es el que va a llevar al lector a pensar y a cuestionarse los valores dados como verdades absolutas, es el libro que uno relee varias veces y cada vez encuentra cosas nuevas. Cada vez hay menos presupuesto -es decir, menos presupuesto recuperable de inmediato- para publicar estas obras. En cambio, los libros que los editores creen que se pueden vender en grandes cantidades y en poco tiempo son obras de reimpresión de autores clásicos solicitadas por los maestros de secundaria y preparatoria, o bien libros fáciles, ligeros, light, desechables y muy probablemente de la línea llamada de "superación personal". Y aquí vienen mis dudas, mi indignación y mi rabia, no lo niego. Las librerías han instalado en los sitios más visibles mesas y mesas con innumerables libros escritos por todo tipo de gurús o autores supuestamente "sabios" que nos dicen cómo ser felices, cómo estar sanos y cómo ser ricos, tal vez sólo en diez lecciones. Ya, con tantos que se han publicado y se han vendido, todos los habitantes de este planeta deberíamos ser sabios, bellos, felices, sanos y millonarios. Basta con hojear uno o dos o una docena de esos libros que los editores esperan y pretenden que se conviertan en best sellers instantáneos. Estos textos son el paradigma del desprecio a cualquier lector y, desde luego, no sólo por parte de los autores, sino sobre todo por parte de los editores que los solicitan, publican, distribuyen y difunden. Recuerdo que hace mucho me pidieron que escribiera un guión sobre historia de quinto año de primaria para la "televisión educativa". Me tocó hacerlo sobre la Edad Media y el Renacimiento. De fondo puse iglesias, haciendas, fortalezas, pintura, escultura y música europeas de la época. Mi guión fue rechazado con el argumento de que los niños mexicanos de provincia y del campo que no van a la escuela y estudian a través de la televisión "sólo entienden a los mariachis de Zacazonapan", así, con esas palabras. Lo mismo está sucediendo con las editoriales y los editores, que deciden cuáles son los libros en los que quieren invertir. Esas decisiones, esos criterios, no sólo reflejan el inmenso desprecio que tienen por el lector, el "consumidor" de su producto, sino que -peor aún- pretenden así ir moldeando la mentalidad y la (falta de) cultura de los consumidores de ese mercado. Al igual que las inmensas corporaciones que controlan gran parte de la ideología predominante, como Coca-Cola o Nestlé, los consorcios editoriales se han apoderado cada vez más de los grupos de medios de información. De esa forma se moldea tranquilamente y en poco tiempo el uso del idioma, la mentalidad y la ideología del público. También recuerdo la época en que viajé por toda la República dando lecturas y conferencias, y descubrí que las escuelas técnicas, por ejemplo, casi no tenían libros en sus bibliotecas, y los pocos que había eran técnicos. Eso sucedía por problemas de distribución, sí, pero sobre todo porque los directores de esas escuelas habían decidido que a ningún alumno le interesaría otra cosa más que lo referente a la carrera técnica. Sin embargo, los muchachos se peleaban por un libro de literatura o de filosofía, y decidí llevar conmigo varios para repartirlos en esos lugares. Hay un punto bueno en todo este asunto que se acerca peligrosamente a lo catastrófico. Ese público lector al que se dirigen los consorcios editoriales no es tan estúpido ni tan dócil como piensan los editores. Quienes compran libros ya se aburrieron de recetas simples, planas, inútiles y, además, repetidas hasta el hartazgo. Para mover las neuronas, que es una actividad saludable y muy entretenida, los lectores ya no quieren recurrir a los supuestos best sellers de superación personal. De ahí la "crisis" editorial y de lectura. Un libro que despierta la curiosidad, la reflexión y la imaginación invita inexorablemente a buscar otro libro; un libro que se burla de nuestro entendimiento se burla también de nuestro bolsillo, y lo menos que podemos hacer, en defensa propia, es no volver a caer en la misma trampa. Y, mientras tanto, los editores organizan foros de discusión y análisis para buscar ideas brillantes acerca de cómo promover la lectura. Sinceramente les pregunto: ¿quién va a querer leer la mayoría de las tonterías que se publican en decenas de miles de ejemplares? El desprecio no se resiste durante mucho tiempo. La industria editorial necesita más paciencia, más respeto y mucho más amor por el conocimiento y el ingenio humanos. |
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