Se especula sobre la tecnología, pero no se habla del destino de la industria editorial.
Braulio Peralta
Se especula sobre la tecnología, pero no se habla del destino de la industria editorial.
Braulio Peralta
La pluralidad será el mejor futuro para todos.
En las profecías que se han hecho del mundo nada se ha dicho sobre el destino final de la industria editorial, aunque mucho se ha especulado con las nuevas tecnologías. Para el tema del trayecto que ha seguido la escritura desde el papiro a los bytes me amparo en el hermoso libro de Adriana Malvido, Por la vereda digital, donde queda claro que, si bien el libro por Internet puede ser un medio más para ganar lectores, no necesariamente va a desplazar a los libros en su forma impresa ni a las bibliotecas, tal como venimos observando desde los tiempos de Gutenberg.
La palabra escrita podrá tener otras formas de lectura pero éstas no conllevarán su desaparición. El ciberespacio es una opción más para el mundo del libro, sin duda, pero no la última. A éste se incorporan autores que no tendrían otra posibilidad de ser leídos a falta de editores que les impriman, como está sucediendo. Por vía de la Red conocemos a escritores noveles con el consabido fin de promoverse, a falta de un agente literario; y si logran convocar a miles de visitantes a sus páginas de Internet, es posible que logren que su obra sea publicada en el formato de libro, como sucedió con Melissa Shapiro y su Lip Service. Los cibernautas tienen la posibilidad de lograr un éxito editorial, sin duda, pero no tienen la capacidad de crear una industria con los cánones establecidos.
Puesto que toda industria necesita de una ley de la oferta y la demanda, también será necesario que las leyes se impongan para que alguien gane dinero en esas, hasta hoy, páginas del espacio a las que todos podemos tener acceso. ¿Dónde quedan los derechos de autor ante las nuevas tecnologías? En el terreno digital todo está por legislarse. El sistema de comunicación electrónica debería balancear el derecho a la libre circulación de la información pero también los inherentes derechos de un autor mediante la remuneración de su trabajo. Hoy, la carretera digital es infinita y anárquica. Y mañana, ¿cómo será? Cualquier sociedad civil tendría que sujetarse a las leyes, aún en el ciberespacio.
En uno de los relatos incluidos en su libro Historias de mujeres malas, Naief Yehya llamó a la fecha de nacimiento de Internet, “1969, año cero”. Desde entonces, la era de la información global ya está aquí. La sobreinformación hasta la náusea. ¿Quién detiene la libertad de viajar por las páginas web? Hasta hoy, nadie se ha puesto de acuerdo. Y el problema crece. Redes de comunicación contra propiedad intelectual. Con excepciones: Stephen King ganó 450 000 dólares por su lanzamiento en Internet de uno de sus cuentos, de apenas 66 páginas: “Riding the bullet”. No lo hizo solo: lo confabuló con la editorial Simon & Schuster. O sea: editorial y autor pueden proteger sus derechos.
En este tema de la industria editorial, de la cultura a través de los libros, todos estamos comprometidos: desde los pequeños editores hasta los grandes grupos; el necesario ejercicio de la crítica y la autocrítica para la corrección de errores; las instituciones públicas, que influyen con sus impuestos y normas el rumbo editorial; los canales de distribución, que manejan la conducción de la venta de libros, en ocasiones arbitrariamente, sin la elección libre del último y primero para quien se crea el producto: el lector, a quien nadie parece defender. Ante este panorama no parece preocupante lo de las nuevas tecnologías. Lo lamentable, lo triste es que no hayamos encontrado las fórmulas para resolver los problemas medulares de la industria editorial tal y como está —más allá del ciberespacio— acá, abajo, en el planeta Tierra.
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Un ejemplo: los medios de comunicación, tan ligados a la publicación de los libros. Medios y editores tenemos un contacto directo en la búsqueda de lectores, en el intento de encontrar el consenso de una sociedad civil que crezca y engrandezca a una nación, al planeta. Sin el concepto de civilidad no hay progreso. Es el diario, la radio o la televisión una primera vía posible para que un lector de la prensa, un radioescucha o un televidente inicie el proceso de acercamiento a los libros; desde luego, después de haber pasado por las aulas escolares.
Analizar los medios para llegar al mundo de la industria editorial es algo que no se ha hecho. Hay un acercamiento, sí, en torno a los sucesos contemporáneos, pero no una investigación que procure encontrar la deformación que los medios de comunicación han sufrido luego de la irrupción de las nuevas tecnologías. Porque una cosa es más que cierta: la oferta de las redes de comunicación a través del espacio cibernético son mucho mejores que las ofertas de los medios de comunicación tradicionales. Por eso Internet les ha llevado la ventaja en noticias relevantes: el asunto Clinton-Lewinsky, escribe Ignacio Ramonet en su libro La tiranía de la comunicación, “ha significado para Internet lo que el asesinato de John F. Kennedy fue para la televisión”. Últimamente, algo muy similar ocurrió con el conflicto internacional entre la defensa del nacionalismo estadounidense frente al fundamentalismo musulmán por la destrucción de las torres gemelas de Nueva York. El “bien” y el “mal” a través de las nuevas tecnologías. Ni más, ni menos.
En el caso específico de la prensa mexicana, vale señalar algo aún más grave; el que sepa leer entre líneas sabe qué hay detrás de cada diario mexicano (lo que no excluye a la prensa extranjera): uno se caracteriza por su evidente partidismo hacia el Partido Acción Nacional (PAN) y la política del presidente Vicente Fox; otro está del lado del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y favorece a algunos de sus principales líderes. Y una gran cantidad de periódicos que insisten en brindar su apoyo al todavía poderoso Partido Revolucionario Institucional (PRI), aunque ya empiezan a aproximarse cautelosamente al nuevo gobierno (éstos son los de mayor susceptibilidad ante la credibilidad informativa). Los medios de comunicación, enfrascados en luchas ideológicas, poco tienen que aportar ante el nuevo mundo de las tecnologías y menos tienen entre sus principios el comprender que, pese a los procesos de crisis de la industria editorial, ésta ha sobrevivido frente al desdén de las políticas gubernamentales que le han impedido crecer por la intervención estatal en la publicación, por ejemplo, de los textos escolares.
El Estado es, aunque no le guste, una forma de iniciativa privada impuesta desde el poder, que impide a la otra iniciativa privada participar del crecimiento de los lectores potenciales de México. Queramos o no, la situación de la prensa mexicana afecta, indefectiblemente, a la industria editorial, su hermana en materia de un interés común: los lectores. Porque el destino de la prensa —sin excluir el mundo de las revistas culturales— es paralelo al de los editores.
¿Será que todavía no se democratizan los medios de comunicación? A pesar de que invitan al proceso de cambio, no pueden sustraerse de la herencia que dejó la guerra fría: o estás conmigo o estás contra mí. Lo peor: se modernizaron sin pasar por el proceso de transformación interna; o inventaron periódicos para hacer negocio con la noticia, no noticia para el progreso de México. No pasaron por las redacciones los movimientos feminista, hippie, estudiantil, gay y de la izquierda y derecha con verdadero pensamiento crítico. A la industria editorial le urge una relación con los medios de comunicación, a fin de enfrentar su pasado y su futuro con las nuevas tecnologías, sin prejuicios, con soluciones pragmáticas, eficientes en su composición, con análisis en sus contenidos. De otra forma, unos y otros quedaremos fuera del espectro cibernauta, como ha venido sucediendo.
Porque “la tiranía de la comunicación ya está aquí”. Las nuevas tecnologías han creado un imperio de imposición informativa sin precedentes en la historia contemporánea. Hoy, los poderes no son sólo el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, son también el económico y el informativo. Con ese poder tiránico la industria editorial podría quedar —si no se toman medidas desde ahora— desplazada ante las nuevas formas de negociación con los creadores, con los poderes fácticos. La televisión primero, e Internet después, están extinguiendo a una prensa escrita que imita lo que la está haciendo desaparecer, precisamente para no quedar fuera de las reglas. La industria editorial correrá el mismo riesgo de no encontrar fórmulas modernas de revitalización de las formas de hacer libros y contratar autores.
Tanto en la prensa como en el mundo editorial hay, percibo, una ausencia de crítica. Autocomplacencia. Falta de respeto a la diferencia, a la verdadera pluralidad, aquella que debiera manifestarse en diarios, revistas y libros. Una pluralidad aún muy escasa. La modernidad no nos ha alcanzado en estas partes del mundo. La democracia es todavía sólo una declaración en un país donde las leyes no se respetan y la sociedad civil no termina por organizarse, en un mundo contemporáneo al que le ha tocado atestiguar la guerra del Golfo, la invasión de Panamá, la guerra de los Balcanes, las fosas de cadáveres en Timisoara, la hambruna de Somalia, los sucesos de Chiapas, el cambio de setenta años del PRI al fenómeno político llamado Vicente Fox, la destrucción de las Torres Gemelas por un grupo terrorista. Y a pesar de que hoy texto, sonido e imagen pueden expresarse en bytes y llegar al mundo entero, seguimos sin comprender esas guerras, esas muertes, esas invasiones, esas injusticias. Los mass media han sido en gran parte los que nos han confundido: con su tecnología, con su encubrimiento político, con su empecinamiento en repetir una y mil veces la misma imagen que termina por no decirnos nada. No hay análisis de fondo sobre los sucesos. Por eso la importancia de los libros: los receptores de la historia.
Se necesitan nuevas reglas. Comprensión más profunda de los temas. El regreso al libro como punto de partida para la asimilación de los sucesos históricos. El libro de la mano del periodismo como promotor del análisis del incomprensible mundo contemporáneo. La vinculación de la literatura (en todas sus vertientes, no sólo la novela y el cuento, sino el ensayo de todo tipo de ciencias sociales y exactas) y el periodismo para que no se pierda su esencia ante el avance de las nuevas tecnologías. Todo esto, sin intentar competir con Internet y la televisión. La letra impresa no puede desfigurarse en el panorama actual. Pero sí puede transformarse de acuerdo a los tiempos que vivimos. Asimilar. No imitar. Desarrollar con el poder de su historia para seguir siendo el testigo, la palabra a la que recurrimos.
Hay editores y hay periodistas para el cambio. Nadie debería estar alejado del trabajo de los otros. Somos un grupo en varios barcos. Sólo falta la vinculación entre unos y otros. La pluralidad será el mejor futuro para todos. Porque sin pluralidad no hay futuro. Pluralidad en serio; no declaración de principios en el papel. ¿Por dónde empezar?
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Se puede aprender del pasado más inmediato, del origen común que dio como resultado la incipiente pero creciente industria editorial de hoy. En toda nuestra América, incluido Estados Unidos, a partir del siglo XX, y con los inicios de la primera y segunda Guerras Mundiales, se vieron los beneficios de las migraciones de europeos a estas tierras. La parte editorial no fue la excepción. De Europa la mayoría, pero también de América Latina, donde nació y creció el ámbito editorial. Argentina fue un oasis en la materia, desde principios de siglo, y lo es aún hoy, a pesar de su crisis económica.
Producto de esas migraciones (algunos con carácter de exilio), a México llegaron hordas de hijos de españoles, latinoamericanos y de otros continentes con los deseos de fundar una editorial. Mucho hay que agradecerles a Arnaldo Orfila Reynal, Joaquín Díez-Canedo, José Hernández Azorín. Orfila Reynal, proveniente de Argentina, le dio al Fondo de Cultura Económica dimensión internacional en lengua castellana. Y fue mal pagado: en 1956 se consideró “injurioso” para México un libro por él publicado, Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, hoy un clásico de nuestras miserias. El gobierno de Díaz Ordaz lo despidió de su cargo. Cientos de intelectuales se solidarizaron con él para la fundación de otra editorial, Siglo XXI, en 1965, crisol vivo hasta la fecha, al cargo hoy de Jaime Labastida. En cuanto a Joaquín DíezCanedo, soldado republicano durante la guerra civil española, exiliado en México en 1940, fundó, en 1962, la editorial Joaquín Mortiz, semillero de autores devenidos hoy en clásicos contemporáneos casi todos.
Espresate, Rojo y Azorín dieron, con sus iniciales, el nombre a la editorial ERA, en 1961. José Hernández Azorín, español, llegó a México con su familia. Creador primero de la Imprenta Madero (1951), junto con Francisco y Jordi Espresate. Después vendría la fundación de ERA. Vicente Rojo, hijo de general republicano exiliado al término de la guerra civil española, fue el creador de los diseños en ERA; y Neus Espresate, del cuidado editorial. Hay en el camino más de quinientos títulos. Y, al igual que cuando nació la editorial, los autores que promovieron en sus inicios —hoy reconocidos— actúan, como escribe Elena Poniatowska, de la siguiente manera:
Nos comprometemos a todo porque somos incapaces de decir que “no”, corremos sin ton ni son de un lugar a otro, viajamos en aviones advirtiéndole a Neus que se prepare porque seguramente el avión se va a caer, tenemos muy desarrollado el sentido de la persecución, somos catastrofistas, nos confesamos como niños de tal o cual pecado, hacemos berrinches, y nos sale espuma por la boca, y las más de las veces, nos deprimimos y lloramos sobre un hombro porque somos “una facha” y acabamos de entregarle un bodrio.
Hasta ahora, ERA no tiene un solo bodrio. ¿Alguien puede pensar eso de Los indios de México, de Fernando Benítez; los fundamentales Días de guardar y Amor perdido, de Carlos Monsiváis; La noche de Tlatelolco y Hasta no verte, Jesús mío, de Elena Poniatowska; El desfile del amor o El arte de la fuga, de Sergio Pitol; o toda la poesía, novela y cuento de José Emilio Pacheco?
Todos saben que Neus es tímida, comprometida con las causas justas, entusiasta, noctámbula (la hija de Tomás Espresate, otro republicano que fundó en México la Librería Madero, en 1948, entre otras cosas). Una Neus lectora con instinto editorial, que sabe cuando un texto vale la pena publicarlo. Quizá por ello lo mejor de la producción de los libros de esos autores está en ERA.
Jorge Herralde, director de Anagrama, ha escrito:
El sello mexicano con el que mejor sintonizaba, en los años setenta, fue Ediciones ERA. Además de sus espléndidas colecciones de ensayo y narrativa, con sus dos superestrellas durante décadas, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, descollaban su combativa colección de bolsillo Biblioteca ERA y sus Cuadernos Políticos, que albergaban los textos más incisivos y radicales de la izquierda latinoamericana.
Y José Emilio Pacheco dice: “No nos unían contratos ni estrategias de promoción y venta sino el resplandor de la amistad.” Primera lección: sin amistad no hay una íntima, verdadera relación entre el autor y el editor, para bien del libro y de los lectores. Una prueba irrefutable del don de Ediciones ERA; publicar, sí, pero mantener al autor para toda la vida. Porque, segunda lección: es fácil contratar un autor como apuesta editorial; lo difícil, mantenerlo una vez que ya es famoso.
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Porque ¿cuántos editores hay en la actualidad? El mercado editorial ha crecido enormemente, aun cuando se hable de pocos lectores para millones de mexicanos. Nótese: dije mercado editorial, no editores; los matices se van modificando. ¿Cuántos editores hay que amen profundamente la difusión de un libro y su autor, más allá de lo que el libro le compense en sus arcas económicas?
En Tusquets México, hasta principios del 2001, Aurelio Major fue un impulsor capaz de reunir a las mejores plumas jóvenes contemporáneas: Daniel Sada, Francisco Hinojosa, Mario González Suárez, Elmer Mendoza, Mario Bellatin. La de Major es, dicho claramente, una apuesta que va más allá de la venta; que piensa, básicamente, en la literatura. Así lo hizo ERA y así continúa el equipo de Neus, con Marcelo Uribe y Paloma Villegas, con la estafeta en mano y sus nuevas propuestas literarias: Ana García Bergua, Eduardo Antonio Parra, el propio Christopher Domínguez Michael. (En Tusquets, después de Major, el relevo lo ha ocupado Julio Hubard, hace apenas unos meses.)
Sin duda, Sealtiel Alatriste, desde Alfaguara, y también hasta principios del 2001, era casi un santón editorial con el que todos querían publicar. Muchos de los mejores escritores, sin duda, se hallaban en esa casa editorial. ¿Era el dinero que se les ofrecía o era su poder de convocatoria? Con todo, Sealtiel supo combinar los dos criterios, aun cuando no estemos de acuerdo con algunos de esos libros que, más que obras, son nombres. Pero la labor de Sealtiel es innegable. Ahí están Juan Villoro, Jordi Soler, Carmen Boullosa, por citar algunos de los jóvenes más renombrados. (Después de Sealtiel, Marisol Schulz ocupó el lugar hace muy poco tiempo.)
Desde Planeta, el gran René Solís, y su compañero de ruta, Jesús Anaya, han tenido la virtud de tener otra camada importante de escritores jóvenes, y algunos no tan jóvenes, con obra sólida: Enrique Serna, Vicente F. Herrasti, Jorge Volpi, Ignacio Padilla. (Ahí, junto a ellos, crecen como editores Andrés Ramírez y Patricia Mazón.)
También es innegable la labor de Rogelio Carvajal en Océano. Carvajal ha logrado que los clásicos convivan con libros de actualidad. Negocio y placer. Continuidad y cambio. Inteligencia y pasión. Para los tiempos donde el dinero importa en el mundo editorial, la propuesta de Carvajal es una opción digna de tenerse en cuenta.
Pero saber que la esperanza existe, que el espíritu idealista es parte del mundo editorial, en eso Ediciones ERA —con todo el equipo incluido— es una lección de humanismo que vale la pena aprender para entender algo de por dónde va el amor a los libros, más que el amor al dinero que producen las obras publicadas. No olvidar ese ejemplo de vida e historia es, hoy, importante para no perderse en el camino del mercado editorial.
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Sin embargo, más allá de una concepción romántica, ¿por qué negar que los libros tienen que venderse a fin de producir más y más obras al público y no terminar cerrando una editorial? Dejemos por un momento ese idealismo, producto del amor al libro y a su antagonista: el lector. Ubiquémonos en la realidad, que es otra. El libro pertenece a eso que llamamos “industria cultural”. Todo producto, en cualquier sociedad, responde a intereses económicos, políticos y sociales.
Detrás del libro está un mundo, el principal, el dinero que lo produce. La inversión que conlleva, la necesidad de que el libro brinde frutos que permitan seguir invirtiendo en la edición de nuevos títulos, sea desde una empresa pequeñísima, familiar, hasta un megagrupo transnacional, de esos a los que tanto satanizan los críticos, sin ninguna piedad. Sin esa posibilidad (la recuperación de una inversión) se corre el riesgo de acabar con el sueño de ser editor en toda la extensión de la palabra. Es sabido el cierre de editoriales que sucumbieron a las deudas que les dejaron los fracasos de muchos de sus proyectos. Es, incluso, fácil ser editor, pero no administrador de sus productos. Editar con responsabilidad es hoy uno de los mejores argumentos a tomar en cuenta para estar en un proyecto cultural de este calibre.
Seamos sinceros, no cínicos; pragmáticos: ¿no deseamos todos un éxito editorial, sea o no un libro estrictamente apegado a los cánones de la literatura? ¿Por qué negarle a un lector común la posibilidad de un libro, aquel que le ayudará a solventar, incluso, un conflicto personal sin necesidad de ir a un psicoanalista? Gracias a Willian Styron puede descubrirse una depresión de años leyendo Esa visible oscuridad. No es un libro de autoayuda, pero pudiera tener la connotación. Entonces, ¿por qué el desprecio a ese género? Si un libro está más que bien hecho, no hay razón ante la crítica. Finalmente, nadie puede decir que nunca hará un mal libro. Más bien sería al revés: de vez en cuando produciremos un gran libro.
Ya entrando en el terreno de la provocación, ¿qué tienen de malo los best sellers? ¿Cuál es el pecado de Laura Esquivel al lograr vender, en diez años de haber sido publicada, cerca de cinco millones de ejemplares en 35 idiomas de Como agua para chocolate? Cito a Laura Esquivel por la vil mofa de que ha sido objeto en México (no en el extranjero), cuando ha sido el propio Carlos Fuentes quien ha declarado que gracias a ella se logró atraer la mirada sobre la literatura mexicana, lo que no es cualquier cosa. ¿Qué editor, con sinceridad, no hubiera querido semejante éxito en su compendio de fracasos? ¿Quién no quiere a un best seller respetabilísimo como Gabriel García Márquez?
Otro ejemplo: ¿por qué no mirar con respeto a un hombre que se confiesa en Mientras escribo, como alguien a quien el éxito le hizo tanto daño que tuvo que recurrir a las drogas? Ese autor es Stephen King. Y por prejuicio, yo nunca había leído nada suyo, hasta esta biografía donde esclarece su mundo literario; como lo hace magistralmente Gertrude Stein en Autobiografía de Alice B. Toklas. Dos posturas diferentes literariamente, sí, pero complementarias. Es el lector el destinatario final de los productos que ofrece el espectro de la edición. Y la crítica literaria, sin duda, es otro punto de vista.
Con lo escrito anteriormente sólo quiero recalcar cómo han cambiado los criterios en el mercado editorial. Se puede y se debe vivir de las editoriales. Para eso son empresas. De no ser así llegará el infortunio: una casa editorial prestigiosa, con fondos editoriales pero escaso dinero, se ve en la necesidad de venderse a los denominados megagrupos, como sabemos que sucedió con Mortiz, Emecé, Sudamericana. ¿Hay que criticar a los megagrupos por ello? No lo creo. Más bien, habría que estudiar detenidamente los tiempos; hoy son otros. Lejos ha quedado el sentido estrictamente romántico de la hechura de libros, pero cerca está, y muy vivo, el carácter lúdico de jugar al sentido del mercado en busca de los lectores potenciales. Bien visto, la situación es muy parecida. Creció numéricamente el lector medio, pero no el lector culto. Por eso creció la industria editorial, pese a las consabidas crisis económicas y políticas. Si una editorial está para complacer todos los gustos, más allá de un sentido crítico del fenómeno estrictamente cultural, no hay por qué desdeñar a los lectores medios.
Conviene revisar los catálogos de los grandes grupos. La sorpresa es grande: su diversidad es inabarcable. Clásicos junto a libros de superación personal. Libros coyunturales frente a los propiamente históricos. Alta y media literatura frente a la experimentación autoral o libros de venta segura sin importar su nivel intelectual. El dinero ofrece los medios para crear un espectro más amplio y diverso. ¿Por qué el desdén? Si todos queremos lectores, no esperemos un nivel medio superior. El tiempo le definirá a cada lector su crecimiento personal. Las editoriales son ofertas de lectura plural. Es el lector el que escoge.
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Otro fenómeno editorial, de los años ochenta a la fecha: el agente literario, el causante inmediato de las irreflexivas sumas de adelanto de regalías a los autores en alza. A golpe de millones, una editorial se hace de un autor de aparente venta segura. Como no siempre es así, el fracaso es, entonces, mayúsculo. Y la editorial corre el riesgo de quedar desfalcada. El libro que le iba a ayudar a solventar la producción de otros libros dudosos en su mercado se convierte en el gran problema económico del año. Y si no tiene fondos, el pozo puede ser imposible de escalar. El cierre puede ser inminente.
Pero también seamos claros: los agentes literarios ayudaron al autor a defender su derecho a vivir de su escritura. Es un fenómeno reciente, pujante, que con los años se asimilará a las nuevas corrientes, aquellas en las que se ajusten los desajustes actuales. El enrarecimiento en la industria editorial, donde los agentes fungen como los verdaderos editores de los autores, y los editores y el grupo editorial que representan son sólo los receptores del producto final. En ese ajuste, tarde o temprano, los adelantos no podrán ser impuestos por los agentes sino por el mercado real de cada producto. Las editoriales tendrán que aprender a equilibrar prestigio con mercado. Y el editor volverá a su sitio original.
Otra cosa son los autores de relevancia, digamos, nuestros clásicos contemporáneos. No importa que no vendan, sino que sean el rostro de una editorial en busca de solidez intelectual. Por ésos luchamos todos. Y por los otros, los que venden, también. Una cosa no riñe con la otra. Mercado y prestigio tienen que ir, indisolublemente, de la mano. Eso ya lo han aprendido los involucrados en el medio editorial, incluidos los autores de uno y otro bando, a excepción de los críticos de la industria del libro, que poco saben de su situación interna y de sus realidades y fracasos.
Mucho se habla, con cierto desdén, de un “comité editorial” que decide qué publicar o no, más allá de la decisión de un editor. Nunca se dice, al hacer la crítica, que toda editorial tiene siempre primeras novelas o autores noveles, no siempre e invariablemente al “autor conocido”, el “tema de éxito” o “el asunto político coyuntural”. Todos los factores son fundamentales para la edición de libros, para un espectro amplio de lectores. Nunca se había publicado tanto y tan malo. Pero tampoco nunca como ahora se publica a jóvenes propuestas en busca de nuevas generaciones (buenas, malas y regulares, muy escasamente las sobresalientes). Y el que no lo haga, se anquilosa. En este punto, el nombre de un editor puede otorgar la garantía del libro. El lector ya sabe qué sellos responden a ese editor.
Conclusión: no encuentro la razón para hacerle mala cara al agente literario. El editor y el agente se necesitan en los tiempos actuales. El comité editorial es indispensable frente a la numerología basada en la producción. Todos son factores que determinan el fracaso o el éxito de un libro: el editor, el agente, el impresor, el vendedor, el distribuidor, el promotor, el difusor. La cadena persiste. Si se rompe, la quiebra es inminente. Y de esa posible ruptura no podemos achacarle la culpa a las nuevas tecnologías. El factor humano sigue siendo la baza fundamental.
7
Luego: ¡disfrutemos de la lectura! Porque, ¿cuál es la distancia entre la vida y los libros? Un libro es el sitio donde se esconde y se descubre el alma. El músculo de la conciencia. El espacio donde se pierde y se rescata la razón. El peso exacto del hombre. El territorio adonde llegan los ávidos de reflexionar sobre la existencia. Ahí donde habita la palabra escrita. Y las librerías: puertas abiertas a la curiosidad; un universo único entre el libro y el lector.
Los libros: prolongación de la conciencia, razón de la sinrazón. Los libros no son para esas bibliotecas que se compran las familias para poner como adorno en sus salas, no. Los libros existen como la prueba de la capacidad del hombre para saber y conocer, como en aquel poema escolar que nos dice: “El ignorante vive donde el agua es poca, / donde los suspiros soplan ahora; / estudia, y no serás cuando crecido / el juguete vulgar de las pasiones, / ni el esclavo servil de los tiranos.”
¿Te acuerdas cómo aprendiste a leer? Los sueños crecen con los libros. No tendría caso una lista de títulos. El maestro, la familia, los amigos saben de aquellas obras que abren el deseo a un niño, o que procuran el principio de la formación de un adolescente; hasta para los que van en busca de conocimiento el libro es una vía a la comprensión de la vida que ayuda a conformar un carácter, una cultura, un pensamiento.
Cuando pienso en los jóvenes, se antepone la convicción de que la juventud merece más, no por el simple hecho de su edad, sino por ser el mar abierto, la oscuridad con luz, el instante de lo eterno. No es que leer libros nos haga más felices que otros placeres, pero sí puede encontrarse la paz en el alma al intentar entender un todo. Los libros son de formación. No hay pierde. Verán que, cuando busquen, la intuición los llevará a tomar el libro que deben de leer en ese momento. Recordemos la frase de Borges: “los libros no como un deseo de sabiduría, sino como una posibilidad de felicidad”.
Sólo un favor: leídos los libros, déjenlos que circulen. ¡Para eso son! El día que quieran volver a leerlos, solos regresarán. Los libros son compañeros de viaje. Y un libro es un viajero. No tiene por qué estar encarcelado en una biblioteca personal. Lean hasta que se cansen. Verán que no se quedarán ciegos. Al contrario: podrán contemplar mejor la vida, las cosas, disfrutar de la cotidianidad. El que lee es un eterno estudiante: ahí está uno de los secretos de la eterna juventud. Y hablar de leer, hoy, en este tiempo, es una necesidad histórica ante los tiempos que corren. Para nuestra fortuna, la única profecía en torno a la desaparición de los libros sólo se contempla en el mundo literario de Ray Bradbury en Farenheit 451. Porque la literatura siempre supera a la realidad, ¿o no?
(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)
Braulio Peralta (Tuxpan, Veracruz, 1953) es editor y periodista. Egresado de la UNAM en las licenciaturas de periodismo y literatura dramática, es autor de los libros El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz, y De un mundo raro, y coordinador del libro Tres generaciones. Fue director de la sección cultural del diario La Jornada (del que fue fundador) en dos ocasiones (1985-1988 y 1993-1996), y corresponsal en Europa de 1988 a 1993 y de 1996 a 1997. Luego fundó y dirigió la revista Equis, Cultura y Sociedad (1998-2001). Actualmente es director editorial de Plaza y Janés México.