Editorial
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Alejandro Ramírez

Tiempo de cuentos

Semejanza de un crononauta, el lector podrá explorar en este libro diferentes tiempos señalados cada uno por distintos epígrafes, que se convierten en la clave e hilo conductor de las historias agrupadas.

Alejandro Ramírez alterna su labor de editor con la escritura y, en franca continuidad con Entre mitos y flautas, nos ofrece en esta ocasión Tiempo de cuentos que apuesta a compartir con el lector la diversión que tuvo al escribirlos.

Tiempo de cuentos es un recorrido por los presentes cotidianos, los presentes alternos, los presentes soñados, pero es sobre todo un viaje a través del tiempo de la imaginación

Alejandro Ramírez
Entre mitos y flautas

Puñado de historias de tramas rigurosas, pero con las sorpresas suficientes para alimentar la curiosidad y el asombro de quienes se aventuren a participar en el juego.

Nobles han sido sin duda las motivaciones que han conducido, a quienes lo han hecho, a incursionar en la literatura. Alejandro Ramírez (que en la fotografía de arriba se ve en sesuda reflexión) tuvo como fundamental la lúdica. “Me divierto escribiendo porque me he divertido mucho leyendo”, confesaba el autor al preparar la edición del presente libro, el cual, si logra hacer pasar un buen rato a sus lectores, habrá cumplido el anhelo de su creador: compartir su motivación.

El recado

Recuerdo bien cómo empezó aquel día:
—Pero, cielo, ¿por qué no me dijiste desde ayer que querías que llevara al niño a la escuela?
—Se me olvidó que hoy vendría el de las cortinas, además es muy justo que me ayudes con las cosas de Betito.
—Si no digo que no, pero de un momento a otro... te juro que me mueves la agenda; en fin, hijo, vámonos. Casi al llegar a la escuela, Betito me sale con la segunda novedad del día.
—Papá, tengo recado de la miss. Que si no hablas con ella no me van a dejar entrar.

En efecto, reviso la libreta que me muestra mi hijo y en prolija caligrafía y allí, con la contundencia de una cita bíblica, está el recado.

Me estaciono en el único lugar disponible. A esa hora la calle es un hervidero, autos que se detienen en enésima fila de los que descienden niños, miles de niños. Acompaño a Beto hasta la puerta donde muestro el recado a una matrona que con cara de pocos amigos me indica que espere, que enseguida me atiende la miss.

El enseguida fueron alrededor de quince minutos; en mi oficina me esperaban para un asunto casi urgente y, como lo más seguro es que la perentoria cita fuera para darme alguna queja de mi inquieto unigénito, estaba de un humor de los mil diablos.

—¿Sr. Vélez?, soy miss Mary, la maestra de Alberto, gracias por esperar.

¿Han visto cómo algunas veces el viento mueve las nubes convirtiendo un día nublado en uno espléndidamente soleado? Pues ni más ni menos. La visión de la miss Mary correspondía a la descripción de angelical, al menos como me imagino que deben de ser los ángeles ginecomorfos. Estaba buenérrima, pa´ que me entiendan.

Ni me acuerdo de qué se trataba el asunto que se traía la miss entre manos; el chiste es que la invité a comer para discutir con más profundidad la educación de mi heredero. Ella graciosamente aceptó y fijamos la cita para esa misma tarde.

Pasé por miss Mary como a eso de las tres. Le había pedido a mi secretaria que hiciera reservaciones en un restaurante donde se sirve una espléndida comida española, así que a eso de las tres y media ya estábamos disfrutando del jamón serrano, la butifarra y el vino tinto. Tal vez haya sido este último el culpable de lo que sucedió después.

La comida se desarrolló muy bien. Mary me hizo un recuento detallado de las más recientes hazañas de Betín. Desde la guerra con cerbatanas hasta el juego de policías y ladrones a media clase. Yo la escuchaba atento pero sin comprender muy bien todas sus palabras. Sus ojos azules y sus carnosos labios me tenían absorto. Traté de hacerme el ingenioso recordando aquello de “verbo mata rostro” y al parecer tuve éxito. La charla estaba tan animada que los tés y los cafés se sucedieron. Cuando nos dimos cuenta era tardísimo, así que me ofrecí a llevarla a su casa, ella aceptó. Nos despedíamos en la puerta cuando sugirió un último café.

No pude contenerme, la tenía tan cerca que la besé, su respuesta fue enérgica y decidida, me besó más intensamente aún. Me tomó de la mano y me condujo hasta su recámara, donde su pasión se desbordó. Si su capacidad pedagógica es tan amplia como su conocimiento del Kama Sutra no me aflijo por el pequeño Beto, está en buenas manos. Enmarcada sobre su cama una reproducción de algún mural hindú mostraba las más variadas asanas amorosas. Creo que las hicimos todas. Regresé a mi casa todo molido y a punto de calambres. Nunca en mi vida me había retorcido tanto.

Le he insistido a mi mujer que sea ella quien atienda este nuevo recado que Betín trae en el cuaderno exigiendo la presencia del padre o tutor, pero ella me dice que sea yo quien se haga cargo, que lo hice muy bien la otra vez. He llamado a la escuela solicitando se posponga la cita para pasado mañana, necesito hacer algo de calentamiento, ejercicios de flexibilidad, en fin... uno nunca sabe cómo terminan esas juntas escolares.

Títulos Publicados

Títulos publicados por Alejandro Ramírez en Ediciones del Ermitaño / Solar.

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