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De páginas

La página virtual nos muestra su dimensión. Julio Hubard

De páginas


Cuatro hileras de vides en forma de rectángulo.
Al principio designó una especie de emparrado o atadijo de maderos según Plinio.
Eso dice el Corominas en la entrada correspondiente a página. Un viñedito y un hatajo de palos son cosas con espacio y volumen. Nuestra página es plana, mentalmente plana: no requiere más que dos dimensiones bien formadas. Con eso tenemos para pensar. Igual que el dinero: dos caras la moneda, dos estampas el billete. De pronto, apenas hace unos años, surge un juego dimensional que todavía no sabemos descifrar: la página es virtual y el dinero se vuelve de nuevo pariente del eléctron, que así se llamó en griego a las monedas. Nuestra adaptación práctica ha sido vertiginosa y el mundo de lo virtual y electrónico llegó para quedarse. Pero ¿dónde y cómo? Pensar la virtualidad, confesémoslo, todavía nos resulta arduo. Y no por las entendibles desconfianzas ante hardware y software sino por la auténtica perplejidad ante unas formas de la memoria que operan archivos que, en rigor, no están presentes ni ausentes, y requieren el concurso de otras herramientas para poder tener sentido. Un papel impreso es descifrable para cualquier sujeto, pero un sector de disco duro, sin la quincalla que lo opera, no es sino un metal raro con un barniz más raro, inservible.
Hasta ahora no hablamos aún de nada que no sea una metáfora de lo que ya conocíamos. Pero eso cambiará, al igual que el sujeto y sus coordenadas. Veo a mis amigos confundirse frente a sus computadoras. Casi todos pueden ya moverse sin conflicto con los formadores de páginas —que al fin mantienen la página en su imagen bidimensional— pero todavía no se hallan cómodos frente a la distinta noción del espacio que se advierte en las formas más sofisticadas de los medios informáticos. Toda tecnología está destinada a desaparecer o convertirse en uso rústico. El latín página está emparentado con pagus, pueblecito, aldea, caserío. Y nuestra novísima aldea global y virtual comenzó a funcionar igual con páginas. A partir de que se habló de sites (“sitios” no es una buena traducción) y, peor, de “portales”, introdujimos una dimensión más a las dos que mentalmente sabíamos relacionar con el uso y distribución de la tipografía sobre una superficie. Doble conflicto para la imaginación: primero, hacer virtual el plano; segundo, añadir volumen, espacio. Y mantenerlo en presencia virtual.

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En Rusia, allá por Siberia, Aleksandr Luria hizo una serie de análisis en los que comparaba la percepción y las formas del conocimiento de distintos grupos de personas; pronto advirtió que había diferencias muy profundas entre los analfabetas y aquellos que habían aprendido a leer y escribir. Entre las más significativas se destacaba una: aquellos mujiks cuya cultura era casi neolítica, desde luego analfabetas, se mostraban no sólo incapaces sino hasta agredidos cuando el entrevistador les pedía que se definieran a sí mismos: “¿Qué puedo yo decir de mí? ¡Pregúntele a alguien más!”
—¿Qué me puede decir de usted mismo? —pregunta Luria.
—Que el año pasado tuvimos una buena cosecha.
En cambio, los jóvenes que ya habían ido a la escuela e incluso entrado en contacto con ciudades, edificios, en fin, la tecnología que implica la vida civil, contestaron a esas mismas preguntas según categorías abstractas: “soy honesto, tal vez un poco flojo...”, etc. La primera persona del letrado queda ya para siempre tocada por una tercera persona imaginaria, virtual: puedo hablar de mí como si fuera otro. La juntura entre el sujeto de la percepción y el del enunciado son la misma sólo por virtud de una serie de recursos abstractos.

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No es lo mismo pensar que darse cuenta de que se está pensando. La vida entre páginas nos es tan nuestra, tan diaria, que solemos olvidar su virtualidad y nos acomodamos a ella como si se tratara de un acto natural. Confiamos en una forma distinta de la memoria. En casi todas las culturas tradicionales existen cancioneros y poetas populares capaces de recordar una enorme cantidad de versos, piezas, canciones. Nosotros ya no sabemos hacer eso porque la estructura de nuestro recuerdo volitivo es distinta: nos atenemos a referencias e indicaciones, a índices y estantes, que nos llevarán al fin al registro escrito. Recordamos de un modo semejante al de buscar una entrada en el diccionario. En nuestra memoria archivamos registros cuyo contenido podemos solamente glosar, pero no reproducir. Sócrates se quejaba de los libros porque debilitan la memoria. Digamos que no le faltaba razón. Y demos un paso más: las descomunales memorias de mi computadora y la aún más incomprensible de Internet solamente tienen sentido merced a las indexaciones de los contenidos. Un mundo que, si faltan los buscadores, no es sino una masa infusa y caótica de nada.

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Esos desplazamientos cognitivos, esa virtualidad imbuida en germen desde la página y multiplicada con las nuevas tecnologías tienen y han tenido costos más bien altos. En primer lugar, una lamentable disociación entre la mirada y el oído. Hay quien cree que solamente lee con los ojos. Y no es una persona sino una inmensa mayoría de lectores. Ignoran que tanto la memoria como la lectura misma sólo existen bajo la especie del oído. Un oído virtual, si se quiere, pero como facultad de escucha al fin y al cabo. Piense el lector en cómo piensa: es un diálogo o un concurso de voces, que podrán sonar solamente en la cabeza; serán voces virtuales, pero suenan. Y del mismo modo se lee. ¿Una prueba? Si el lector tropieza de pronto con una palabra como Geschicklichkeit, o como iskusnost detendrá el ritmo de lectura hasta poder pronunciar, o tener un barrunto del sonido que produciría ese acomodo de fonemas. A menos que sepa leer alemán o croata y entonces entenderá “aptitud”. La lectura es mucho más una partitura de sonidos que una imagen del sentido. Qui habet aures audiendi, audiat (Mt. 11,15).
Aprender cosas de memoria es posible solamente cuando la repetición es sonora. Pero, de pronto, por allá de los años setenta, nuestro basural sistema educativo dedujo que esas formas del aprendizaje pertenecían a otras épocas y usos y, además, disminuían la capacidad lógica de los niños. Superstición costosa, semejante a la de los años sesenta, cuando se decidió —¡oh, diosa tecnológica!— que la leche en polvo resultaba mucho más nutricia que la materna. En fin: la lectura de textos literarios es un placer que va perdiendo su primer goce. Dolencia derivada, efecto secundario, nuestro enemigo común, como editores, es la sordera.

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Los libros de literatura seguirán virtualmente iguales durante muchos siglos. Nosotros podemos contentarnos con elegir el material: un plástico que se comporte como el papel, tal como el de algunos billetes nuevos; un proyector de imágenes secas, capaz de transformar cualquier superficie en página; software que con buena calidad transforme texto en voz, etc.: la sustancia activa será la misma, por más que le cambiemos de excipiente... Aunque, aquí entre nos, supongo que las nuevas tecnologías podrán, al fin, generar sabrosísimos placeres en esas materias donde las dos rústicas dimensiones de la página nos deparaban solamente aridez. ¿No sería delicioso que, en lugar de nuestros horrorosos libros de física, química o biología, hubiera un mundo virtual, pero entero, con auténticas ranas, fanerógamas rojas, objetos que generaran luz, calor y ruido de verdad, enlaces de carbón atándose y desatándose a tiempo? Con esos megaciberlibros, ¿quedarían lectores de páginas? Sin duda, pero dejaría de haber, para citar a Zaid, demasiados libros.

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(Publicado en El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño, 2001.)

Julio M. Hubard Stoopen (México, 1962) es licenciado en Filosofía por la UNAM. Fue director general de Editorial Tule Multimedia y subdirector de la revista Este País. Actualmente es director literario de Tusquets Editores México y editor asociado de la Revista Letras Libres. Ha publicado los libros Presentes Sucesiones (poesía, 1988) y Una turba de gente adorable (poesía, 1992); Aristóteles & Hipócrates. De la melancolía (filosofía, 1994), y en colaboración Las voces de la mística en Ramón Xirau (1994) y Las palabras son puentes (1994), además de varias antologías poéticas.

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