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Editorial
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Blanca Martínez
Cuentos del Archivo Hurus La prodigiosa imaginación de la autora construye con palabras mundos paralelos poblados de reyes, princesas, héroes espaciales y animales fabulosos. Prepárense a abordar la nave de la hechicera cibernética. Blanca Martínez Fernández nace una primavera en Santa Coloma (Barcelona). Vive sus primeros años en la típica torre misteriosa, con desvanes y sótanos, buhardillas y supuestos tesoros escondidos por el marino que, dicen, construyó la casa. Allí empieza a escribir desde muy niña, a romper u olvidar lo que escribía y a esconderse a leer, entre las ramas de almendro. Termina la licenciatura en Antropología. Llega con su familia a México, donde se enamora de las jacarandas, las buganvilias y, otra vez, del mar. Ha publicado, cuentos, artículos, poesía, reseñas de libros, entrevistas, la novela La era de los clones y lo que considera su viaje por rutas imposibles: Cuentos del Archivo Hurus. Ahí está su preocupación por la existencia del ser humano, la ilusión, la magia. Esa magia que cualquier vagabundo nos puede transmitir si somos capaces de escuchar sus cuentos, si miramos su alma. El escritor de Manhattan Aquella llamada le había inquietado. No comprendía cómo aquel joven había conseguido su número telefónico. Era cierto que él era un escritor extraordinario o, por lo menos, extraordinariamente rico. Continuamente recibía cartas e intentos de conocerle personalmente pero, excepto en aquellos casos en que le convenía, no estaba dispuesto a conceder un segundo de su precioso tiempo. ¿Por qué demonios había accedido concertar una cita con aquel muchacho? Era una estupidez. ¿Cómo habría conseguido su número privado y su dirección? Hablaría seriamente con sus secretarias... Quizá sólo para conocer ese dato, había consentido en verle en su apartamento en Manhattan. Porque él, Ronald Lapiano, vivía en Manhattan la mitad del año; la otra mitad la repartía entre su hermosa casa de Cancún y su apartamento de París. ¿Qué era lo que había dicho aquel loco? Recordaba exactamente los hechos. Su rubia esposa, Malenita, le había gritado con su voz indolente: Ro, cieeloo... te habla un amigo... Qué furioso le ponía que le llamaran Ro. ¿Un amigo? Sus amigos le pedían cita... pero aún así contestó... ¿y si era un negocio? Lapiano al teléfono. ¿Quién habla? La voz era juvenil y amistosa. Gusto en conocerlo, señor. Mi nombre es Janio Rhomeskko. No se asuste, soy un vampiro. La indignación le cegó. Colgó el teléfono de golpe. ¿Te asustaste, cielo? la voz ronroneante de Malenita la precedió en la sala. Se acercó voluptuosa, impresionante. Oh, no te enfades... lo hago por protegerte... hiciste muy bien en colgarle... Te asustaste, ¿no? Claro, tanto escribir novelas de terror... Siempre te digo que debes escribir cosas más bonitas... El teléfono volvió a sonar. ¿Sííí? ¿El vampiro? Es usted muy gracioso. Claro que asustó a mi esposo... y a mí... yo sí que creo en vampiros... ¿De dónde es usted? Tiene acento como... De un zarpazo le arrebató el teléfono. Lapiano. Ahora dígame de una vez quién es usted y qué desea... Mi esposa no es agradable en absoluto y a usted no le importa... No, no me ha asustado... No, no creo en lo que escribo... (¿Y si fuera un periodista?)... quiero decir, que sí creo en lo que escribo, naturalmente, pero no en la existencia concreta de vampiros... ¿Quiere hacerme una entrevista? ¿Usted cree que yo concedo entrevistas así de fácil?... ¿La titularía el vampiro y el escritor...? De veras que es usted audaz... (quizá fuera una buena idea publicitaria...) Hablaré con mis asesores. ¿Se va usted a Rumania? Ya. ¿Y por qué no, mejor, a la Selva Negra? No le gusta la selva... Tendría que ser mañana... De veras que es usted audaz... Mmmm... desde luego si se hiciera se debería titular El escritor y el vampiro... Y allí estaba en su lujoso apartamento de Manhattan, esperando a un vampiro. Por si acaso era algo peor, un asaltante o un loco, se había traído a dos muchachos de seguridad que estarían cerca de la sala mientras atendía a su visitante. Por fin llegó. Era joven, rondando los treinta años. Muy bien vestido, un elegante traje y una corbata roja levemente exagerada. El cabello negro, recogido en una pequeña cola sobre la nuca. Una mirada franca en sus decididos ojos oscuros. Estrechó con fuerza la mano del escritor. Encantado, señor. ¿Empezamos? ¿Qué era aquello? Ni gracias por su tiempo... Ni cuánto admiro sus obras, ni ¿me podría firmar un ejemplar? En ese momento, desde la enorme terraza, entró su esposa. Miró al joven y se fue directamente hacia él. ¿Usted es el vampiro? No veo que tenga colmillos... Malena le miró. Su mirada fue dulce y extraña y, bruscamente, se volvió y salió a la terraza. Quizá importuné a su esposa. Empecemos. ¿Por qué había dicho eso? Tenía que haberle echado. Él tenía muchas cosas que hacer. Pero ambos se sentaron, se sirvieron unas copas y hablaron, hablaron durante horas. Recordaba cómo había empezado aquella conversación. Títulos PublicadosVer titulos publicados por Blanca Martínez en Ediciones del Ermitaño/Solar ENTREVISTA CON BLANCA MART Por Alejandro Hermosilla Sánchez
Además, Blanca Mart no sólo alterna con la ciencia-ficción sino que, como muestra uno de sus últimos y reputados trabajos, La nimiedad, es capaz de hacer excursiones por la memoria histórica personal y colectiva con el fin de concedernos una obra, desde luego, inclasificable, cuyo mayor objetivo es el disfrute más voraz. En fin, sin más preámbulos, os dejamos con la conversación que tuvimos con una escritora empeñada en dar carta de validez a un género soberbio, la ciencia-ficción, que, en tantas ocasiones, ha sido desestimado por motivos que lindan el prejuicio más estéril o la tan extendida falta de reflexión e información. —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Cómo fueron tus primeros contactos con la literatura? —BLANCA MART: Vivía en una casa en las cercanías de Barcelona que estaba llena de libros. Era una casa que tenía una torre muy curiosa —de hecho, parecía un castillo— con una guardilla arriba y un desván y como mis padres y abuelos se dedicaban a la restauración de arte, la casa estaba llena de libros, había baúles enteros repletos de libros, lo cual era, en verdad, muy sugerente. Esto lo explico, precisamente, en el prólogo del primer libro que me publicaron, Cuentos del archivo hurus. Mi casa estaba abarrotada de libros y fui, poco a poco, leyendo uno tras otro. De todas maneras, recuerdo que la primera lectura que me impresionó fue la de Dostoievsky que realicé a los trece años, y la de Albert Camus [...] Así, como había tantos libros en mi casa, cuando subía al torreón a estudiar no podía evitar leer y leer libros —desde novelas del oeste hasta Dostoievsky— y quedé fascinada para siempre por este mundo que te demostraba que había un mundo detrás de la realidad de todos los días que yo, por supuesto, no quería perder nunca. Quería tener siempre conmigo. —ECP: ¿Y cómo empezaste a escribir? —BM: Pues empecé desde niña, como muchos otros compañeros, pero, pronto, me di cuenta de que hiciera lo que hiciera, no podía dejar de escribir, siempre tenía esta afición por donde fuera en mi vida. Hiciera lo que hiciera, escribir era como una mosca en la oreja. Siempre tenía algo molestándome y cuando ya no podía más, lo escribía. Por supuesto, escribí las típicas novelas de amor que se hacen a los doce años, pero luego las rompía porque me daban vergüenza. Seguí escribiendo entre los 16 y 17 años —tengo varios cuentos escritos de aquella etapa— hasta que mi vida fue transitando por unos derroteros más normales en los que la escritura no fue la pasión primaria. Sin embargo, llegó un momento en que presenté un cuento de los que tenía a una editorial de Barcelona, Ediciones Dronte. La verdad es que esta editorial era muy difícil que aceptara publicar a una novel como yo, pero lo que sucedió es que aparecí en los despachos de la editorial donde el señor que la dirigía se encontraba totalmente abrumado por todos los originales que debía leer y le dejé mi cuento que leyó por cortesía el primero, le gustó, y me llamó a los tres meses para publicarlo. Desde entonces, lo cierto es que no he parado de estar entremetida en este mundo pues me gustó mucho la experiencia. —ECP: ¿Y qué edad tenías por aquel entonces? —BM: En esos momentos, unos treinta y pico años. —ECP: ¿Y qué cuento le diste? —BM: Se llamaba ‘La crisálida’. Y fue el primer cuento de las aventuras de un piloto espacial, Al Braker, y una profesora investigadora de lucha antigua, Whissita. Por esa época más o menos, 1981, y ya en el 82 y 83 me vine a México con mi marido. Estuve un buen tiempo sin escribir y un día encontré una revista en México llamada Asimov Ciencia Ficción que me pareció muy interesante. Decidí escribir a esta revista y les llevé unos cuentos y me llamaron para confirmarme su publicación. En concreto, lo primero que publiqué allí fue el cuento ‘La libélula’ donde salían otra vez Al Braker y Whissita, que son como personajes de space-opera, relatos de aventuras especiales. Y luego publiqué otro cuento en la revista que se llamaba ‘Fin de semana en Agar II’. A partir de ahí comencé a tomar contacto con el medio literario y me llamaban para dar conferencias, charlas, clases, etc. En fin, poco a poco me fueron conociendo al tiempo que me fueron publicando mis relatos. Así, publiqué libros como Cuentos del archivo hurus, Archivo hurus II, La soledad de la meiga o La era de los clones. A su vez, me invitaron a dar clase en un instituto que se llama Instituto Internacional de Estudios Prospectivos, donde hay una materia de Ciencia-ficción que se explica en maestría y que se llama Ficción prospectiva. Gracia a mi trabajo en este Instituto, pude publicar un libro de ensayos como Ficción prospectiva. —ECP: ¿Y cómo pasaste de Dostoievsky y Camus a la ciencia-ficción? —BM: Uff. No lo sé. Aunque recuerdo ahora El doble de Dostoievsky, que sí que tiene algún tipo de relación con la ciencia-ficción. No sé. Puede ser que el motivo esté en que por aquella época leíamos muchos cómics, muchas revistas de ciencia-ficción, etc. Pero, mira, ahora recuerdo que de pequeña, había un programa en la radio que se llamaba Diego Valor, el capitán del futuro, y había otro que era algo así como El odioso Fu Manchu y cuando llegaba del colegio, me subía a una silla y escuchaba estas historias. Recuerdo que los efectos especiales eran como ruidos de cazuelas y que para ser maquinas estelares sonaban un poco viejas pero, claro, era otra época. Yo creo que ahí se estaba forjando la vocación [...] Ningún género literario es excluyente de otro. Disfruto tanto de la ciencia-ficción como de… Ahora estaba leyendo, por ejemplo, los libros de Mary Renault sobre Alejandro Magno y El muchacho persa y también Bomarzo de Mújica Lainez, que es un escritor impresionante pero, de repente, aparece Philiph K. Dick… Y claro, no me puedo resistir. —ECP: ¿Y de dónde crees que nace este interés por la ciencia-ficción en el ser humano? —BM: Creo que si tienes un cierto interés en el futuro y en la ciencia, este género te atrapa de una manera u otra. —ECP: ¿Y por qué crees que está un poco desprestigiada? —BM: Realmente, esto tiene su sentido. En verdad, cuando yo empecé a prepararme las clases, investigué mucho sobre ciencia-ficción y me di cuenta de que cuando uno va a hacer una presentación sobre su libro conoce a sus personajes y la trama que ha montado sobre los mismos pero, en realidad, no sabes de ciencia-ficción, no puedes saber el futuro y ahí muchos datos científicos se te escapan. Así, comencé a documentarme seriamente sobre este género con el fin de poder contestar las muchas preguntas que a las personas se les ocurrían sobre el mismo y me encontré con la información de que, por ejemplo, Henry James discutió mucho con H. G. Wells porque, en su opinión, escribía muy mal. James le exigía a Wells una literatura de mucha mayor calidad estética. Y si reflexionas un poco, te das cuenta de que lo cierto es que recordamos los libros de ciencia-ficción de Wells por sus ideas —La isla de Moreau, Los mutantes, La máquina del tiempo— pero no por el estilo. De hecho, Wells le contestó a James que a él le interesaba más la vida que la escritura, lo cual es muy legítimo pero, claro, no ayuda a dar carta de madurez ni validez al género. Si eres escritor tienes que escribir bien. Por ello, pienso que, en general, la ciencia-ficción se ha abocado más a ser una literatura de ideas, lo cual parece un absurdo porque, efectivamente, cualquier cosa sobre la que se escribe tiene que tener una idea. Pero en la ciencia-ficción parece que el énfasis se da, sobre todo, en la idea. Abrimos una novela de ciencia-ficción pensando en lo que dice, en si nos habla de mutantes o de traslados temporales, qué va a pasar en ese futuro que ahora no existe, pero no en el estilo. Por ello, hay mucha cantidad del género que no tiene trabajado el estilo pues, tradicionalmente, no se le ha dado mucha importancia y no ha sido el baluarte mayor a través del cual el género se sustentaba [...] Yo no me atrevería a decir si es bueno o malo, pero lo cierto es que no tiene esa riqueza estilística que tiene… No sé… Bomarzo… que es impresionante. Pero lo cierto es que no creo que por ello haya que despreciar a, por ejemplo, Asimov. Cada día te apetece algo diferente. Unos días un café, otras un té. —ECP: ¿Y me podrías referir cuál es la diferenciación exacta entre la ciencia ficción dura y la blanda? —BM: La dura es, por ejemplo, a la que pertenecen Arthur C. Clarke o Isaac Asimov, entre otros. Decía Asimov que la ciencia-ficción dura era aquella en la que el escritor se molesta en dar unos pasos en la experimentación y justificar, al mismo tiempo, la teoría o hipótesis científica que propone. Ellos lo hacían o, al menos, lo procuraban. Si hablaban de los grados que había en el exterior del espacio o de las nociones de gravedad, justificaban lo que le sucedía a los personajes a partir de estos hechos, si nos referían cualquier acontecimiento, intentaban siempre dar una justificación científica, etc. Sin embargo, Bradbury, que es un ejemplo típico de la ciencia-ficción blanda, decía que él no entendía de fórmulas químicas, él no sabía si el H2O estaba formado por dos moléculas de hidrógeno y otra de oxígeno o al revés. Por lo tanto, Bradbury únicamente tomaba los elementos claves de la ciencia-ficción sin explicarlos. Por ejemplo, tomaba una nave espacial y nos proponía que nos fuéramos con él a Marte sin tener por qué montar todo un conglomerado de explicaciones científicas a partir de este hecho. Pero Bradbury te hacía una propuesta social conmovedora y muy interesante, haciéndote reflexionar sobre el futuro sin necesidad de dar explicaciones científicas a su narración. Él es capaz de decir que hay agua en Marte sin tener por qué darte explicación alguna, lo cual está muy bien, pues sus narraciones funcionan a la perfección sin necesidad de más aditamento. En cambio, los escritores de ciencia ficción dura sí lo hacen [...] Yo, por ejemplo, cuando escribí ‘La crisálida’ decía que los marcianos cristalizaban porque les inyectaban Helio-2 y me quedé muy impresionada cuando supe que el Helio-2 estaba en la materia orgánica que da origen a la explosión del Bing-Bang. Por ello, siempre intento dar algún tipo de explicación científica a mis narraciones sin por ello tener que introducirme en la ciencia ficción dura. —ECP: ¿Y la ciencia ficción mexicana? ¿Qué me puedes decir de ella? —BM: Aquí, a mediados del siglo XVIII, hubo un sacerdote yucateco, Fray Manuel de Rivas, que escribió un libro sobre un viaje interestelar a la luna y que se echó encima a toda la Inquisición. También Amado Nervo ha escrito poemas de ciencia-ficción. Tengo una revista con algunos de ellos que me impactaron. Luego, te podría decir que yo conocí al grupo de ciencia ficción de la revista Asimov Ciencia Ficción y que había elementos muy buenos allí. En concreto, había un escritor poblano, Gerardo Horacio Porcayo, que para mí representa como pocos el ciber-punk mexicano que, aunque se desarrolló en los 80 con Neuromante de Gibson, no llegó hasta los 90 a México con la novela de Gerardo, La primera calle de la soledad, una novela dura, con drogas, multinacionales que controlan a la gente y paisajes desolados y tristes al estilo Blade Runner [...] Luego hay otro autor poblano, José Luis Zarate, que está ganando premios en España, o una chica como Libia Brenda Castro, que ha escrito muy poco pero tenía un cuento de ciencia ficción que era realmente muy bueno y se lo publicaron en una revista llamada Blanco Móvil. Hay otra escritora que edité en la recopilación de Difrentes como Marta Camacho, que llegó a inventar el personaje del Cibergolem, un golem cibernético que en lugar de llevar las palabras mágicas en la frente, tenía un código genético en el paladar [...] Te podría citar también a Ricardo Guzmán Wolffer, etc. —ECP: ¿Y cuál es la diferenciación que encontrarías entre la ciencia-ficción y la fantasía? —BM: Hay una pelea entre estos dos campos. Hay personas que piensan que La guerra de las galaxias es fantasía porque se encuentran la princesa y el héroe que la salva, etc, y otros, como yo, pensamos que sí es ciencia-ficción porque toma los elementos de este género —naves espaciales, saltos al hiperespacio— y compone la historia. No hablan de un dragón y dicen vamos a volar. Ellos toman elementos científicos y los manejan en la narración. Otra cosa es que los manejen como ciencia-ficción blanda [...] Recuerdo una vez que leí un libro de Scholes y Rabkin, dos investigadores científicos, en el que afirmaban que este debate sobe ciencia-ficción y fantasía era un poco como hablar del sexo de los ángeles pero que, de todas formas, sí que aportaban una idea que me pareció muy interesante. Según ellos, en el mundo de la fantasía aceptamos absolutamente todo —dragones, hadas o elfos— porque hemos aceptado que nos encontramos en un mundo mágico pero si vamos a ver una película de ciencia-ficción en que nos dicen, por ejemplo, que le van a implantar al protagonista un chip de memoria en el cerebro y que unos asesinos le persiguen y que, de repente, cuando este hombre huye de ellos —en vez de meterse en una cloaca o ser salvado por otro genetista—, se sube a un dragón y sale volando... Obviamente, el espectador acabaría enfadándose porque es una falta de respeto a un pacto [...] Por ejemplo, hay una película reciente que nos plantea una historia y un mundo donde no nacen niños y en el que una mujer negra va a tener un hijo y hay que salvarlo… Pues imagínate, que en vez de ser ayudada por mujeres o por mutantes, que ella se salvara volando… Al final, te enojarías. O imagina el final de Blade Runner y que los dos protagonistas salieran volando al final. Esto el espectador no lo puede admitir porque te están vendiendo que ya ha avanzado la ciencia hasta tal punto que se crean humanos más humanos que los humanos, que esto no puede ser admitido dentro del pacto que establece la película o la narración con el espectador o el lector. Es decir, en la fantasía puede ocurrir de todo y puede aparecer cualquier cosa como, por ejemplo, un unicornio pero, sin embargo, un unicornio sólo puede aparecer en sueños en Blade Runner. En la ciencia-ficción tiene que haber un planteo científico y más o menos en la medida de lo posible, imaginarte que ese planteo científico va a ocurrir en el futuro sin poder salirte de allí. La ciencia-ficción tiene sus leyes. Y supongo que la fantasía también, porque la magia las tiene, pero es un mundo separado de la realidad. Sin embargo, la ciencia-ficción está en nuestra realidad. Hay una catástrofe futurista que está pasando o va a pasar o hay indicios de que van a pasar. El calentamiento global puede ocurrir en la realidad, aunque ya veremos qué sucede, pero no podemos concebir que las hadas existan en nuestra realidad cotidiana. —ECP: O que un león hable, claro. —BM: Claro. Además, otra característica de la ciencia-ficción para estos dos críticos es que la misma queda definida por sus elementos. En primer lugar, por el respeto que debe haber en este género a nuestra realidad aun partiendo de la ciencia y, en segundo lugar, por los elementos que maneja, lo cual también ha llevado a todo tipo de discusiones. Por ejemplo, hay una película, El reino de los dragones, que hay personas que la consideran fantástica y otras de ciencia-ficción. Yo digo que es de ciencia-ficción porque al principio de la película vemos que el dragón no ha venido volando como las hadas y los elfos del mundo fantástico, sino que ha nacido por evolución de unos huevos que se encuentran debajo de un edificio, lo que puede ocurrir, porque ya hay bichos mutantes en Río Tinto y que viven en el metano. Es decir, cuanto más nos acerquemos a la ciencia-ficción, más estaremos en contacto con todos estos elementos que le corresponden: naves espaciales, futurismo, implantes neuronales, ingeniería genética, etc. —ECP: ¿Y cuál es tu libro favorito de ciencia-ficción? —BM: Es muy difícil de decir, pero te diría que, en realidad, el que más me gusta es uno de Alfred Webster que se llama Tigre, Tigre. Es un libro con un estilo muy grandilocuente pero, aun así, excelentemente escrito. —ECP: ¿Y otros libros? ¿Qué me puedes decir de Jack Vance? —BM: Jack Vance es un antropólogo muy divertido que tiene unos libros realmente entretenidos. Su tetralogía sobre los Chasch, los Wankh, los Dirdir y los Pnume me encantan. Me encantan como distracción y los tengo subrayados porque, en realidad, son un estudio antropológico también. Por ejemplo, cuando describe los vestidos, las peleas, los matrimonios y los rituales llega a unos límites extraordinarios que me hacen deleitarme con su escritura. Eso sí, Jack Vance tiene un peligro porque, aunque escribe muy bonito, muchas veces, no tiene una gran solidez literaria. De todas maneras, estamos hablando de un señor de casi 90 años, lo cual es muy meritorio. Yo, de todas maneras, recomendaría siempre su lectura pero, ante todo, estos libros porque tiene algunos otros que aunque no están mal pueden llegar a dejar que desear en algunos momentos. Pero esto es sólo una opinión personal [...] Me gusta también mucho Mary Shelley, con ese lenguaje propio del siglo XIX. Frankenstein es un gran libro. Y, por supuesto, amo a Philip K. Dick que, a veces, escribe de manera sensacional, aunque en otras ni me entero si escribe bien o mal porque sus ideas te envuelven. Él era profesor de literatura, según creo y es, sin duda, un genio que va más allá de la ciencia-ficción. —ECP: ¿Y qué piensas de un libro como El señor de las moscas? ¿Habría que incluirlo también dentro del género ciencia-ficción? —BM: Podría ser, porque refleja un educativo que muchos consideraban que era futurista. Fue escrito en los años 60, marcando un impacto en aquella época. El planteamiento era cómo en un futuro se podía educar a los niños sin represión y, desde este punto de vista, sí que se puede considerar futurista. Además, está muy bien escrito. El libro de Golding, como el de Anthony Burgess, La naranja mecánica, se pueden considerar como ciencia-ficción de la educación. No hay más que recordar la educación conductista final que sufre el protagonista del libro de Burgess o el final terrorífico del libro de Holding. —ECP: Bueno, y retomemos tu propia narrativa. Cuéntame algo más de Al Braker y Whissita. —BM: En verdad, son mis personajes. Al Braker es un piloto espacial bastante rudo, del estilo Marlon Brando, y Whissita es muy bonita. Los dos son valientes, decididos e independientes. Él vive en un faro y hay como toda una mitología alrededor de ellos. Hay una anécdota curiosa sobre estos personajes porque, por ejemplo, cuando escribí ‘La crisálida’ mucha gente me decía que me había vuelto muy feminista por las dificultades del chico y, más tarde, escribí ‘La libélula’, en que ella se transforma en Venus y él la va a rescatar y me dijeron que me había vuelto muy machista. Uno nunca sabe qué reacción va a tener la gente. Esto me hizo gracia y escribí ‘Fin de semana en Agar II’, que es un lugar donde se supone que todos son iguales y en ella salían los dos en igualdad de condiciones [...] También, como te dije, escribí una novela que se llamaba La era de los clones, de la que sólo pude publicar por una serie de circunstancias la versión breve que, sin embargo, tengo ahora en la versión íntegra que, seguramente, una editorial mexicana me va a publicar, así como una bilbaína. Esta novela se me ocurrió un día porque tenía ganas de leer un libro de ciencia-ficción que no fuera solamente de poderes extrasensoriales o de aventuras. Quería un libro en que saliera un poco de todo. Por ello, hice una aventura espacial en la que Broker y Whissita van a rescatar a unas doctoras en ingeniería genética, pero resulta que la doctora tiene una hermana que es historiadora y, al mismo tiempo, la doctora es una clon, por lo que llega un momento en la trama en que es muy importante rescatar a la doctora, pero ninguno de los dos sabe ya quién es quién porque hay una doctora, un alma gemela, y la clon padece el síndrome de las gemelas y, al final, hay cuatro clones. Ahí se veía mucho el tema del salto al espacio, acción, implantes neuronales que le intentan poner al piloto, etc. Me gustó la novela y, bueno, yo creo que es mi favorita. —ECP: Y háblame de La nimiedad, que no tiene nada que ver con la ciencia-ficción y ha recibido muy buenas críticas. —BM: Resulta que tuve unos abuelos en la casa misteriosa de mi infancia que contaban cuentos. Mi abuela de terror y mi abuelo de la guerra. Por esta razón, este libro está dedicado a ellos. En una ocasión, viendo que mi marido le preguntaba anécdotas a su padre sobre historias de la guerra, esta situación me hacía gracia, me acuerdo que me reía y pensaba que el abuelo debía inventar las historias y dejarse de historias con los rojos. Y como me acordaba de muchas cosas que me había explicado mi abuelo, empecé a escribir la novela pensando en un republicano que había vivido la guerra, sus hijos le preguntaban sobre la misma y él llega un momento en que sufre porque no se acuerda de las cosas. De todas maneras, como piensa que es mayor y cree que va a morir, decide hacerles un último regalo. Habla con su mujer, que ya es bien mayor, y le dice que él es ahora quien va parir a sus hijos y les comienza a contar mentiras a través de las que el hombre les comienza a ofrecer una ilusión por la vida, una ilusión de estar juntos. Esta novela es un poco como la construcción de los sueños. Les refiere anécdotas de la República y de la España profunda que son atroces, pero realmente sucedieron como una que me contó mi abuela en que un perro mordió a una niña y la tuvieron que matar con un tiro porque, por aquel entonces, no había médicos ni remedio contra esto, niños que nacían huérfanos y crecían solos, etc… Te estoy hablando de hace ochenta o noventa años. Además, toda esta gente creció y a mitad de su vida se encontró, de repente, con la guerra. En fin, también salen tres amigos, un republicano, un hombre de derechas y un rojo, que se llevan bien entre ellos y deben enfrentarse a los estigmas de la guerra. Todas estas anécdotas y circunstancias se fueron uniendo y llegó un momento en que necesitaba contar esto [...] Es un fenómeno curioso lo que se ha producido con este libro porque, por ejemplo, hablé con una tía mía de 90 años y me dijo que escribí de ella, cuando no es así. Me sorprende porque hay gente en México que me ha preguntado si yo conocí a su papa. Esto ha sido un poco universal y he acabado tomándole mucho cariño a esta novela [...] La nimiedad la presentamos en el Real Club Artístico de Barcelona en el Barrio Gótico y para mí fue emocionante porque se cumplieron aquel día 50 años justos de la muerte de mi abuelo —asunto sobre el cual sólo me apercibí ese mismo día— y además en este barrio es donde tenía la tienda de restauración del arte. Fue, realmente, interesante. La persona que lo presentó, José Luis Giménez-Frontín, dijo que la novela era psicológica-intimista dentro de la línea de las narraciones italianas: la despedida del patriarca que muere. Una despedida muy positiva, por otra parte. La han elogiado mucho y ahora estoy escribiendo otra sobre una anciana que tuvo un hijo en África que murió y al cabo de unos 30 años se le presenta un muchacho y le dice que es su hijo. Es un poco melodramática. Ella va a escribir sobre los encuentros y también aparecerá la guerra civil española. —ECP: ¿Y me puedes hablar de las Ediciones El Taller? —BM: Sí. Mira. Es que tengo una vena, de vez en cuando, editora. He trabajado, por ejemplo, en Alfaguara durante muchos años, realizando dictámenes de libros. Y cuanto trabajaba allí o en otras editoriales, muchas veces leía cuentos o un material que me gustaba mucho y pensé que algunos de ellos los iba a editar y así lo hice, por ejemplo, con el libro Difrentes. Lo cierto es que casi todos son escritores mexicanos, aparte de mis hijos, Elena Puyol, que ya ha publicado algún libro entre filosofía y superación personal y ha escrito algunos cuentos de ciencia-ficción, e Iván Puyol [...] Lo llamamos Difrentes porque, realmente, no somos iguales. Ni de una persona a otra, ni del mismo sexo, ni de la misma edad, etc. Fue un proyecto muy bonito como para unir gente. Y esto también se refleja en las ilustraciones del libro. —ECP: ¿Y el nombre de la editorial? —BM: Se lo puse porque yo amo el Barrio Gótico de Barcelona y es allí donde mis abuelos tenían su taller. Por ello decidí como pequeño homenaje llamar a esta editorial Taller. —ECP: Y háblame un poco más de tu faceta de dictaminadora sobre libros que realizabas en Alfaguara. —BM: Sí. Me mandaban libros que les llegaban y yo debía dar mi opinión al respecto. Los que merecían publicarse y los que no. —ECP: ¿Y te resultaba fácil esta tarea? —BM: Mira. A veces, es difícil porque empiezas a leer un libro y piensas que es muy malo y que te lo tienes que leer hasta el final. Lo que ocurre es que cuando has leído 30 o 40 páginas y te das cuenta de que no son buenas, normalmente, el libro continúa mal. Raro es el libro que se remonta. Sin embargo, por conciencia —no fuera a ser que dejara pasar entre mis manos un buen libro— los leía hasta el final. Entonces, básicamente lo que hacía era señalar que había, por ejemplo, 80 páginas rescatables, etc, aunque la editorial lo que quiere es, lógicamente, vender el libro completo [...] Y sí que publicaron algunos libros que yo recomendé como El desbarrancadero de Fernando Vallejo o La sonrisa del gato de Rodolfo Martínez. En fin, este trabajo es muy bonito porque cada vez aprecias más la palabra. Yo lo leía todo y terminas apreciando a los escritores que cuidan el lenguaje y el estilo. Igualmente, la editorial lo que me demandaba era su grado de comercialidad, para qué público se podía dirigir, si estaba escrito para el círculo intelectual, etc. Lo hice durante muchos años y, desde luego, disfruté de muchos autores desconocidos que te hacían saborear las palabras. —ECP: ¿Y qué me dirías de Lluvia sobre el barman? —BM: Lluvia sobre el barman es un divertimento que se me ocurrió en el Barrio Gótico de Barcelona, puesto que paso la mitad de mi tiempo entre México y España. Es mi primera novela policíaca. Lo cierto es que ha habido momentos en la historia de este barrio que, realmente, era inquietante y se me ocurrió pensar cómo sería una historia de crímenes aquí. Así, empecé con el personaje de Lola y un barman —dos personas sencillas a las que les complican la vida—. La gente se ríe porque me comentaban que la Lola se pasaba toda la novela presente pero no llegaba a decir una palabra y, de repente, aparecía al final como si tal cosa, señalaba su presencia y se ponía a limpiar. ¿Sabes cómo me la imagino? Como una película de Almodóvar. Si tuviera la dirección de él, se la enviaba a ver si le gustaba [...] Ahora mismo, esta novela la venden en Barcelona en una librería cercana al puerto que se llama Negra y Criminal, donde únicamente venden novela policíaca.
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