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Editorial
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Arte y pornografíaCamino de ocasionales convergencias La pornografía fue un vasto tiradero de las reiteraciones. Sus imágenes tienen la contundencia de la obviedad, de lo que necesita ser visto y constatado bajo el signo de la hiperrealidad. En cambio el arte, al iniciarse el recién concluido siglo XX, era u terreno propicio para la rebeldía, de ahí que a lo largo del tiempo se lograran filtrar algunas aproximaciones al lenguaje pedestre de la pornografía. Para muchos el abrazo carnal entre arte y pornografía está dado por el célebre “El origen del mundo” (1865) de Gustave Courbet, ya que el pintor realista francés hizo un cuadro cuya tema era un torso femenino desnudo, que tenía las piernas entreabiertas y mostraba el sexo. La pintura del gran maestro, encargo de un embajador turco en Francia, se mantuvo en secreto hasta que se descubrió en el estudio del psicoanalista Jacques Lacan, quien tenía un cuadro del surrealista André Masson, en tanto que “El origen del mundo” estaba abajo. En la exhibición de 1995, “Masculino-Femenino: el sexo del arte”, presentada en el Museo Georges Pompidou, ocurrió que ese sexo velludo que está en la pintura de Courbet recibía a los visitantes. Algunos pasaban de largo sin querer atisbar la obra, en cambio otros sentían la fascinación de detenerse por varios minutos a atisbar aquello que estuvo vedado durante tantos años. Ahora el cuadro está a la vista en el Museo de Orsay, de la Ciudad Lux. Si la pornografía es el elogio de la transparencia, la que deja pasar todo sin filtrajes y que carece de escudos o salvaguardas; esto dicho con la advertencia de que el discurso de la pornografía tiene varios caminos que, aunque convergentes, existen diferencias. En ese desparpajo, en ese espacio límite también se ubican artistas como el alemán George Gras, que retrató con violencia las voluntades decadentes de los militares y burgueses que llenan sus obras. Los prostíbulos de Berlín fueron el eje de su creación y en ellos están toda clase de figuras grotescas que establecen cópulas, que derraban su esperma, que muestran las huellas de la edad, viejos impotentes, hetairas que lanzan flatulencias ante una vela y hombres que vomitan su embriaguez. Todo ello en imágenes que recuerdan los “Diarios” de Franz Wedekind, el famoso autor de “La caja de Pandora”, que derivaría en la “Lulú”, de la ópera de Berg. El mismísimo Pablo Picasso dejó constancia de sus nexos entre lo erótico y lo pornográfico en sus estampas colgadas en los museos de París y de Barcelona, que se ostentan como recorridos por el arte del maestro de Málaga. Picasso imaginó a su secretario Sabartés en escenas sexuales que conjugan el humor pesado con la broma erótica. Describir la presencia de un eros libre y exento de tapujos en la obra plástica de Picasso sería recorrer las distintas etapas de su arte magnífico. Tan es así que su gusto por la tauromaquia derivó en infinidad de representaciones de minotauros de gruesos falos y voluminosos testículos que establecen cópulas multiplicadas. Esto sin contar con el trabajo que llevaba a cabo en los últimos años de su vida, en donde las mujeres tienen vulvas palpitantes como si estuvieran en una suerte de orgasmo prolongado. Si en la pornografía lo obvio es su razón de ser, el artista hace de la evidencia un artificio, una manera de establecer un contacto con hechos sexuales a los que otorgará ‘otra’ condición, un atisbo en el cual, valga la paradoja, lo explícito se carga de misterios. ¿Qué hay detrás de las fotografías del fotógrafo contemporáneo Gilles Berquet? Él, artista de culto sin más, ha hecho de sus imágenes, por lo general en blanco y negro, todo un elogio de las mujeres en la acción de orinar. Una de ellas tiene esa idea de ‘la mácula’, la mancha de la que hablaba el filósofo Philip Sollers al referirse al acontecimiento erótico. Pues bien, una joven enfundada en una medias de red permanece de pie y en una postura deja que su ‘lluvia dorada’ caiga sobre la duela de un estudio de danza. Está claro que, de ningún modo se habla de un accidente fisiológico, por el contrario la mujer exhibe un acto íntimo con toda su carga de lujuria. Al igual que esa rubia, casi adolescente, que vierte una cascada de orines como si tratara de evitarse la carga de un pesadísimo fardo. Pero, la postura de sus piernas y la coquetería de su diadema, el cabello trenzado y, otra vez, la evidencia del charco que rodea a la muchacha calzada con tacones altos. La ‘mancha’ es una extensión de un deseo mirón que atrapa de inmediato. Otro fotógrafo destacable es el estadounidense Roy Stuart, quien viene del mundo de la publicidad y de la moda. También hizo trabajos para la revista porno “Puritan”, antes de encontrase con esa labor que combina la insitencia del mirón con múltiples facetas del erotismo, desde la textura de los calzones femeninos, la ambigüedad sexual, el mironeo, el sexo en grupo, el acto lésbico y, al igual que Berquet, aunque con notables diferencias conceptuales, el acto femenino de orinar. Uno de los estudiosos de la obra es Jean Claude Baboulin, quien escribió en el prólogo al volumen “Roy Stuart”, volumen uno, que: “Angela Carter acuñó la expresión ‘el pornógrafo moral’: aunque resulte paradójico, no existe etiqueta más adecuada para Roy Stuart. ‘El pornógrafo moral sería un artista que utiliza el material pornográfico como parte de la aceptación de la lógica de un mundo con licencia sexual absoluta para los dos sexos, y que proyecta un paradigma del modo en que el mundo podría funcionar. Su trabajo consistiría en desmitificar totalmente el hecho carnal y, como consecuencia, revelarlo mediante las infinitas modulaciones del acto sexual”. En México son pocos los artistas que han querido asimilarse a las propuestas de la pornografía. Por ejemplo, el Taller de Documentación Visual, de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, utiliza imágenes que pueden tener la crudeza de una erección o de un desnudo sin las características del clasicismo casto, pero su propósito tiene que ver con las luchas preventivas contra el sida y sus consecuencias. En tanto que las experimentaciones de Rogelio Cuéllar en sus paráfrasis sobre artistas como Courbet y otros de origen japonés revelan a un artista profundo que pude laborar sobre un imaginario cargado de sugerencias, por m´s que sus imágenes tengan un atrevimiento radical. Tampoc podría calificarse de pornógrafo la labor exquisita del fotógrafo y editor Alejandro Zenker, quien ha establecido un diálogo erótico entre una modelo desnuda y una serie de escritores. Esto sin olvidar que Norma Patiño en su video “Señas de identidad” elabora un discurso de franca provocación con elementos ligados a la actualidad: los tatuajes y la depilación del pubis femenino. En cuatro minutos queda condensado un tránito que oscila entre las fotográfias de moda y el gesto irreverente de un trasero que muestra el orificio anal o una vulva que se exhibe con su entramado lúbrico, en tanto que el modelo masculino se muestra en actitudes de franxa erotización. Arte y pornografía son caminos que pueden ser convergentes aunque sus propósitos ditan muchos de ser iguales. Cada uno tiene su propio fin. |
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