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Editorial
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Arte erótico vs pornografíaPor Alejandro Zenker
Sin embargo, cuando dos años atrás inicié la aventura de retratar a conocidos escritores acompañados de una modelo desnuda, no imaginé que me comenzaría a perseguir de manera despiadada el tema acerca de la aparente dicotomía entre arte erótico y pornografía. Organicé con escritores mesas redondas que giraban en torno a la literatura erótica, e indefectiblemente se caía en el tema una y otra vez, ya sea por iniciativa de los mismos ponentes, o del público. Recuerdo particularmente conversaciones al respecto con Gustavo Sainz y con Huberto Batis. Huberto en particular hizo en una ocasión una larga y docta disertación sobre el erotismo a lo largo de la historia a raíz de una intervención que, casi al final, hizo una persona del público, quien se preguntó si ese ejercicio de retrato que yo hacía y los textos que los retratados escribían y yo publicaba, no era más bien pornográfico que erótico. También tuve oportunidad de hablar sobre el tema con Luis de la Cruz, curador norteamericano que ha apoyado desde sus inicios al grupo AVE, parte de cuya obra se muestra en esta Videoteca y al que tengo el gusto de representar. Si leemos unos fragmentos de los libros que he publicado, podremos darnos cuenta de la pertinencia de la pregunta. Permítanme ilustrar esto con la lectura de dos breves pasajes de dos libros publicados en Minimalia erótica. El primero, de Mauricio Molina, cuyo retrato está aquí exhibido: (FRAGMENTO DE MAURICIO MOLINA) ¿Es esto erotismo? ¿Es pornografía? ¿Es literatura? Así, entresacado del libro, pareciera la descripción plana de una escena que bien podríamos estar viendo gráficamente en este momento, quizás en un cuadro de Alfonso Soriano, en un dibujo de Farrera o de Armando Eguiza o en una de mis fotografías. Veamos ahora qué nos evoca Guillermo Samperio en su libro Despadrada: (FRAGMENTO DE GUILLERMO SAMPERIO) Como podemos ver, estos libros contienen pasajes muy explícitos, de gran fuerza, que pueden provocar imágenes visuales, a través de las palabras, tan fuertes como las de una fotografía de sexo explícito, una pintura hiperrealista o incluso una película. Lo cierto es que a nadie en su sano juicio (a excepción, claro, de nuestro Secretario de Gobernación, que sacaría hasta Aura de Carlos Fuentes de las librerías) se le ocurriría ir a las librerías Gandhi o a las del Fondo de Cultura Económica a pedir que saquen estos libros, sencillamente porque quienes podrían hacerlo no leen, porque las escenas están codificadas en textos, y los textos, en un país de pocos lectores, como es el nuestro, parecieran ser inofensivos. Ilustrado lo anterior, volvamos sobre el tema de arte erótico vs pornografía. Lo que en estos años se ha puesto de manifiesto, es la variedad de opiniones que sobre el tema hay. Es difícil que dos se pongan enteramente de acuerdo al respecto, porque el juicio que emiten quienes debaten depende de su cosmovisión, y hoy estamos lejos de compartir una sola, por fortuna. En estos días, al escribir estas líneas, opté por iniciar una nueva reflexión partiendo de la divertida afición que tengo a recurrir de vez en cuando al diccionario, particularmente el que con gran sentido del humor involuntario han creado los doctos de la Real Academia de la Lengua Española. Allí leemos: Pornografía: 1. Tratado acerca de la prostitución. 2. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas. 3. Obra literaria o artística de ese carácter. La primera acepción nos puede dejar tranquilos. Ninguno aquí presente escribe tratados sobre la prostitución, creo. La segunda nos puede inquietar: Carácter obsceno de obras literarias o artísticas. Nos preguntamos entonces, lógicamente, qué es “obsceno”, y el mismo diccionario nos dice: Impúdico, torpe, ofensivo al pudor. ¿Y qué es impúdico? Lo deshonesto y sin pudor. ¿Y qué es pudor? La honestidad, la modestia y el recato. En suma, quienes aquí exhibimos nuestra obra, y si ésta fuera catalogada como pornográfica, seríamos unos impúdicos, torpes, deshonestos que ofendemos el pudor. Pero, ¿a ojos de quién? ¿De los autores del diccionario de referencia? Hace poco leí un brillante ensayo de Carlos Pérez Jara titulado “La pornografía o el erotismo del otro”. Allí apunta que, en realidad, la obscenidad no se encuentra per se en ningún libro ni representación artística alguna, sino que supone «una cualidad de la mente que lee o mira». Y esa cualidad es distinta en función de la carga social, moral, cultural de la persona. Así, podemos decir que la pornografía se halla no tanto en las cualidades del objeto, como en la actitud de quien lo juzga. Woody Allen expresó alguna vez que el erotismo es la pornografía del otro, y acertó en la medida en que describe ese hecho, tan pocas veces comentado, de que es el censor quien aporta los atributos de obscenidad y no su objeto de desprecio. Así pues, distinguir entre “erotismo” y “pornografía” es harto difícil, si no imposible, a menos que definamos, primero, el marco histórico, social y cultural de quien juzga. En nuestra cultura occidental, se ha dado por establecer por consenso como cosa pornográfica aquella obra en la cual se representan formalmente los órganos genitales humanos. Los genitales expuestos generan pudor en algunos sectores sociales. Y tendemos a creer que el pudor es una parte propia de nuestra naturaleza cuando no es sino el producto consumado de una sociedad en concreto, o de una parte de esa sociedad. Así pues, tanto el pudor como la obscenidad, no son sino conceptos confusos, pues varían con el tiempo y con las estructuras sociales que los aplican. Si mostrar los genitales es igual a pornografía, entonces el erotismo, que se define quizás como amor sensual, puede distinguirse de la otra palabra, pornografía, en virtud del incierto hecho de que entre una y otra existe un muro llamado “sexo explícito”. Sin embargo, si revisamos la historia del arte a lo largo de los siglos, encontraremos infinidad de muestras pictóricas que, producidas hoy, serían catalogadas como pornográficas, pero habiendo sido creadas hace cientos de años, se consideran eróticas, como las que encontramos en las culturas ancestrales de China, Japón, Roma, etc. Pero lo confuso no está sólo en el concepto de pornografía sino también en el de erotismo. Si partimos del principio de que el erotismo es propio del arte, pues son incontables los ejemplos de obras artísticas que han podido ser clasificadas de esa forma (desde Las Mil y Una Noches, pasando por El arte de amar, de Ovidio, hasta un largo etcétera), y de que lo pornográfico es la actividad o resultado de una conducta humana reprobable, los iluminados (que son, por cierto, muchos hoy en día) han trazado una línea para definir el buen gusto con el fin de discernir lo que «es» de lo que «debe ser». Carlos Pérez Jara dice al respecto, y cito: “Sobre los cánones de nuestro mundo, la pornografía no suele ser considerada como parte integrante de ninguna disciplina artística. Constantemente se dice que representa el mal gusto, cuando lo cierto es que no solo no se explica qué se entiende por tal cosa, sino que, además, a estas dos palabras se les otorga cualidades casi metafísicas, al plantearlas como Ideas que gravitan por encima de una conciencia universal, de un sentido común invariable. Atribuir a un producto humano (ya sea una película, un libro, un cuadro, etc.) los adjetivos de bondad o maldad del gusto no es sino volver a ese campo tan oscuro de las apreciaciones personales, que no se fundamentan en criterios estéticos objetivos sino en prejuicios de orden moralista en torno a la exposición y difusión de temáticas que, a ojo de tantos mentecatos, dañan la dignidad humana hasta deteriorarla.” Hasta aquí la cita. Sin embargo, el mal gusto existe sin duda. Pero, ¿quién determina qué es de mal gusto? Una reflexión seria al respecto nos haría dudar hasta de la posibilidad de definir el “mal gusto”. Diversas expresiones artísticas que encontramos hoy en día lo ponen de manifiesto. Así pues, si el juicio de quien mira es relativo, ¿podemos realmente pretender llegar de alguna manera a una valoración objetiva del arte? Ciertamente no. De allí se desprende la imperiosa necesidad de defender a capa y espada la diversidad y la libertad de expresión, el derecho del otro a expresarse sin menoscabo del nuestro a juzgar, sin reprimir y sin ser reprimidos. Pero volvamos sobre lo erótico y pornográfico: ¿qué es lo obsceno entonces? Lo obsceno es, popularmente, lo sucio, y lo sucio es así lo condenable, lo que es necesario o justificado reprimir. Es decir, observemos a este respecto que lo obsceno es un asunto que queda hoy centrado, obsesivamente, en el sexo y sus circunstancias: en la nebulosa ideológica decir «eso es obsceno» es imponerle a lo referido una inevitable etiqueta sexual. Lo erótico En su ensayo, Carlos Pérez apunta: “La sexualidad es uno de los temas que más tienden a manipularse, a falsearse. El mercado pletórico ha hecho difundir con eficacia mensajes contradictorios respecto a temas sobre sexo. Igual que con la obscenidad, núcleo sobre el que gira el pensamiento de tantos conservadores que predican la decadencia del americano y el europeo sobre la base de sus costumbres relajadas, el erotismo se halla en el centro de la polémica, pues, paradójicamente, y al contrario que con lo obsceno, lo llamado erótico posee un veredicto positivo o favorable.” Y continúa: “el erotismo proviene, como producto de Eros, de la contemplación por lo Bello, lo que no sucede con lo llamado obsceno, que entra a formar parte de aquello que atenta, supuestamente, contra el arte y la Cultura con mayúsculas. El erotismo es obra del artista, del creador que refleja una idea pura del arte que no debe ser corrompida por la llamada pornografía, descendiente de Voluptuosidad. Sin embargo, esa muchacha (Voluptuosidad) sigue siendo hija de quien es, es decir, de Eros, por lo que lleva su misma sangre.” Por tanto, teniendo ambos la misma raíz, es decir, el sexo a fin de cuentas, la «crítica seria» tuvo que aceptar, aunque fuese a regañadientes, la evidencia de que un producto de valor artístico, o de cierto interés narrativo, puede tener a veces temáticas «obscenas», como los anteriores relatos de Guillermo Samperio y Mauricio Molina. La respuesta entonces a la pregunta de qué es erótico se apoya en su reflejo temible: erotismo es, sin duda, la pornografía del otro, de ese otro que estima como degradante algo cuyo sentido cambia según numerosos factores. Es decir, no sólo en algunas partes lo erótico es pornográfico, sino que algo puede ser pornográfico y erótico al mismo tiempo. El erotismo es parte intrínseca del ser humano pero, como vimos, no es un concepto universal que se manifiesta del mismo modo en todos los lugares y épocas. La pornografía se define por lo general como la representación formal de contenidos sexuales explícitos, pero esta descripción no agota ni aclara nada, sobre todo cuando, como vimos, la misma Real Academia de la Lengua Española insiste en decirnos que pornográfico es aquello que resulta obsceno, falto de pudor. En suma, todos esos conceptos (pornografía, erotismo, obscenidad, buen y mal gusto) son tan relativos y, en ocasiones, tan difusos, que los intentos de atacar el arte con estos epítetos altisonantes en nombre de la moral o algo semejante, no son sino vulgares excusas con las que las púdicas conciencias de la hipocresía institucional tratan de imponer un orden establecido de pareceres. Nuestra misión, como artistas, como creadores, y particularmente como grupo de Artistas Visuales del Erotismo (AVE), es bregar por la libertad de expresión, por la diversidad, por la tolerancia, abriendo espacios como éste que hoy se nos ha brindado, y que agradecemos. Muchas gracias. azh, 14-2-06 |
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